En el aniversario de 'El País'
«Los nuevos responsables pusieron el periódico al servicio de Sánchez de forma tan grosera que conseguía sonrojar a quien estuviera por encima del fanatismo»

Ilustración generada con IA.
Los periódicos son productos intrínsecamente ligados a la actualidad. Uno de los más célebres en España, El País, cumple hoy 50 años, y es razonable aprovechar la fecha para echar un vistazo al pasado. Lo ha hecho muy bien su fundador, Juan Luis Cebrián, que aporta en recientes entrevistas y artículos detalles muy interesantes sobre la historia del diario. Yo voy a intentar complementarlo con algunas opiniones sobre un tiempo más reciente, incluido el presente, porque, como es obvio, el valor de un periódico se mide por las noticias que da, no por las que dio.
Quiero antes, para quienes no me conozcan, aclarar que formé parte del invento y el mío no es, por tanto, un juicio imparcial: trabajé durante 39 años en El País, donde cubrí alrededor de un centenar de crisis internacionales, ocupé durante más de dos lustros la corresponsalía en Estados Unidos, puse en pie la edición de América, fui redactor, jefe de sección, redactor jefe, subdirector y, por último, director, cargo del que me destituyeron en 2018 por orden de Joseph Oughourlian, el actual propietario. Cuatro años después, el reconocido financiero culminó su trabajo con mi despido de la empresa. Esta última medida fue ejecutada —quiero pensar que a su pesar— por Javier Moreno, viejo amigo y director en ese momento. El cese en la dirección me fue comunicado —esta vez, creo que a plena satisfacción— por Manuel Mirat, el consejero delegado de entonces, que puso en mi lugar a Soledad Gallego-Díaz. Esta estrenó su mandato con el despido de los siete mejores miembros de mi equipo de dirección, aunque está excusada porque lo hizo desde el lado correcto de la historia. Yo nunca he visitado ese espacio, pero tengo entendido que allí las conciencias son ligeras como plumas y puedes acribillar a cualquier díscolo sin que se escuche una queja. Pero, en fin, hasta aquí todo normal: es una empresa privada y estas cosas pasan y hay que tomarlas con deportividad. Si todo eso tiene algo que ver con la intención de los implicados de cumplir con los deseos de Pedro Sánchez, ellos y ustedes sabrán.
Expuestos los antecedentes, vayamos al presente. La evidencia de que El País no es lo que era creo que no la discutirán siquiera sus actuales directivos. Pero, claro, ningún periódico es lo que era. La crisis de la industria se ha cebado en todos, y la desaparición de facto de las ediciones de papel ha creado un vacío presupuestario y cultural que no lo llenan automáticamente las ediciones digitales. Los nuevos públicos consumen la información de otra manera y no otorgan prioridad a lo que llamamos cabeceras tradicionales sobre las de más reciente aparición. Una noticia cotiza hoy en el mercado por su valor individual y por su capacidad de difusión, sin importar gran cosa la plataforma en la que se publique. Solo ese fenómeno, sin considerar ningún otro, ha reducido de forma significativa la influencia de El País, que hoy apenas es mayor que la de los demás y, en algunos aspectos, inferior.
Luego está el tema de la polarización política de los medios de comunicación, y ahí El País sí que ha decidido jugar el partido a fondo. Inmediatamente después de nuestra destitución, los nuevos responsables pusieron el periódico al servicio de Pedro Sánchez de forma tan grosera y desvergonzada que conseguía sonrojar a cualquiera que estuviera por encima del fanatismo y la división que ese personaje trajo a la sociedad española. La justificación del giro —en el que se esconden sobre todo los intereses económicos del dueño— fue la que hemos oído tantas veces en tantos casos: nosotros éramos peligrosos derechistas a los que había que combatir para permitir el renacimiento de los valores de la izquierda. «Hay que recuperar las esencias de El País», se decía ampulosamente para retorcer la historia pretendiendo que «las esencias» de El País coincidieran con los intereses de un individuo como Sánchez. Incluso si aceptamos que la posición del periódico tuviera que identificarse con el pensamiento socialdemócrata —que no está dicho así en sus principios fundacionales—, hubiera sido obligatoria, en pura coherencia, una línea editorial absolutamente crítica con Pedro Sánchez.
