The Objective
El zapador

Julito y los ahorcados

En Moscú, los hombres incómodos tienen la manía de caerse por las ventanas; en Caracas prefieren la soga

Julito y los ahorcados

Julio Martínez Martínez. | Carlos Luján (EP)

Hay un empresario alicantino que estos días no está durmiendo bien, y haría mal en dormir bien. Se llama Julio Martínez Martínez, Julito para los amigos. Julito es, como ha quedado bien acreditado en la instrucción del juez Calama en el caso Plus Ultra, el testaferro, el hombre de paja, el pagador, el amigo del alma de José Luis Rodríguez Zapatero. Y Julito, que ahora dicen que anda con una depresión de caballo, acaba de hacer algo que ha debido de helarle la sangre a mucha gente importante: ha cambiado de abogado.

Conviene explicar esto despacio, porque es la clave de todo. Un testaferro es alguien que pone su nombre, sociedades y cara donde otro pone el dinero y la sombra. Durante meses, Julito ha sido el muro de contención perfecto. Cuando la UDEF lo detuvo el 11 de diciembre y le encontró en casa 286.000 euros en metálico repartidos por la vivienda —fajos en un radiador, en una bolsa de palos de golf, en una caja de vasos, en un neceser del baño—, Julito apenas dio explicaciones y, sobre todo, no pronunció el nombre de Zapatero. Cuando lo citaron en el Senado en abril, se acogió a una baja médica. Aun así, la citación se mantuvo y tuvo que comparecer, pero no abrió la boca. Luego, ante los medios, defendió en público a Análisis Relevante, la sociedad que está en el centro de la investigación, y negó cualquier irregularidad. Lealtad de hierro. Omertà de manual.

Pero todo ha cambiado con la imputación de Zapatero. El abogado de Julito, el catedrático de Derecho Penal Bernardo del Rosal, renunció hace unos días por «diferencias irreconciliables en la estrategia de defensa», probablemente porque su cliente quería hacer algo que el letrado no estaba dispuesto a firmar. ¿Y a quién ha fichado en su lugar? A María Dolores Márquez de Prado, exfiscal, especialista en pactar con la Justicia, conocida por su dureza negociadora, una gran jurista. Uno no contrata a una experta en acuerdos para seguir callado. Uno la contrata para tirar de la manta. Presumiblemente, Julito lo que hará es contar todo lo que pueda a Anticorrupción a cambio de salvar el pellejo. Salvar el pellejo judicialmente, se entiende. Es decir, reducir su pena a cambio de colaborar con la Justicia. Lo que hizo Víctor de Aldama. Otra cosa es que pueda salvar su pellejo de verdad, como ahora veremos.

Aquí no estamos ante un tedioso caso de tráfico de influencias y favores. Julito no era un pobre contable que se llevaba sobres. Julito viajó muchas veces a Venezuela, trató con el círculo más íntimo del chavismo, se sentó con empresarios chinos que inyectaron fondos a través del entramado del Gate Center y participó en las operaciones de petróleo, coque de petróleo y oro que el juez y la UDEF atribuyen a la red de intermediación de Zapatero. En las cartas intervenidas, los compradores de crudo venezolano debían dirigirse a la «Oficina del presidente Zapatero», y Delcy Rodríguez aparece identificada como «la Dama» que asigna los barcos. Si todo eso es cierto, entonces Julito no es mero comparsa: es el hombre que conoce la ruta del dinero. Y, en este negocio, los hombres que conocen la ruta del dinero tienen una esperanza de vida estadísticamente preocupante.

