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El PSOE absorbe a la izquierda radical y se mantiene por encima de los 100 escaños

Según los datos del barómetro del CIS, Vox ha entrado en caída libre y el Partido Popular conserva su liderazgo

El PSOE absorbe a la izquierda radical y se mantiene por encima de los 100 escaños

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. | Oscar J. Barroso (Zuma Press)

La crisis de Irán y del sur del Líbano ha cambiado el panorama. Las élites políticas y opiniones públicas europeas saben que una manera de estar en el mundo ha terminado (Estados Unidos como aliado, la OTAN como alianza fiable). Las opiniones públicas europeas están revueltas, también la española. Lo refleja el barómetro del CIS, cuyo trabajo de campo se hizo entre el 6 y el 10 de abril. Analizaremos sus datos de campo, no sus estimaciones. Ya que el trabajo de campo acabó el día 10, no recoge los efectos de los juicios paralelos (casos Kitchen y Ábalos-Koldo-mascarillas), la cumbre de Barcelona Defending democracy in a changing world y los acuerdos PP-Vox en Extremadura y Aragón. Tampoco la negociación en Castilla y León ni la campaña en Andalucía. En fin, los acontecimientos de los últimos 15 días.

La mayor preocupación en España deriva de las consecuencias económicas de la crisis (subida de precios) y la sensación de riesgo y volatilidad que desprende la estrategia de comunicación de Trump: dominar por saturación los medios globales con una lluvia de amenazas, marchas atrás, ofertas y contraofertas de treguas, agresividad contra los aliados europeos con Groenlandia y la afirmación de que «le han dejado en la estacada» en Irán. Las élites políticas tienen que reubicarse ante esta catarata. En este clima, la política española se ha globalizado: Sánchez da pasos para convertirse en el referente progresista mundial y convertir las próximas generales en un match entre él y Trump, y el PP y Vox responden con Venezuela.

Centrándonos en la evolución de nuestras estimaciones de voto, de derecha a izquierda:

Vox ha entrado en caída libre. Su alianza con Trump y Orbán es radiactiva. Sus votantes son muy de derechas, pero también europeos: demorar las negociaciones en Extremadura, Aragón y Castilla y León les impacientó; viven en la urgencia de deshacerse del sanchismo, son quienes peor valoran su situación económica personal y la del país, y los más críticos con la política. No están para negociaciones bizantinas. Agraviar y expulsar a los cuadros más conocidos tampoco es buena idea. En suma, Vox recuerda a Ciudadanos: no gestiona su papel ni su crecimiento, y su electorado es muy volátil.

La base electoral del PP es rocosa, pero está por debajo de su resultado en 2023 desde el verano. Hay que pensar que no crecerá mientras mantenga su discurso en el antisanchismo, porque no aporta nada a los votantes que debería atraer. La aparición de Cuerpo va a dejar en evidencia lo improvisado de su control al Gobierno y su tono desabrido. Cuerpo no es Montero. Comparar la retención de un casco azul español por el ejército israelí en Líbano con un control de tráfico de la Guardia Civil indica descoloque. Los ataques frontales compactan a los adversarios, pero el PP piensa que, a base de golpear la figura de Sánchez, el electorado del PSOE se desmoronará.

Sin embargo, el electorado del PSOE no se desmorona. En dos meses ha recuperado indecisos y atrae votantes de la izquierda radical. En voto sobre censo, según nuestras estimaciones, ha pasado del 16,8% en febrero al 18,8% en abril. Unos 600.000 votos. ¿Qué puede estar pasando? Una opción, como señalamos el mes pasado, es que la opinión pública da por descontado un próximo Gobierno PP+Vox; ante esta perspectiva, puede que parte del electorado de izquierda esté adelantando su reacción, que debería esperarse a final de legislatura (como ha ocurrido en ocasiones semejantes). La otra posibilidad es que la posición moral de Sánchez respecto a la guerra Irán-Líbano tenga alguna eficacia, limitada en todo caso. Nos inclinamos por lo primero.

La izquierda radical se desintegra. El vacío sucedió al evanescente liderazgo de Yo, Yolanda. Desciende la intención de voto de Sumar y Podemos, pero el CIS incluyó una fantasmal «coalición de izquierda», explicándola así: «En este barómetro […] se ha abierto la categoría ‘Coalición de izquierdas’ para recoger las respuestas espontáneas que hacen referencia a la inclinación del voto hacia una posible confluencia de partidos de izquierda en las próximas […] generales, incluidas las menciones a la iniciativa de Gabriel Rufián». Parece que se ha hecho un estudio preelectoral gratuito para Rufián. Su resultado del 1,7% muestra que sería uno más a sumarse a la confusión.

Estos movimientos han creado una bolsa de indecisos entre PP y Vox, con arrepentidos de Vox. En la izquierda, el PSOE capta antiguos indecisos procedentes de Sumar y recupera parte de sus votantes perdidos durante la legislatura. Sumar, Podemos y «la coalición de izquierda» de Rufián quedan arrinconados. La única salida de la ultraizquierda sería una negociación agónica antes de las elecciones generales.

