Sofía Martínez, nutricionista: «No se trata de prohibir la cena ni de vivir con culpa, sino de hacerla lo más temprano que puedas»
Entre sus claves está el evitar una ingesta abundante de carbohidratos a última hora del día

Una mujer cenando | Pexels
La cena se ha convertido en una de las comidas más controvertidas del día en los últimos años. Hasta el punto de que, a menudo, son muchas las personas que deciden suprimirla, bien por realizar ayuno intermitente o bien por llegar sin ganas. Lo cierto es que ha perdido relevancia nutricional y la noticia, evidentemente, no es buena.
De hecho, la nutricionista Sofía Martínez lo explicó en sus redes sociales: «Comer tarde no es malo por sí solo». Algo que le sirvió para poner sobre la mesa un debate: ¿qué cenamos? A eso, además, le sumó otra realidad en la que no reparamos a menudo y no es otra que cómo llega nuestro cuerpo al final del día.
Comprender que estamos en la última fase de la jornada es relevante para saber qué nos puede sentar mal. O cómo una digestión nocturna tiene poco o nada que ver con la del desayuno o la del almuerzo. Sofía Martínez lo indicó así: «Nuestro cuerpo tiene ritmos biológicos distintos por la noche».
«Disminuye la sensibilidad a la insulina, las digestiones son más lentas y hay una mayor tendencia a acumular energía si hay exceso», sintetizó. Por eso, la realidad, aunque parezca una perogrullada, es precisa: «No es solo lo que comes, sino también cuándo».
Cómo hacer bien las cenas

Uno de los errores más clásicos a la hora de cenar es resolver el menú con un picoteo desmedido. A menudo, caemos en tópicos de una cocina rápida –que no comida rápida–, sacando del frigorífico quesos, embutidos y elementos que no necesitan preparación, pero que pueden ser una bomba calórica. Otras veces, sin embargo, recurrimos a elementos muy ligeros que acaban desvelándonos a mitad de noche, forzándonos a una recena que acaba siendo otro carrusel de calorías.
Sofía Martínez advirtió de que «algunos estudios muestran que cenar muy tarde o concentrar muchas calorías en la noche puede asociarse con peor composición corporal y mayor riesgo metabólico». Sin embargo, el mensaje no pretende ser alarmista ni provocar que, directamente, entremos en la última fase del día temiendo comer algo.
«No se trata de prohibir la cena ni de vivir con culpa», alertó. Lo que supone para ella este aprendizaje tiene que ver más bien con una relación sana con la comida, con la comprensión de nuestro organismo y con saber qué nos conviene. Sobre todo, también es relevante comprender que, a la hora de entender la cena, «comer tarde no es malo por sí solo, pero tampoco es lo mismo que hacerlo temprano». Va a depender, como dejó claro, de lo que metamos en el menú.
No es solo una cuestión de lo que comes, sino también de cómo lo haces

Son muchos los nutricionistas y expertos, como hemos contado en otras ocasiones en THE OBJECTIVE, que han advertido de que la forma en la que comemos influye mucho en nuestro organismo. Algo tan trivial como masticar, por ejemplo, es en realidad una herramienta de control para favorecer la saciedad.
Por eso, entre otras razones, Sofía Martínez indicó lo que sucede con una cena rica en carbohidratos que no es solo voluminosa o excesiva, sino que «se va a transformar en mayor cantidad de grasa a nivel corporal». También, evidentemente, va a influir en el rendimiento del día siguiente. En este caso, recomendó que «cenes lo más temprano que puedas y hagas un plato completo con mayor aporte de fibra».
Además, Sofía Martínez aportó varias pinceladas más sobre cómo hacer bien las cenas. Insistió, por ejemplo, en la importancia de «ordenar tus horarios» y de «evitar llegar con hambre extrema a la noche». Para que esto no suceda, dejó pistas interesantes como «priorizar comidas completas durante el día» y «escuchar a tu cuerpo».
Algo en lo que coincidió el nutricionista Pablo Ojeda, que recordó que «quizás el problema no es lo que comes, sino cómo lo haces». Una reflexión que, como también apuntó la doctora Carmen Perlasia, tiene que ver con nuestra evolución. «Nuestros ancestros comían alimentos muy duros y nosotros ahora, en la actualidad, preferimos alimentos muy palatables», catalogó. Eso nos lleva, por ejemplo, a favorecer productos tiernos y blandos, más fáciles de masticar y digerir. El problema es que su sensación de saciedad se desvanece mucho antes. Como en todo, sobre todo cuando hablamos de nutrición, la clave acaba siendo el equilibrio.
