The Objective
Antonio Caño

La vía china hacia el sanchismo

«No hay una sola razón de Estado que justifique el mayor giro de la política exterior española. ¿Qué busca Sánchez en Pekín?»

Opinión
La vía china hacia el sanchismo

Imagen creada con inteligencia artificial.

El último viaje de Pedro Sánchez ha consolidado un giro drástico de la política exterior española que resulta imposible justificar en función de los intereses nacionales de nuestro país.

Sánchez se ha convertido en el líder occidental que con mayor frecuencia ha estado en China, con un insólito récord de cuatro visitas en los últimos cuatro años. En esos contactos ha desarrollado una aproximación a la doctrina política oficial china de tal dimensión que le ha llevado a respaldar la teoría de la multipolaridad sin prioridades por razones democráticas, la renuncia de las democracias occidentales a sus posiciones hegemónicas, el papel especial que China juega como valedor de un nuevo orden internacional, su contribución esencial a la paz y la estabilidad mundial y, por último, la reivindicación de la soberanía china sobre Taiwán.

No hay ningún otro gobernante occidental que haya ido tan lejos. Es compartida por todos los países europeos y la propia Unión Europea la necesidad de mantener unas buenas relaciones con China y de aceptar el papel de gran potencia que sin duda ha adquirido. Dada su dimensión y su impacto crucial sobre la economía mundial, todos los países, incluidas las democracias europeas, hacen equilibrios para intentar esas buenas relaciones sin renunciar del todo a las críticas al régimen dictatorial que rige en China. De una u otra forma, los dirigentes de países democráticos que visitan ese país se las arreglan para introducir en sus agendas una mención más o menos velada a la necesidad de respetar los derechos humanos.

Sánchez ni siquiera se ha molestado en cumplir con ese trámite en una visita que rompe con todos los hábitos de la política occidental hacia China y deja a España en una sorprendente posición de aliado excepcional del régimen comunista de Pekín. ¿Cuál es el motivo de dar un paso de esta magnitud? Es imposible encontrar una sola razón de Estado que lo justifique.

El enfrentamiento con Donald Trump y la hostilidad mostrada por el presidente norteamericano hacia Europa no es, desde luego, motivo suficiente. Prácticamente todos los Gobiernos europeos, de diferente signo político, han criticado en los términos más enérgicos la conducta de Trump, sin que por ello hayan hecho un solo gesto a favor de la gran potencia que se presenta como alternativa a Estados Unidos. Simplemente, porque China no lo es. No lo es desde el punto de vista de la economía —el desarrollo de Estados Unidos se hizo junto al de Europa y el de China lo está siendo a costa de Europa— ni desde el punto de vista de la política, puesto que la alianza europea con Estados Unidos se construyó sobre la base de los valores compartidos, mientras que esos valores son radicalmente opuestos a los de Pekín.

La apertura de mercados para las empresas españolas en China o la búsqueda de inversores de ese país en el nuestro tampoco es razón suficiente para la sumisión política que hemos presenciado en este viaje. Ni Pekín exige por el momento condiciones políticas para sus negocios con Europa ni su estrategia a medio y largo plazo es compartir el espacio con las empresas y marcas europeas, sino sustituirlas cuando sea posible.

Mucho menos se puede justificar el comportamiento de Sánchez en su visita a China por las razones morales que dice que guían su política exterior y que justifican, según él, su enfrentamiento con Estados Unidos e Israel. Por muchos desvaríos que haya cometido Trump y crímenes que haya perpetrado Netanyahu, ambos países siguen siendo democracias en las que serán sustituidos en algún momento. En cambio, China es una de las dictaduras más crueles y una de las naciones con peor récord en cuanto al respeto de los derechos humanos. Por mérito propio se ha ganado el título de la mayor cárcel del mundo.

El paso de Sánchez por China hubiera pasado desapercibido ante el resto del mundo si no hubiera conquistado antes la atención internacional por el tono, por encima de los demás, con el que se ha pronunciado sobre Trump y Netanyahu. Ahora, aquellos en Europa y Estados Unidos a los que conquistó con esa osadía se ven sorprendidos por la incoherencia con la que ha actuado en Pekín y aquellos a los que molestaron sus excesos verbales han acabado de entender que Sánchez no es persona de fiar.

Por todo ello resulta aún más inexplicable la actuación de Sánchez. No queda más remedio que asumir, como ocurre con todas las decisiones del personaje, que este arriesgadísimo giro de su política exterior responde también a intereses personales. Algo busca Sánchez para sí mismo ahora o en el futuro que le compensa un movimiento semejante, aun a costa de excluir a España del consenso occidental para convertirla en un aspirante a satélite chino.

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