The Objective
Juan Luis Cebrián

'El País', con la Constitución

«Frente al estúpido eslogan de querer acomodarse en el lado bueno de la Historia es obligación de la prensa libre situarse en el más incómodo del servicio a los lectores»

Opinión
‘El País’, con la Constitución

Ilustración de Alejandra Svriz.

«Desde las fechas ya lejanas en que a un grupo de periodistas e intelectuales españoles se les ocurriera la idea de fundar El País, este se ha soñado siempre a sí mismo como un periódico independiente capaz de rechazar las presiones que el poder político y el del dinero ejercen de continuo sobre el mundo de la información». Está tan de actualidad este párrafo que podría haberlo escrito hoy mismo, pero lo redacté hace 50 años en el primero de los cientos de artículos que he publicado en el periódico El País, que fundé como director. Me impresiona y preocupa que tanto tiempo después siga vigente y de plena actualidad esa declaración sobre la necesidad de que la prensa, la información pública en general, sean un baluarte de resistencia frente a los abusos del poder.

El editorial de ese mismo día, titulado Ante la Reforma, enfatizaba «al amparo de una convicción irrenunciablemente democrática» que la reforma política anunciada entonces por el Gobierno de Carlos Arias Navarro «ni satisface las exigencias mínimas que el respeto a los principios que la democracia y la libertad exigen ni puede lograr la adhesión de las nuevas generaciones de españoles». Demandaba por lo mismo un nuevo gobierno que emprendiera la reforma democrática necesaria. Luchar por la libertad y ayudar a construir la democracia fueron en definitiva los objetivos fundamentales y el motivo fundacional del diario. Años más tarde, el mismo sentimiento animó la decisión de enfrentarnos abiertamente al golpe militar del 23-F. 

Ese primer número constituye en sí mismo un compendio de sus motivos fundacionales. En la portada se señalaba la necesidad de la legalización de todos los partidos políticos como condición impuesta para nuestra integración en Europa. Habíamos decidido además que sus páginas se abrieran con las noticias del extranjero, pues queríamos promover el protagonismo de España en el mundo y acercar a nuestros lectores información sobre los conflictos internacionales pendientes. 

Un resumen de lo publicado en el resto del citado ejemplar pone además de relieve la pervivencia, cinco meses después de la muerte del dictador, de muchos de los símbolos e instituciones de la dictadura; pero también de la presión creciente de las fuerzas políticas y sindicales por emprender el camino democrático. A destacar la llegada a Barajas, procedente de México, del secretario general del PSOE (histórico) Víctor Salazar, sucesor de Rodolfo Llopis, que se instalaría en España tras cuarenta años de exilio «con la intención de reanimar la vida política de su partido y lograr la unificación del sector histórico con el PSOE del que es primer secretario el abogado español Felipe González» —decía textualmente la noticia—. También se publicaba una nota sobre los diferentes y enfrentados partidos demócrata-cristianos que empezaban a pulular, y un relato de las diversas corrientes políticas catalanas que, según el autor, no prestarían atención al sucursalismo denominado «españolista». 

Pero sobre todo, ya en su primer número, el diario promovió la recuperación del exilio intelectual republicano. Sus páginas de cultura se abrieron ese día con el texto del discurso de ingreso en la Real Academia Española de Salvador de Madariaga tras 40 años de exilio, los mismos que padeció Claudio Sánchez Albornoz, presidente del Gobierno de la República en el exilio hasta 1971, y presente en el acto. Madariaga había sido elegido académico en mayo de 1936, apenas dos meses antes del comienzo de la Guerra Civil, y la institución mantuvo vacío su asiento durante el franquismo, sin convocar la plaza, aguardando su retorno. Un ejemplo de que la defensa de los valores morales, tantas veces olvidados por las avanzadillas políticas en su lucha por el poder, pueden y deben ser defendidas por las organizaciones de la sociedad civil. Pronunció su discurso La belleza de la ciencia ante la atenta mirada de, entre otros, Camilo José Cela, Miguel Delibes o Dámaso Alonso, sus compañeros en la RAE. 