A quienes han ido poco a poco descubriendo a Sánchez les resulta más tentador como pretexto de nuestro despido el de la oposición de la redacción. Y a mí me merece más respeto también. Aunque es tan arriesgado hablar de «la redacción» como de «la gente» o «el pueblo», si la empresa estaba convencida de que la mayoría de la redacción estaba en contra de nuestro proyecto, bien despedido estoy —no así mis compañeros, que se limitaron a cumplir mis instrucciones—. Lo que espero es que esa oposición de la redacción esté fundamentada en razones profesionales y no ideológicas, porque yo me manejo muy mal en el terreno ideológico, ya que nunca he pertenecido a ningún partido ni me ha movido en el periodismo más motivo que la pasión por los hechos. A la infamia de que El País estaba en mi tiempo a favor del PP, solo puedo responder con la solicitud de pruebas de semejante calumnia. Vayan a la colección, que es muy fácil en internet. Sí es cierto, en cambio, que el periódico defendió al sistema democrático ante el ataque del independentismo en Cataluña, y lo hizo en la mejor tradición del diario: El País, con la Constitución.
«Los nuevos públicos consumen la información de otra manera y no otorgan prioridad a lo que llamamos cabeceras tradicionales sobre las de más reciente aparición»
Me preguntaba el otro día un periodista francés si era cierto lo que había leído en no sé qué informe británico de que, durante mi etapa como director, se había impedido la publicación de un artículo de John Carlin. No lo recuerdo bien, para ser sincero, pero no descarto que, en efecto, en algún momento decidiese prescindir de alguna simpleza nacionalista de quien en su tiempo se dedicó al periodismo. Desde luego que cometí algunos errores en ese cargo —el mayor de todos: rescindir la colaboración de Miguel Ángel Aguilar, en lo que no hubo en absoluto motivación ideológica—, pero permitirán que no me extienda en ellos porque ya se encargan de recordarlos de vez en cuando las almas puras que dominan los púlpitos de Prisa. Se les ha escapado, sin embargo, recordar a Fernando Savater, Félix de Azúa, Francesc de Carreras, Antonio Elorza o el propio Juan Luis Cebrián. Tampoco me preguntó por ellos el periodista francés. Quizá porque no aparecían en el informe británico ni están, desde luego, a la altura de Carlin. Ni siquiera la redacción de El País pareció interesarse por la suerte del citado grupo de columnistas, entre ellos uno que lo era desde el nacimiento del periódico, otro que lo fundó y el resto, con años de militancia en la izquierda y dedicación a la lucha contra la dictadura. En realidad, algunos sí se interesaron por esos despidos, pero fue para jalearlos. En fin, seguramente esto se explica de nuevo por la actuación desde el lado correcto de la historia, sobre el que he confesado tanta ignorancia.
La decisión de entregar el periódico a Pedro Sánchez dio lugar a una cruel paradoja. No sé si a modo de recochineo o de reivindicación de su nuevo amigo y aliado, Sánchez optó a su vez por encargar el control político del periódico a José Luis Rodríguez Zapatero. El expresidente mantenía un antiguo y duro litigio con el grupo Prisa, a quien culpaba de sus males en el Gobierno y al que trató de hundir construyendo con impulso gubernamental un poderoso rival. Verse convertido de repente en la figura de referencia de El País —entrevistas, halagos, menciones constantes—, con el logro añadido de haber expulsado de sus páginas a Felipe González, ha debido de ser uno de los mayores placeres que ZP haya experimentado nunca.
Como el tiempo pasa y las prioridades de los financieros cambian, la relación entre el propietario de El País y el presidente del Gobierno se ha visto sometida a vaivenes en los que unas veces se anunciaba tormenta y otras se recuperaba la calma. El director o directora de El País —esa figura a la que los fundadores pretendieron proteger y preservar de cualquier circunstancia o interés empresarial— ha sido en este tiempo cómplice o víctima de esos vaivenes, sin mucho más que decir.
