The Objective
OPINIÓN

Vox, un socialismo más

El sector duro de la formación ya no esconde su deriva estatista, anticapitalista y antimercado

Vox, un socialismo más

Ilustración.

«El socialismo azul y el socialismo rojo —proclamó José María Figaredo— son los culpables de la grave situación a la que se enfrenta España». No seré yo quien le quite la razón en el diagnóstico general, pero ante tamaña afirmación resulta inevitable hacerse una pregunta: ¿acaso se les ha ocurrido mirarse al espejo? Porque a la frase le falta un espejo. Antes de repartir certificados de socialismo a diestro y siniestro (nunca mejor dicho), convendría que en Vox se asomaran al cristal y comprobaran a quién se parece, cada mañana, el caballero que les devuelve la mirada.

La política, despojada de liturgia, va de una sola cosa: alcanzar el poder y, sobre todo, no soltarlo jamás. Y en ese doble arte —el de la propaganda y el de incrustarse en las instituciones hasta formar parte del mobiliario—, el socialismo español lleva décadas impartiendo una clase magistral. Vox ha tomado apuntes. Ni siquiera lo disimula: esta semana montó un acto sobre la libertad de expresión con el aire entrañable de un congreso del Partido del Trabajo de Corea, todo a mayor gloria del líder (lo contó ayer Marcos Ondarra, un compañero de esta casa, con mucha gracia). Tiene guasa que predique sobre libertad de expresión un partido que se dedica a amordazar a periodistas y columnistas con papeletas instrumentales de conciliación —antesala de querellas que no van a ninguna parte— reclamando 10.000 euros por un tuit. Lo sé de primera mano. Querellas que no aspiran a ganar, sino a callar. Igual que el PSOE, con idéntico manual.

El asalto a los medios es otro calco del manual de la izquierda. David Santos, uno de sus mariachis, reivindica entrar en TVE para convertirla en órgano de propaganda de Vox, ahora que ha descubierto —¡qué perspicacia tan tardía!— que socialistas y comunistas manejan el oficio con muñeca de orfebre. Hace diez años, Vox pedía cerrar todas las cadenas públicas; hoy se muere por ocuparlas. Su cuenta de X llegó a borrar un mensaje de 2014 que reclamaba clausurar las televisiones del Estado, no fuera a afear el asalto en marcha. Porque Vox ya tiene sindicato en RTVE —léanlo otra vez: sindicato propio—, el suyo, Solidaridad, que celebraba su desembarco con un «Se acabó el miedo y la corrupción mediática en la televisión de todos los españoles… ¡Solidaridad ya tiene su sección sindical en RTVE!». Y el diputado Manuel Mariscal lo rubrica con una sentencia digna de Pyongyang: «Aplicaremos la prioridad nacional en la televisión pública, y quienes insulten a los españoles se irán fuera». La prioridad nacional, ya ven, consistía en colocar a los suyos. Un Ministerio de la Verdad, pero con banderita de España. Al final, la cacareada «prioridad nacional» se resumía en pillar cacho en RTVE. 

Igual veo fantasmas donde no los hay, pero a mí los partidos con sindicatos me suenan a socialismo. ¡Qué cosas tengo! Y el Sindicato Solidaridad de Vox, dirigido por un admirador de Putin, utiliza lenguaje de extrema izquierda y monta huelgas generales de corte marxista. Su anterior secretario tampoco se quedaba corto, pues en un ataque frontal a la propiedad privada, llegó a arremeter contra la patronal y a coquetear con la idea de que las empresas deben estar intervenidas o controladas por los trabajadores. A efectos prácticos son unos podemitas con pulserita de España.

El cuartel de las ideas tampoco engaña. El Issep, ese centro ideológico patrocinado por San Petersburgo, que le ha levantado a Podemos uno de sus tótems, Jorge Verstrynge, para el curso de verano; este año lo escolta otro izquierdista prosoviético, Pedro Insua, y en otras ediciones ha desfilado por allí el comunista Santiago Armesilla. Este último reconoció que fue invitado a escribir algunas columnas en la Gaceta de Iberoesfera (Vox) porque comparten un enemigo común: el anglocapitalismo. Comunismo en vena, pero todo muy español, eso sí. El sector duro de Vox ya no esconde su deriva estatista, anticapitalista y antimercado, y la cosa tiene una lógica perversa: si al nacionalsindicalismo joseantoniano de Buxadé le retiras la cruz y le subes el volumen a la lucha de clases —que es justo la maniobra en curso—, el programa económico resultante es casi indistinguible del de Iglesias. La teoría de la herradura, ese viejo dibujo en el que los «extremeños» hacen manitas.

Presumen de motosierra, pero no piensan ponerla en funcionamiento. Prometen suprimir subvenciones cuando lo único que ambicionan es administrarlas ellos, para sus propios chiringuitos: allí donde han gobernado, han cerrado un par de tinglados ajenos con tal de abrir los suyos. De Milei tienen el atrezo y poco más. Sí, el programa incluye bajadas de impuestos, pero dichas con la boca pequeña y sin el contrapeso de un recorte de gasto equivalente, que es como jurar que adelgazas sin renunciar a la merienda: pura filfa populista. Hablan de números sin haberlos mirado nunca. Normal. Purgaron a Rubén Manso, un liberal que sí sabía de números. Pero el agujero negro de las pensiones es un problema de cientos de miles de millones de euros, no de recortar algunas duplicidades.