«Quisimos simbolizar nuestro apoyo a la cultura, publicando en la página de Opinión un primer y único artículo de Rafael Alberti»

Nuestro propósito de recuperar para la prensa española el prestigio intelectual y cultural que con excepciones tan memorables como escasas había perdido durante la dictadura, también se demostraba en ese primer ejemplar con el inicio de un serial firmado por Gerald Brenan, afincado a sus 82 años en Yegen, aldea de la Alpujarra, y dedicado a escribir su autobiografía. El texto era un relato sobre la Guerra Civil en Málaga. 

Pero sobre todo quisimos simbolizar nuestro apoyo y defensa de la cultura, el arte y la investigación científica, publicando en la página de Opinión un primer y único artículo, firmado por Rafael Alberti, todavía exiliado en Roma. La pieza estaba escrita en honor del poeta León Felipe y Alberti la había enviado apenas una semana antes para que se leyera en un acto de homenaje a aquel, que fue prohibido arbitraria y estúpidamente por el Gobierno. Rememoraba Alberti su primer encuentro con León, junto a Pablo Neruda, García Lorca y Miguel Hernández, en la confiada España de los primeros años de la República y añadía a la lista que «aunque no en presencia» también estaba con ellos Antonio Machado. Sobre León Felipe y sus posteriores visitas a nuestro país, Rafael escribía: «Era el poeta acusador, porque para algo él vio, él tocó la España muerta, con sus ojos, porque para algo se pasó aquel otoño en el paseo del Prado, contando muertos. Contando muertos por las plazas y parques, contando niños muertos en los hospitales, contando muertos en los carros de las ambulancias, en los hoteles, en los tranvías, en el Metro».

Inaugurar nuestro relato sobre España con la firma de Alberti produjo además el milagro de una fidelidad y amistad pertinaces del escritor para con nuestro periódico. Su memoria de los desvaríos de la guerra constituyó un formidable anuncio de que aspirábamos a practicar, sin prejuicios ni fobias, el liberalismo de la cultura y la excelencia en el lenguaje. Más tarde las firmas en nuestras páginas de Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y el propio Cela, entre otras muchas, así lo pondrían de relieve. Soñábamos con que el diario fuera paladín de las ideas y la función de la Ilustración, tantas veces pretendida e impulsada por escritores y artistas de los tres últimos siglos y tantas otras veces sojuzgada por el guerracivilismo que asoló a España y que algunos políticos, tan ignorantes como ambiciosos, andan alimentando en nombre de la memoria histórica. 

La aparición y consolidación de El País significó, por fin, la victoria de la Ilustración. Como resultado de ello se convirtió también en una verdadera institución de la nueva democracia. Ese aspecto institucional ha desaparecido con el tiempo, y es una pérdida lamentable. Hace unos días escribía Arturo Pérez-Reverte que la Ilustración cambió la historia del mundo, lo volvió más civilizado y responsable. Hoy se ve amenazada por los arquitectos de muros que ciegan los caminos del diálogo, el entendimiento y la propia libertad de la gente.

«El mismo respeto que yo reclamé como director creo haberlo dispensado a mis sucesores»

El País nació además amparado por dos personajes excepcionales: su presidente, José Ortega Spottorno, y su consejero delegado, Jesús de Polanco. Ortega, hijo menor del filósofo Ortega y Gasset, estaba al frente de una de las editoriales más prestigiosas y a cargo de la Revista de Occidente que su padre fundara. Jesús era también editor, en su caso de libros de enseñanza, y había difundido sus actividades por todos los países de habla hispana. Millones de niños y jóvenes de España y de América se habían educado y lo siguieron haciendo durante décadas con sus libros. José y Jesús compartían una pasión por Iberoamérica que me contagiaron de inmediato. Ortega me narró que en opinión de su padre uno no conoce verdaderamente España si no conoce América Latina, pero tampoco entiende América Latina si no conoce España. Aprendí la lección y asumí sus consecuencias, lo que me ha proporcionado a lo largo de décadas inmensa satisfacción intelectual. 

