The Objective
César Calderón

Anacíclosis a la española

«Una cosa es gobernar con Vox en determinadas comunidades. Otra bien distinta es entregarle el marco conceptual desde el que se interpreta la realidad española»

Opinión
Anacíclosis a la española

Ilustración de Alejandra Svriz

Polibio describió hace 22 siglos el mecanismo exacto por el que las democracias se destruyen a sí mismas. En su teoría de la anacíclosis, los sistemas políticos no mueren a manos del tirano exterior, sino por degradación interna: en el momento en que sus propios dirigentes empiezan a competir con los demagogos en su terreno, adoptando su lenguaje y su lógica, el original y la copia se vuelven indistinguibles para el ciudadano. Y cuando eso ocurre, el ciudadano saca la conclusión inevitable: si tengo que elegir entre el demagogo auténtico y su imitador, me quedo con el auténtico.

Lo que Polibio describió como teoría, el centroderecha europeo lo ha vivido como tragedia repetida. En 1994, Berlusconi decidió que traer al MSI postfascista al Gobierno italiano era una maniobra maestra: los institucionalizaría, los domesticaría, los volvería presentables. Treinta años después, Giorgia Meloni gobierna Italia con mayoría casi absoluta mientras los herederos de Berlusconi mendigan un 8%. El domador acabó en la jaula. Francia ofrece el mismo epitafio: Sarkozy abrió el debate sobre la «identidad nacional», endureció el discurso migratorio, compitió con Le Pen en su propio terreno. Los resultados están en las hemerotecas: Les Républicains, el partido que gobernó Francia durante décadas, obtuvo el 4,6% en las presidenciales de 2022. El vocabulario no viaja solo: arrastra a los votantes consigo. Austria cierra el cuadro. El ÖVP de Kurz pactó con el FPÖ, adoptó su dureza migratoria y gobernaron juntos convencidos de que así desactivaban a la ultraderecha. Hoy el FPÖ lidera las encuestas con holgura.

Feijóo está entrando en ese mecanismo con los ojos abiertos. La asunción de la «prioridad nacional» —que en Génova consideran «muy fácilmente» asimilable por los electores, como si la facilidad de digestión fuera sinónimo de inocuidad— además de un suicidio ideológico —y veremos si político—, es: un marco identitario que señala al inmigrante como causante de la crisis de la vivienda y del colapso de los servicios públicos cuando ambos problemas son multicausales y llevan décadas gestándose bajo gobiernos de uno y otro signo.

La tesis de Génova tiene cierta lógica interna: implicar a Vox en la gestión real para desactivarlo, igual que Sánchez hizo con Podemos. Pero Feijóo olvida —o finge olvidar— que Sánchez no domesticó a Iglesias únicamente institucionalizándolo. Lo domesticó también haciendo suyas sus banderas. Una cosa es gobernar con Vox en determinadas comunidades. Otra bien distinta es entregarle el marco conceptual desde el que se interpreta la realidad española.

Si el remedio al Frankenstein de Sánchez es construir un nuevo Frankenstein con Abascal y toda su carcundia dentro del Gobierno, el PP estará labrando su propia tumba aunque llegue a la Moncloa. Porque Abascal no necesita el poder para crecer: lo necesita para desbordarlo. Ya exige la «remigración» en el Congreso, muy por encima de lo pactado, con la velocidad de quien sabe exactamente hasta dónde ha cedido su socio. Ese es su modelo de negocio: el PP paga los costes de la legitimación, Vox se queda con los beneficios electorales.

«Vox es admirador confeso de quien financia el caos occidental y aliado ideológico de quien lo ejecuta»

Mientras tanto, en Europa, los grandes partidos democristianos y liberales que todavía se toman en serio su tradición están levantando cortafuegos para que los socios de Trump y de Putin no toquen poder. Vox es las dos cosas: admirador confeso de quien financia el caos occidental y aliado ideológico de quien lo ejecuta. En Berlín, en París, en Ámsterdam, el debate no es cómo integrar a la ultraderecha en el gobierno, sino cómo aislarla de él. Feijóo viaja en dirección contraria, solo y sin mapa.

Berlusconi, Sarkozy y Kurz creyeron que ellos serían la excepción a la anacíclosis. No lo fueron. Ni uno.

¿Tiene alguna razón Feijóo para pensar que él sí lo será?

Publicidad