PP y Vox avanzan levemente, el PSOE cae sin desplomarse y la extrema izquierda se pulveriza
La intención socialista de voto presagia malos resultados para las elecciones municipales

Imagen generada con IA.
En Santuario o en Requiem por una mujer, William Faulkner introdujo una frase redonda: «El pasado ni siquiera es pasado, ni siquiera está muerto». El pasado en estas tres semanas ha arrollado a La Moncloa y lo que queda del PSOE.
Es una batalla formidable a la vista de la opinión pública gracias a la sesión continua de televisión que ha convertido la política en picadillo de indigeribles sustancias. En el caso del expresidente demediado, tomando como símil al Vizconde de Ítalo Calvino, la mitad mala ha devorado a la mitad idealista y bondadosa, de la que no quedan ni cenizas.
Adjetivos como impostor y forajido aparecen en las columnas de ponderados analistas (Bustelo, Varela). El juez, en documento oficial, afirma que sus vagas respuestas no deshacen las conclusiones derivadas de pruebas consistentes. Se antoja que extraer de Zapatero una contestación concreta sería una misión imposible hasta para un verdugo medieval, al que es fácil imaginar sudoroso y agotado sin poder arrancarle una respuesta concisa. En unas semanas nadie recordará haber conocido a Zapatero.
La directora general de la Guardia Civil tomó té con Leire Díez, en un bar cercano al cuartel de Guzmán el Bueno, pero no se sabe por qué le cogió el teléfono para acordar las citas —palabra evitada en su comparecencia en el Senado— y por qué no le pidió explicaciones sobre alguna solicitud que le hizo referente a un comandante. La UCO vigila a los mandos de la Guardia Civil, y al revés también. La directora de la Guardia Civil es leal al presidente, pero es difícil pensar que lo sea con su ministro. Chesterton imaginó una organización terrorista en la que todos sus mandos eran policías y se espiaban unos a otros; esto que ocurre aquí lo supera (El hombre que fue jueves). La paradoja nos alcanza: Domingo, el jefe de la banda imaginada por Chesterton, se hacía llamar «La Paz de Dios» (la pazzzz …, la realidad desborda las ficciones más locas). Que en paralelo discurra el juicio por la Kitchen y hayan saltado los negocios del novio de Ayuso permite el nunca esclarecedor «y tú más».
En esta formidable batalla, los periodistas y tertulianos están alineados, y se repite la escena una vez tras otra: los esforzados oficialistas repiten un argumento empaquetado que a las pocas horas es desbaratado por nuevas revelaciones. Quedará en la antología aquello de las joyas de 30.000 € que se convirtieron en 1,3 millones en una tarde.
En la política, la mayoría de la investidura se ha desintegrado: Junts quiere apartarse de este Gobierno, pero Sánchez amaga con avances en la amnistía (sesión parlamentaria del 17 de junio), y el PNV se da cuenta de que el Gobierno debe conseguir aprobar los presupuestos, a la cuarta debe ir la vencida; en las tres anteriores el PNV no extrajo la misma conclusión. Sumar y Bildu se han convertido en la guardia pretoriana de Sánchez para apuntalarlo hasta mediado 2027.
Sirva lo anterior para destacar que estamos en una batalla de desgaste; no se ha producido un golpe que tumbe al PSOE. En la opinión pública esta batalla se plantea como una guerra de trincheras. Trataremos de explicarlo.
Tomaremos como base, como es habitual, el barómetro del CIS, cuyo trabajo de campo se hizo entre el 1 y el 4 de junio. Utilizaremos nuestras estimaciones, no las del CIS (que han sufrido una enérgica corrección, pero orillemos esto). Todas las redes de campo tienen sesgos, pero pueden corregirse detectándolos y utilizando la estadística, que para eso está. El CIS tiene grandes muestras, con muchos sesgos, pero también una serie que permite localizarlos y corregirlos.
Pese a los acontecimientos trepidantes, la opinión pública se mantiene en las tendencias conocidas. Entre mayo y junio no se produjo una ruptura, pero si un ajuste en sentidos previsibles: ligero avance del PP hasta el 33,9% de voto válido (estimación), descenso del PSOE, que se inició el mes pasado, hasta el 27,3%, y leve recuperación de Vox (normal, teniendo en cuenta que estos acontecimientos llevan la política a su discurso) y que ahora se puede estimar en un 16,4%, lejos de sus registros de febrero antes de que se desencadenase su crisis de expulsión de dirigentes y revelación de negocios.