Quiero rescatar una anécdota que destaca hasta qué punto Jesús Polanco fue esencial para el mantenimiento de la independencia y autonomía de nuestro diario. Los promotores de la idea inicial, aunque no del proyecto, constituyeron una Junta de Fundadores en la que ni Jesús ni yo participábamos y pretendían vigilar desde ella la línea editorial, amén de ejercer una especie de droit de regard sobre la contratación de los redactores, su identidad y su trayectoria. Ante semejante propuesta, y antes de que yo dijera nada, Polanco expresó, con la contundencia con que solía pronunciarse, que era absurdo limitar las funciones del director. «O se confía en él o no se confía —dijo— y en ese caso es mejor destituirle». Fruto de aquella discusión, le solicité un encuentro a solas. Apenas nos conocíamos mutuamente aún y aquella fue la primera conversación entre nosotros que marcó nuestro comportamiento y toma de decisiones. Textualmente le dije que para mí él representaba a la empresa y por lo mismo era con quien yo debía trabajar. Necesitaba autonomía para poder dirigir el diario, pero eso no significaba que fuera a hacer sin más lo que yo quisiera. De modo que yo me encargaría del periódico y los redactores y Jesús de la empresa y los accionistas. Como consecuencia de ese diálogo se estableció en el estatuto interno del diario que el director tendría derecho de veto sobre todo lo que se publicara —incluida la publicidad— y autonomía absoluta en la decisión sobre la organización de la redacción.

Así ha sido desde entonces, y espero que siga siendo, aunque algunos episodios de los años recientes han permitido alimentar las dudas. El mismo respeto que yo reclamé como director creo haberlo dispensado a mis sucesores cuando ejercí como consejero delegado y presidente. Por lo demás, la mutua lealtad entre Jesús y yo duró y perduró hasta su muerte frente a la fuerza de las bombas. Nos enviaron muchas y de todo tipo, incluso explosivas. Sin Jesús, tras la aventura de fundar El País, su consolidación como emblema del cambio democrático en España hubiera sido casi imposible. Y ya digo que tengo la impresión, ojalá que equivocada, de que tras nuestra ausencia nada igual se ha producido, en perjuicio del propio periódico, sometido a dificultades añadidas. 

La consolidación y definitiva identificación de El País como vocero y símbolo de la nueva democracia española y su servicio a las libertades se sustanciaron dramáticamente el 23 de febrero de 1981, con ocasión del golpe de Estado acaudillado por los generales Milans del Bosch y Armada con la activista complicidad del coronel Tejero. Poco más de dos horas después de la ocupación del Congreso por los guardias civiles rebeldes, con el Gobierno y todos los representantes políticos tomados como rehenes, nuestro diario salió a la calle con el titular Golpe de Estado: El País con la Constitución. Tratamos así de transmitir la idea de que el país entero, la mayoría de los españoles, y El País como periódico también, estábamos dispuestos a resistir ante los golpistas. En el editorial de la primera página, titulado ¡Viva la Constitución!, decíamos textualmente que el periódico salía a la calle para defenderla. Y añadíamos: «La rebelión debe ser abortada; sus culpables, detenidos, juzgados severamente y condenados para ejemplar escarmiento de la Historia. Los españoles deben sumarse a la gran protesta nacional e internacional y movilizar por todos los medios a su alcance la voluntad popular en defensa de la legalidad».

«Fuimos el único periódico en salir a la calle contra los facciosos mientras el golpe, por el momento, parecía haber ganado»

Fuimos el único periódico en salir a la calle contra los facciosos en tiempo récord y mientras el golpe, por el momento, parecía haber ganado. Pero he de añadir que en la Cadena SER, a cuya propiedad era ajena todavía el grupo Prisa, José María García, gran comunicador futbolístico de la época, tuvo la inteligencia y el valor de leer nuestro artículo, de modo que gracias a él llegó nuestro mensaje a toda España. Esa edición especial demostró a la sociedad española el papel vertebral de la libertad de información en las democracias y su necesidad de enfrentarse al poder constituido cuando se excede en sus atribuciones, cosa al parecer inevitable. Personalmente, esa sola noche me compensó del esfuerzo continuado de casi cinco años en los que había padecido, como muchos otros compañeros, toda clase de persecuciones y amenazas. 

