Eso no es izquierda, es populismo
«La reunión de Barcelona no es una defensa de la democracia, sino una escalada en el duelo populista que hoy sacude al mundo»

IV Reunión en Defensa de la Democracia en Barcelona. | Europa Press
Perdonen el recurso fácil, pero tengo que echar mano de un refrán —«dime de lo que presumes y te diré de lo que careces»— porque no hay mejor forma de sintetizar el pensamiento de los líderes que este fin de semana se reunieron en Barcelona a convocatoria de Pedro Sánchez. El encuentro respondía al lema «En defensa de la democracia» porque los allí presentes saben que ese es exactamente su punto más débil: las sospechas más que fundadas sobre sus convicciones democráticas. O tal vez pretendían decir algo aún peor, que la democracia ha mutado en el sistema híbrido, cuando no puramente autoritario, que proponen los participantes en la reunión.
Todos ellos —me refiero con esto a los más significados y mencionados, puesto que había muchos destinados solo a hacer bulto— coinciden en comportamientos claramente antidemocráticos: desprecio al rival y a todos los contrapesos de su poder, uso partidista y debilitamiento de las instituciones democráticas, intimidación o sometimiento del poder judicial, manipulación y control de los medios de comunicación, utilización de la política exterior para la defensa de sus ideas y no de los intereses nacionales.
Todos coinciden porque todos ellos son populistas. Actúan bajo la etiqueta de la izquierda, pero esa adscripción es meramente formal, está destinada más a distinguirse de otros populistas que a definirse a sí mismos. Si hubiera que calificarlos por sus actitudes, todos ellos serían indistinguibles de los populistas de derechas, puesto que las características que hemos mencionado antes se repiten exactamente igual en personajes como Orbán o Trump.
Por eso insisten una y otra vez a través de sus poderosas maquinarias de propaganda que son de izquierdas y demócratas, porque no son ni una cosa ni la otra. La línea que separa hoy a los Gobiernos no es la de derecha e izquierda, sino la de populistas y demócratas. Por esa razón, nos alegramos la semana pasada del triunfo de Magyar en Hungría, porque, aun siendo muy conservador, es un demócrata y su antecesor, un populista.
Cuando se habla de populismo antidemocrático, obviamente, no podía faltar en la reunión la presidenta de México, país que ha sido durante décadas la meca de esa ideología. Después de algunos años en los que México recuperó la democracia y la alternancia en el poder, una obscena reproducción del PRI más autoritario de la mano de Andrés Manuel López Obrador se dedicó a socavar las bases del sistema para recuperar los viejos instrumentos que garantizaban el poder absoluto. Ese proceso de desmantelamiento democrático ha sido largo y profundo, pero se puede resumir en dos medidas: la disolución del poder judicial y su sustitución por jueces elegidos por votación popular y de corte «progresista», y la reducción drástica de los mecanismos que garantizaban la limpieza electoral. Por supuesto, esas medidas encontraron contestación de parte de los demócratas mexicanos, a los que se desprecia desde los medios oficiales como integrantes de su particular fachosfera. Como decíamos, México es un adelantado en el modelo populista y ha sido capaz de conseguir que López Obrador nombrara a su sucesora mediante el tradicional «dedazo». El fruto de todo eso es Claudia Sheinbaum, que este fin de semana cursaba en Barcelona el máster «En defensa de la democracia» que daba Sánchez.
Otros destacados participantes en el encuentro, como Lula da Silva o Gustavo Petro, en realidad son aprendices en comparación con Sheinbaum, aunque hacen sus propias aportaciones. Petro aporta el gusto populista por las antiguas guerrillas y la violencia, mientras que Lula impartió en la capital catalana la clase de cómo puede ser compatible hablar ‘en defensa de la democracia’, admirar a Putin y defender la dictadura de Cuba.
Aunque lo parezca, no existen grandes contradicciones en esa reunión. Solo las hay si se confunde, como hacen muchos, con un encuentro de izquierdas. La izquierda es tan necesaria en un sistema democrático como lo es la derecha. Esa alternancia, con sus diferentes visiones económicas y sociales, ha favorecido durante décadas el progreso en todo el mundo. Pero la condición, tanto de derecha como de izquierda, para ser parte de ese sistema es la de ser demócratas por encima de su ideología particular.
Los reunidos en Barcelona no cumplen esa condición. Acusan a la derecha de querer destruir la democracia, aunque ellos llevan años haciéndolo. Era grotesco escuchar decir a Sánchez que «el tiempo de la derecha llega a su fin», cuando los allí reunidos acumulan decenas de años de continuidad en el poder. El propio Sánchez cumplirá pronto ocho años en el Gobierno, los mismos que lleva el partido de Sheinbaum. Lula ha estado 12 años en el poder en dos periodos distintos. Desgraciadamente, lo que parece acercarse no es el final del tiempo de la derecha ni el tiempo de la izquierda, sino el final del tiempo de la democracia.