Aquí se dibujan dos procesos de decisión en la opinión pública que se desarrollarán hasta el final de la legislatura. Por un lado, la decisión entre PP y Vox, que el PP debería inclinar a su favor sobre la base del voto útil de centroderecha. Y la de izquierda que, dado el desorden de la izquierda radical, se decantará a favor de Sánchez, algo que parece que ya hubiera comenzado.

Traducido a escaños, son relevantes varias cosas:

El PSOE se aleja de los 100 asientos que hubieran supuesto un problema de estabilidad interna. Unos 112 sería un resultado asumible para Sánchez. Al avanzar el PSOE, hace perder escaños a uno de sus socios, el BNG, que oscila entre dos y seis dependiendo del PSOE (uno en Coruña y Pontevedra o dos en cada una y otro en Lugo y Orense).

Vox desciende, haciendo retroceder la eventual mayoría PP+Vox por debajo de 200 escaños. Eslóganes como «preferencia nacional» solo debilitan al PP. Es inevitable pensar que Vox opera tácitamente como aliado de Sánchez inventando problemas para el PP. El PP mantiene sus escaños.

La sucesión de acontecimientos delata que la estrategia de Sánchez (el PSOE es mero decorado) gravita sobre la idea de presentarse como contrafigura progresista de Trump. Desde que apareció en la política española, Sánchez se ha comportado como un jugador profesional, alguien que conoce las reglas de su juego y cala a sus adversarios (lo contrario de un ludópata). Sus movimientos para construir su figura en la política internacional replican los que le llevaron a dominar el PSOE y la política nacional, aunque sus cartas a esa escala no sean comparables.

Es quien más arriesga; en el juego del gallina, siempre frenarán antes los otros. Lleva el juego a límites a los que los demás no se atreven a llegar.

Sabe que sumando marginados o perdedores de batallas anteriores se puede montar una mayoría alternativa: la carrera hacia el poder deja gente en las cunetas que se puede reciclar para construir mayorías. Es el material humano con el que dominó el PSOE. Los dispares asistentes a la Cumbre Progresista de Barcelona están en la misma clave: actores secundarios reunidos. Después, cada uno volvió a sus cosas. Conforman una geografía imposible para la acción coordinada, pero gestionar las apariencias forma parte de la política.

El método es sintetizar su posición con un eslogan, definiendo dos orillas para quedarse con la bandera de lo moral: «No es no», «Somos más», «No a la guerra», «No a una guerra ilegal e injusta», «El lado correcto de la historia [con China]», «Han firmado un pacto inhumano y denigrante con la ultraderecha», «Clase media y trabajadora frente a los ricos». Una variante es provocar un debate en el Consejo Europeo sobre la suspensión del acuerdo comercial con Israel sabiendo que no va a ser aceptada, pero ante el mundo se queda con la bandera.

Sabe, como escribió Maquiavelo sobre el papa Borgia, Alejandro VI, que se puede engañar y que siempre habrá gente dispuesta a dejarse engañar («cuando uno se propone engañar a los demás, nunca deja de encontrar tontos que le crean»). Susana Díaz puede dar fe y Ábalos —cuando se aclare sobre lo que pasó en sus años locos— dará fe de que puede abandonar en la cuneta a cualquier aliado o enviarlo al olvido, igual que varias ministras de las que ya nadie se acuerda o ni se acordará en poco tiempo.

Apoyarse en el pasado como resorte para bloquear cualquier debate. Situar al adversario frente a los temas más incómodos (como Capablanca aconsejaba en ajedrez: hacer el movimiento más incómodo para el adversario), en el umbral de la campaña de 2027: la constitucionalización de la interrupción voluntaria del embarazo, regularización de inmigrantes, choque de competencias sobre vivienda… En la UE, el tema de Israel. Asuntos que enciendan debates en los que esté en juego la identidad y lo emocional. Nadie más lejos que él del consenso: solo concibe dominar el escenario.

En la UE se comporta como en el PSOE: pasó de ser un instrumento de la dirección —para guardar el puesto a Susana Díaz— a sublevarse y dar la vuelta a la situación. De ser fiel aliado de Von der Leyen a buscar la manera de contrapuntear a todos, con posiciones y asociados que evocan animadversión a Estados Unidos e Israel, más allá de las figuras de Trump y Netanyahu.

Mientras en Londres los aliados europeos buscaban la manera de tener un papel en la reapertura de Ormuz (y Polonia, con Tusk, ocupaba el papel que le hubiera tocado a España), él trabajaba para la Cumbre de Barcelona (una especie de no alineados 2030, evocando a Tito, Nehru, Nasser y Sukarno).

La prioridad de estas maniobras no es la coherencia, sino ganar. Después de ganar, ya se sabrá con qué socios y para qué.

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