Hablando de ello no quiero dejar de citar el más doloroso de dichos ataques —para mí y creo que para todos los que entonces trabajábamos en el diario—: el envío por correo de una bomba dirigida a mi persona que estalló cuando estaba siendo inspeccionada por el jefe de los servicios generales de la empresa y dos jóvenes botones. Uno de estos murió de inmediato, víctima de la explosión. Contaba solo 18 años. El jefe quedó gravísimamente herido y nunca pudo recuperarse del todo. Hoy tenemos la satisfacción de contar entre nosotros al único superviviente, Carlos Barranco, el otro botones, igualmente herido de consideración por la maldita bomba. Su recuperación le llevó años pero tenemos la felicidad de que ahora pueda acompañarnos. Siempre he tenido el sentimiento de que ninguno de nosotros, a comenzar por mí mismo, hemos reconocido suficientemente la calidad humana de quienes pagaron con su vida y su salud el triunfo del diario del que muchos otros pudimos disfrutar. Por cierto, Carlos ha progresado mucho en sus conocimientos y habilidades y ha escrito un libro de memorias cuya lectura recomiendo. 

Muchos de los conflictos y vergüenzas que hoy padecemos vienen de lejos y la prensa sigue siendo necesaria para denunciar la corrupción del poder, defender a la ciudadanía frente a sus bravuconadas, y apoyar a los gobernantes que trabajan por el bien de la sociedad frente a quienes son arrastrados por la lujuria del mando, el egoísmo de sus propias ambiciones y la egolatría de presumir estar en el lado bueno de la Historia.

Fue posible fundar y edificar un diario como El País porque, junto a un colectivo de profesionales, contamos con un elenco inversor deseoso de apoyarlo y conducirlo no en beneficio de sus intereses particulares, sino de la sociedad a la que pretendían servir. La fuerza desarrollada y la influencia que de ello se derivó llevó al poder político a desatar diversas guerras, alguna sin cuartel, contra nuestra independencia. Luego el diario tuvo que sufrir ataques y experiencias más conflictivas porque a ese poder político se unió el económico, encarnado a veces en empresas directamente vinculadas a las decisiones de los Gobiernos. 

«’El País’ que queremos, el que yo sigo queriendo, es el del diálogo y el compromiso»

Mi cancelación de las páginas del diario, en circunstancias sobre las que hablaré en su día, cuando no enturbie las justas y merecidas celebraciones cumpleañeras, me ha permitido mirar algunas cosas desde fuera. Aunque todavía, como accionista y suscriptor, tengo la licitud de hacerlo también desde dentro. Me limitaré a resaltar que frente al acomodaticio proceder y estúpido eslogan de querer acomodarse en el inexistente lado bueno de la Historia es obligación de la prensa libre, del mundo de la cultura y la reflexión intelectual, situarse en el más incómodo del servicio a los lectores, verdaderos titulares del derecho a la libertad de expresión. Libertad y democracia son valores absolutos siempre ejercidos de forma precaria y dificultosa.

En ese escenario, El País que queremos, el que yo sigo queriendo, y por el que han trabajado y trabajan tantas y tan preclaras mentes, tantos y tan valerosos profesionales, es el del diálogo y el compromiso. A ello he dedicado, en la medida de mis capacidades, toda mi vida profesional. Frente a los muros diseñados e impuestos para dividir a la ciudadanía y beneficiarse así de los conflictos. 

(Resumen de la lección magistral que debía haber leído el pasado 22 de abril en la entrega de diplomas a los alumnos de la Cátedra Jesús de Polanco para Iberoamérica de la Universidad Autónoma de Madrid. Tuve que suspender mi intervención por una urgencia médica ya superada).

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