Ahora las cosas han mejorado un poco, me dicen. Es verdad, se han corregido algunos excesos. Por ejemplo, el periódico está informando sobre el desarrollo del juicio de un caso —el de Ábalos, Koldo y Aldama— cuya investigación decidió ocultar durante meses a sus lectores. Nada puede reprochársele de que haya optado por dar igual o más cobertura al juicio sobre Kitchen, que afecta al Partido Popular, aunque es preciso anotar el contraste entre la entrega apasionada con la que cubre el segundo y el escepticismo con el que se escribe sobre los testimonios que se suceden en el primero.
Digamos que esa sigue siendo la nota dominante: ferocidad crítica cuando el objeto de la información es la derecha y comprensión máxima, cuando no pura justificación, cuando se trata de contar la actividad del Gobierno. Si los lectores se quedaran exclusivamente con la versión que los redactores de El País que cubren la Moncloa aportan —cosa que, afortunadamente, ya apenas ocurre—, el Pedro Sánchez que conocerían sería prácticamente igual al que retrata la propaganda oficial.
Sigo teniendo algunos amigos en El País y sé que hay grandes profesionales entre ellos, y también entre quienes no lo son. No obstante, también es verdad que en los últimos años se han ido colando en sus filas muchos activistas que entienden el periodismo como la defensa de sus propias causas, que, por supuesto, son las justas. Otros estaban ya allí desde mucho antes, siempre atentos a denunciar peligrosos desviacionismos y tendencias derechizantes que pueden agazaparse detrás de cualquier propósito aparentemente bien intencionado como, por ejemplo, la modernización de un periódico que se quedó congelado en el tiempo.
De eso es de lo que debería discutirse en este aniversario, de qué ha sucedido para que El País haya envejecido tan mal. Los actuales directivos no son los únicos responsables de esa situación, desde luego. Pero sí son culpables de silenciar ese debate y seguir amarrados a la rueda del molino con la cantinela del fascismo y el progresismo cuando todos saben que ni existe amenaza de lo primero ni nos gobierna lo segundo. Sí, lo saben o, al menos, tienen dudas. No pueden permitirse exteriorizar esas dudas, tienen miedo de dudar. Escriben panegíricos sobre la obra y sobre sí mismos para disimular ese miedo, pero sé que dudan, porque nadie que haya desarrollado mínimamente la facultad de pensar por su cuenta puede creer que esto que nos gobierna sea progresista.
He intentado en este artículo omitir la mayor parte de los nombres, con excepción de los que son imprescindibles para la comprensión de esta historia. Entre otras razones porque, para bien o para mal, El País se ha regido siempre por una cultura muy vertical en la que el que manda manda y los demás, obedecen. No se ha dejado mucho espacio para los personalismos y el brillo individual, como sí ocurría en otras cabeceras. Apuesto a que pocos lectores serían capaces de citar siquiera los nombres de todos los directores de El País, y eso que sólo ha habido nueve en 50 años. Tampoco se han producido muchos despidos disciplinarios porque, normalmente, los discrepantes han guardado silencio. Los castigados, eso sí, no solo cargaban con el peso de la sanción y el desprecio, sino con otro mucho más cruel: el de la erradicación. Nunca más ha vuelto a saberse de ellos. No existieron, jamás escribieron una sola crónica, nunca estuvieron en un cierre a las 3 de la mañana ni se acercaron a los confeccionadores para dibujar una página ni compartieron espacio en la cafetería con el resto de sus compañeros. No, nunca estuvieron allí ni se volverá a hablar de ellos en voz alta. Por eso quiero concluir con la mención de siete nombres que con toda seguridad no se escucharán en las celebraciones oficiales por mucho que hayan dado lo mejor de sí mismos por la grandeza de El País: David Alandete, Javier Ayuso, José Manuel Calvo, Álvaro Nieto, Luis Prados, Maite Rico y José Ignacio Torreblanca.