Luego llega el capítulo arancelario, donde la careta liberal se desprende del todo. Vox aplaudió los aranceles de Trump —una pésima idea, antimercado y perjudicial para el bolsillo español— y llegó a justificar que Estados Unidos castigara a España con estos impuestos encubiertos. Es decir: nacionalismo económico, autarquía y proteger al sector de turno (agricultura, industria) frente al comercio libre. Una ocurrencia corta, cerril y casera que Frédéric Bastiat ya ridiculizó hace casi dos siglos con su sátira de los fabricantes de velas indignados por la competencia desleal del sol. Vox ha purgado a su ala liberal y se ha mudado a un solar donde el Estado fuerte y el mercado cerrado conviven sin rubor, más cerca de la Falange o del Frente Nacional francés que de cualquier cosa que merezca el nombre de derecha liberal. A estas alturas, un partido más del establishment proteccionista y liberticida.

Conviene decirlo claro: ondear una bandera no convierte automáticamente a nadie en alguien de derechas. Lo sabe quien haya leído algo de historia —sobran regímenes que se envolvieron en la enseña nacional para perpetrar sus fechorías—, y ya el doctor Samuel Johnson dejó dicho en 1775 que el patriotismo es el último refugio del canalla. Vox crece, sí, aunque con cada vez menos fuelle, y crece sobre todo, proporcionalmente, en los barrios obreros, feudos de la izquierda de toda la vida, porque es a la izquierda a quien le arranca el voto. El programa de Vox promete inundar España de vivienda protegida, un fraude monumental (en mi opinión) el no dejarlo todo en manos de la iniciativa privada, pero es que Vox es obrerista y sindicalista. Carlos Hernández Quero se quejaba de que Ayuso premiase con deducciones a los multimillonarios extranjeros. Yo miro a Quero en pantalla y veo a Pablo Iglesias, qué quieren que les diga. Sin embargo, Quero es la mayor promesa de Vox. Muchos incluso están pidiéndole a Abascal que le deje paso. Y no es un caso aislado dentro del sentir del partido. Hace un año, Pablo González Gasca —entonces responsable de marketing digital de Vox, hoy caído en desgracia por los líos de Revuelta— publicaba un vídeo con un discurso netamente podemita (y presumiendo en su perfil de estar contra «la dictadura del capital»). Se quejaba de que nos roban el oro las multinacionales, la masonería, los yanquis y las élites corruptas.

Lo inquietante es el desenlace autoritario. Buena parte de sus altavoces mediáticos, algunos con programas en YouTube, se ciscan ya sin disimulo en la democracia, no en la española, sino en la idea de democracia, y suspiran por el buen tirano. De hecho, ya aplaudieron el régimen de Orbán (en paz descanse), que convirtió Hungría en un infierno de planificación central. Atacan constantemente a Felipe VI y a la monarquía. Incluso, desde La Gaceta de Vox y El Toro TV de los Ariza, se blanquea a las cloacas socialistas (ahí está el caso de Javier Pérez Dolset) o los enjuagues de Plus Ultra. Todo queda entre Julitos. Han adoptado también «The Ojete», el chascarrillo que parió Idafe y popularizó el ministro Puente para denigrar al diario digital de referencia en España (este en el que escribo), y lo lucen como una medalla.  

En definitiva, Vox es cada día un partido más antipático. Han logrado la proeza de tener enfrente a casi todos los que alguna vez les apoyaron: a los que purgaron, a los liberales, a los de Revuelta, a Hazte Oír, a la prensa de derechas, a los monárquicos, a la Conferencia Episcopal y hasta a sus cuatro esquinas más ásperas, la antisemita, la panchitófoba, la maurófoba y la antiimperialista. Para rematar la jugada, han fichado como abogado a Sr. Liberal (Jesús Santorio, un tipo de lo más antiliberal) para amedrentar en los juzgados a quienes no les bailan el agua.

El drama de fondo es que en España no existe una opción mínimamente liberal. El PP de Rajoy, Soraya y Montoro fue, en lo económico, profundamente socialista, y no tengo muy claro que con Feijóo la cosa vaya a mejorar demasiado. Pero la realidad es que PSOE y Vox son más parecidos de lo que piensan; son dos partidos que se retroalimentan y se necesitan. Parafraseando la última página de Rebelión en la granja, uno mira del socialista al patriota y del patriota al socialista, otra vez del patriota al socialista, y ya no acierta a distinguirlos. Así que la próxima vez que todos te parezcan traidores —el rey, el obispo, el liberal, el periodista, el empresario, el vecino—, quizá convenga revisar el censo de traidores con calma. Y empezar, camarada, por el espejo. Dicho de otra manera: cuando para Vox absolutamente todos los demás son unos traidores, quizá va siendo hora de asumir que, a lo mejor, el traidor eres tú.

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