The Objective
César Calderón

Manual de instrucciones para derrotar al populismo

«Que Orbán pueda caer significa que los Orbán del mundo pueden caer. El modelo iliberal era un tigre de papel sostenido sobre el miedo y la resignación colectiva»

Opinión
Manual de instrucciones para derrotar al populismo

Imagen creada con inteligencia artificial.

Viktor Orbán construyó durante 16 años lo que los politólogos llaman autocratización competitiva: un sistema que conserva la apariencia del juego democrático mientras elimina, una a una, todas las condiciones que harían posible perderlo. Primero los tribunales. Luego los medios. Después la ley electoral, redactada para que el adversario necesite un resultado histórico solo para empatar. Por encima de todo, la red: Budapest funcionó durante más de una década como nodo central de una Internacional Iliberal de patrocinio, formación y financiación de aprendices de autócratas, un cálido invernadero donde crecieron Abascal, Le Pen, Fico, Meloni y los herederos de Trump. El modelo parecía perfecto. Cerrado.

Pero el sábado 12 de abril, los húngaros votaron. Y Orbán fue derrotado de forma humillante a pesar de los apoyos explícitos de Trump, Vance, Meloni, Abascal, Milei, Bolsonaro et alii además del apoyo operativo del zar de todos los bots: Vladímir Putin.

Y no fue la primera vez. En 2020, Biden venció a Trump reuniendo la coalición más heterogénea de la historia electoral reciente: mujeres, sindicalistas, jóvenes, votantes negros del Rust Belt, republicanos moderados que tragaron su orgullo y cruzaron la línea. En 2022, Lula derrotó a Bolsonaro por apenas dos puntos en la mayor democracia latinoamericana, devolviendo al Brasil la dignidad que su antecesor había empeñado ante el mundo. En 2023, Tusk ganó en Polonia con una participación histórica del 74%: los jóvenes, las mujeres, la diáspora, todos acudieron en masa, como si llevasen ocho años esperando ese día. Uno a uno, los sistemas diseñados para no perder fueron perdiendo.

Y todo esto no fue casualidad, sino método, un método que comienza a dotarnos de suficientes casos prácticos como para escribir el manual, con algunas lecciones que hay que aprenderse de memoria.

Primera lección: no peleas contra el caudillo en su terreno ideológico. Lo anclas en la corrupción concreta y cotidiana. Las cintas que aparecieron en los últimos días de la campaña húngara no revelaron nada que los ciudadanos no sospecharan ya, pero cumplieron la función que Kahneman llamaría de activación emocional: convirtieron la sospecha abstracta en indignación concreta. Eso mueve los pies hacia las urnas. Los argumentos mueven cabezas, pero las elecciones las ganan siempre los pies. Tusk no habló de valores liberales; habló de hospitales sin medicamentos y jueces sin independencia, de trabajadores sin trabajo, de escuelas sin maestros.

«El mensaje negativo, cuando el adversario lleva años en el poder, es más eficaz que cualquier programa positivo»

Segunda lección: la concentración del voto no es una traición ideológica, es pura aritmética electoral. Magyar, Lula, Biden y Tusk resistieron todos la tentación de construir coaliciones ideológicamente coherentes. Construyeron frentes de mínimos: saca al caudillo. El mensaje negativo, cuando el adversario lleva años en el poder, es más eficaz que cualquier programa positivo. No necesitas convencer a nadie de que eres mejor; solo de que el cambio es posible.

Tercera lección: la retórica de la soberanía es siempre teatro. Orbán llevó 16 años agitando el fantasma de Soros, Bruselas y los migrantes mientras, en privado, le explicaba a Putin que él era el ratón y el oso ruso era el gran protector. Una cosa es invocar la soberanía nacional ante las cámaras; otra bien distinta es gobernar como vasallo de Moscú. Cuando ese abismo entre discurso y conducta se hace visible, el sistema se quiebra. Bolsonaro flirteó con el golpismo y perdió a los militares. Trump construyó un mito de hombre fuerte que se derrumbó el 6 de enero ante las cámaras del mundo entero.

El sábado, la multitud en la Plaza de los Héroes de Budapest gritaba: Rusos, iros a casa. Las mismas palabras que en 1956. Setenta años después, la misma respuesta. Hay frases que duermen bajo la alfombra de la historia y solo esperan el momento oportuno para despertar.

«Derrotar al monstruo una vez no es suficiente. Lo que hay que derrotar son las condiciones que lo hicieron posible»

Que Orbán pueda caer significa que los Orbán del mundo pueden caer. El modelo iliberal no era un teorema matemático: era un tigre de papel sostenido sobre el miedo y la resignación colectiva.

Pero que nadie confunda una batalla con la guerra. Magyar ganó en Budapest. Tusk ganó en Varsovia. Lula ganó en Brasilia. Y sin embargo, el 48% de los húngaros volvió a votar a Fidesz. Trump volvió a ganar en 2024. Bolsonaro sigue siendo la oposición más poderosa de Brasil. Los caudillos populistas se pueden derrotar en las urnas, pero las condiciones reales o metafísicas que los engendraron —la desigualdad rampante, la desconfianza institucional, la nostalgia de la autoridad, el miedo al otro— permanecen intactas. Derrotar al monstruo una vez no es suficiente. Lo que hay que derrotar son las condiciones que lo hicieron posible.

Eso no se hace en una noche electoral. Se hace en los años que vienen después, cuando ya nadie mira.

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