Como se aprecia en el gráfico, todos los partidos están en las franjas de porcentaje de voto que se registran desde la segunda mitad de 2025. Es destacable que el PSOE está estable desde julio del año pasado. No hay que descartar que desde entonces esté en su suelo.
Lo que revela la naturaleza de guerra de trincheras en la opinión pública está en los perfiles sociológicos de los votantes actuales de los partidos nacionales. Nunca habían sido tan marcados y distantes de los demás partidos (ver tabla siguiente).
El voto al PSOE, protagonista de estas semanas, gravita sobre dos ejes: la identificación ideológica de izquierda —casi han desaparecido entre sus votantes quienes se sitúen en el centro— y generacional: en su mayoría tienen más de 55 años. Este voto procede de jubilados, amas de casa, parados y ocupados administrativos y comerciales; en el sector industrial su presencia se ha reducido muchísimo, parece limitada a la inercia. Es relevante que su voto en todos los hábitats (el CIS no codifica los municipios integrados en las áreas metropolitanas) presagia malos resultados en las municipales. En suma, el PSOE parece reducido a sus bases ideológicas y sociológicas. Es posible que la presión esté reforzando la determinación de algunos de estos sectores a apoyarlo. La psicología tiene recovecos imprevisibles, y el PSOE alimentará la idea de una operación contra Sánchez. La duda estriba en cuál es el punto de resistencia de este homogéneo electorado.
El PP presenta su perfil típico. Es muy sólido en sus bases, pero a la vez parece replegado sobre ellas. Su fundamentación ideológica es ser de centro-derecha y católica (vagamente católica, como es el catolicismo español), con fuerte apoyo entre los mayores de 45 años. Hay que añadir, aunque el CIS haga tiempo que no lo pregunta, su identificación con España. En el centro-derecha, Vox disputa casi en igualdad el voto de los menores de 45 años. Aunque los retrocesos del PSOE y de Vox dan ocasión al PP para crecer, siempre le resulta difícil desbordar sus fronteras habituales.
La extrema izquierda presenta un fuerte componente generacional e ideológico. Se puede hablar de radicalismo de nuevas clases medias.

Las transferencias de voto arrojan conclusiones adicionales. La extrema izquierda está pulverizada, el voto de Sumar se fragmenta y un 20% se puede ir a la abstención o a dispersarse. El PSOE mantiene la lealtad del 70,7% de sus votantes de 2023, pero un 8,4% se pasarían al PP o a Vox, que por primera vez aparece recogiendo un fragmento relevante de estos votantes.
En el centro-derecha se mantiene una circulación desigual de sus votantes: casi 900.000 pasarían del PP a Vox y a la inversa solo lo haría 300.000. Es obvio que esto es un problema para el PP que no sabe resolver.
Entre los nuevos votantes el PSOE aparece con una leve ventaja sobre PP y Vox.
La opción de Rufián, que el CIS registra como Coalición de Izquierda, en realidad solo sirve para recoger un 6,5% de los votos de Sumar. En definitiva, uno más a sumarse al desorden, sin aportar un voto, en vez de un punto de encuentro.

El mapa político resultante muestra, otra vez, que alrededor del PP se han creado bolsas de abstención a las que no consigue acceder. En especial, la caída de Vox en estos meses no se ha traducido en un retorno de voto relevante hacia el PP, sin duda, una de las claves de la situación. De cómo se decanten estos votantes lindantes con el PP dependerá el futuro del país.
El gráfico muestra el deslizamiento hacia la derecha del electorado, con el retroceso del PSOE, Podemos y Sumar.

La traducción a escaños de todo esto supone un leve reforzamiento del PP y Vox, mientras el PSOE se mantiene sin agobios por encima de los 100 diputados, que podríamos considerar el límite para la supervivencia de Sánchez como secretario general. Pero el principal problema, desde esta perspectiva, es la pulverización de la extrema izquierda, de treinta escaños a menos de una docena.

