The Objective
Esperanza Aguirre

María Corina y los comunistas

«Lo que a los madrileños nos ha llevado este fin de semana a premiarla y aplaudirla es, sobre todo, nuestra voluntad de asociarnos a ella en la lucha por la libertad»

Opinión
María Corina y los comunistas

Ilustración generada mediante IA.

El pasado fin de semana los españoles hemos podido contemplar dos esclarecedores espectáculos que representan, con nitidez indiscutible, las opciones que hoy nos ofrece la política.

Por un lado, los actos que en Madrid ha protagonizado María Corina Machado, con la multitudinaria manifestación que de forma espontánea se concentró en la Puerta del Sol, abarrotada de venezolanos y también de españoles, que la vitoreaban por ser la heroica líder que hoy lucha por la libertad de su pueblo y la de todos.

Y al mismo tiempo, los actos que se ha montado Pedro Sánchez en Barcelona, en los que, junto a líderes del comunismo del siglo XXI, ha predicado que ese comunismo se encuentra en el lado correcto de la Historia. Actos, por cierto, que, al contrario de los de María Corina, no incluyeron ninguna manifestación popular.

Desde que Chávez se hizo con el poder hace ya 27 años y se negó a abandonarlo hasta su muerte, impuso a los venezolanos un régimen que es una recreación de la dictadura comunista de Fidel Castro en Cuba. Y que, como la cubana, se basa en la represión total del que se atreve a reclamar libertad (de ahí los miles de presos políticos) y que conduce al exilio a grandes masas de ciudadanos (más de ocho millones de venezolanos en el extranjero) y a la pobreza de los que no se marchan, y eso que Venezuela lo tiene todo para ser uno de los países más ricos del mundo.

Los que, durante todo este tiempo en que Venezuela ha estado bajo esa dictadura, hemos intentado prestar todo nuestro apoyo a los políticos de ese país que luchan por recuperar la libertad que Chávez y sus sucesores les han arrebatado, llevamos mucho tiempo admirando sin reservas a María Corina Machado.

«En Venezuela, luchar por la libertad lleva consigo poner en riesgo la propia libertad, cuando no la vida»

Admiramos su perseverancia y la constancia con que, pese a las amenazas y a las persecuciones de que ha sido objeto, no ha dejado de luchar por la libertad. Y también admiramos la generosidad con que ha sido capaz de renunciar a dedicarse a la familia y a sus asuntos personales.

Y admiramos especialmente su valor, porque, en Venezuela, luchar por la libertad lleva consigo poner en riesgo la propia libertad, cuando no la vida. Ahí tenemos su admirable ejemplo, viviendo en la más absoluta clandestinidad desde el siniestro pucherazo que dio Maduro en julio de 2024, cuando, después de perder clamorosamente las elecciones, se proclamó vencedor y decidió expulsar o encarcelar a los que las habían ganado, con Edmundo González y María Corina a la cabeza. Un valor que se hizo aún más ostensible cuando, jugándose la vida, logró escaparse de su patria para ir a recibir el merecidísimo Premio Nobel de la Paz, que le habían concedido. Para recibir el Premio Nobel, pero, sobre todo, para aprovechar esa ocasión para lanzar un grito de defensa de la libertad, que está en el origen de todo lo que después ha pasado en Venezuela.

El discurso de María Corina en Oslo, que tuvo que pronunciar su hija porque ella no pudo llegar a tiempo, y después sus intervenciones allí, no cabe la menor duda de que fueron el acicate que provocó la actuación de Donald Trump, que, como dice ella, es el único jefe de Estado que ha puesto en riesgo la vida de algunos de sus ciudadanos para acabar en Venezuela con la dictadura castrista-chavista, es decir, comunista.

Lo que a los madrileños nos ha llevado este fin de semana a premiarla, agasajarla y aplaudirla es, sin duda, nuestra admiración por su valor y su resistencia en la lucha contra la tiranía, pero, sobre todo, nuestra voluntad de asociarnos a ella en la lucha por la libertad.

«Sánchez, ávido de aplausos que no puede conseguir en las calles, se ha autoproclamado en Barcelona líder del progresismo mundial»

Una libertad, que hoy, como hace décadas, está amenazada principalmente por el totalitarismo comunista, que, no sólo no ha desaparecido después de la caída del Muro de Berlín, sino que ha conseguido hábilmente disfrazarse para seguir vivo.

Y una muestra de esa habilidad para el disfraz la hemos tenido en los actos que se ha montado Sánchez en Barcelona este fin de semana, en los que, sin el menor rubor, una serie de líderes nostálgicos del comunismo se han reunido para, a la vez que ofrecían su culto al autócrata que gobierna España, expresaban su apoyo a la siniestra dictadura castrista, la que ha hundido a Cuba en la miseria más absoluta.

Sánchez, ávido de aplausos que no puede conseguir paseando por las calles de su patria, se ha autoproclamado ahí líder del progresismo mundial, eufemismo que, para los que sabemos de política, es un simple sinónimo de comunismo. Sánchez llegó a Barcelona después de haber estado en Pekín rindiendo pleitesía al líder máximo del comunismo, que es Xi Jinping, con el que coincidió en que la dictadura maoísta china y los proyectos totalitarios del Gobierno sanchista en España están en el lado correcto de la Historia. Curiosa expresión que, como todo lo que sale de su boca, utiliza Sánchez para dividir el mundo en buenos y malos, intentando que creamos que él es el bueno y los demás, los malos.

De ahí la desfachatez con que los de Barcelona proclamaron su apoyo a la dictadura cubana. Y de ahí el acierto de María Corina en no ver a Sánchez porque, como muy bien ha dicho, eso podía enviar un mensaje equivocado.

Ella sabe que acabar con una dictadura comunista no es tarea nada fácil y lleva mucho tiempo, esfuerzos y dolor. Que es lo que está haciendo con un espíritu de lucha absolutamente admirable, que debe servirnos de modelo a todos.

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