Hagamos memoria. En julio de 2019, un alto cargo de PDVSA llamado Juan Carlos Márquez apareció ahorcado en una oficina de la zona de Alcobendas pocos días después de declarar ante el juez en la pieza de blanqueo del caso Morodo. Versión oficial: suicidio. Sus allegados juraron que no tenía la menor intención de quitarse de en medio. Casualidades de la vida. En 2023, dentro de la llamada trama PDVSA-Cripto, detuvieron a Leoner Azuaje y apareció ahorcado en una celda del Helicoide; informes forenses extraoficiales hablaban de signos de tortura, y a la familia se le negó reconocer el cuerpo a tiempo. Pocos meses después, el operador tecnológico Juan Almeida, alias N33, el hombre que guardaba en su cabeza las claves de las criptocarteras donde se escondían miles de millones, murió a las pocas horas de que le concedieran un providencial arresto domiciliario; diagnóstico repentino: cirrosis. En abril de 2024, el coronel Marino Lugo, exdirectivo comercial de PDVSA, murió bajo custodia de la contrainteligencia militar venezolana tras ser interrogado. Versión oficial: ahorcamiento, suicidio.

Suicidio, suicidio, suicidio. El régimen de Nicolás Maduro tiene una relación con la cuerda un tanto preocupante. Es la versión tropical de un clásico: en Moscú, los hombres incómodos para el Kremlin tienen la manía de caerse por las ventanas; en Caracas prefieren la soga. La diferencia es estética. El método es el mismo, y el mensaje también: el que sabe demasiado no llega a juicio.

Quiero ser escrupuloso. Póngale a este artículo todos los «presuntos» necesarios. No hay una sola prueba pública de que Zapatero, ni nadie de su entorno socialista más cercano, haya ordenado matar a nadie. Conviene decirlo, antes de que me llegue una querella; aunque, sinceramente, supongo que no está el tiempo para querellas. Además, la escopeta y las dos pistolas sin número de serie que había en Ferraz ya fueron destruidas por Koldo —lo confesó él mismo—. No, no quiero seguir por ahí… Pero también conviene decir lo otro, que es lo que de verdad debería quitarle el sueño a Julito: su socio y presunto pagador está investigado por intermediar en los negocios de un narcoestado cuyos colaboradores, cuando empiezan a hablar, tienden a amanecer colgados.

Existen precedentes muy elocuentes. Basta con saber que Víctor de Aldama, otro que amenazaba con tirar de la manta y tiró de ella, pidió protección a gritos antes de entregar su famoso sobre. Y es que, antes de pedir ese amparo, alguien metió tres balazos en la ventanilla de su Audi A8 blindado. Como desconfiaba de la protección de Fernando Grande-Marlaska, al final se costeó su propia escolta. Porque, en un Estado donde no te fías ni del que debería protegerte, la víctima sabe que el uniforme y el sicario pueden responder al mismo amo.

Pero si faltaba alguna pieza en este perturbador rompecabezas, el periodista Miguel Ángel Pérez acaba de dar con ella. Anote este nombre: Apamate Corporate And Trust, una mercantil bautizada poéticamente como un emblemático árbol venezolano, que sirvió de nexo en la sombra. Su verdadero arquitecto era Francisco Flores, un banquero chavista encargado de instrumentar 250 millones de dólares en cupos petroleros para el entorno de José Luis Rodríguez Zapatero, moviendo el dinero de la dictadura desde Panamá hasta Rusia. Por cierto, el nombre de Flores aparece en el auto del juez Calama.

Según comentó Alejandro Entrambasaguas, Zapatero llegó a reunirse con Flores en Caracas, en un piso cedido por Nicolás Maduro, justo en el momento en el que Víctor de Aldama amenazaba con entregar su famoso sobre a la Audiencia Nacional. ¿Y qué pasó después? Lo han adivinado. El pasado 6 de febrero, Flores falleció repentinamente a los 55 años. Un escueto comunicado empresarial y ni una explicación más. Otro testigo clave evaporado del mapa, aunque las malas lenguas, que nunca descansan, aseguran que sigue vivo.

Carlos Cuesta lo ha explicado mejor que nadie. Llevamos meses discutiendo si al PSOE de Pedro Sánchez se le puede llamar «organización criminal», como ya hizo la UCO. Es un debate legítimo. «Organización criminal» pone el acento en la estructura, en la banda que perpetra las fechorías. Pero, al fin y al cabo, lo que tenemos delante es algo de otra dimensión. Lo que tenemos es «crimen organizado». Y la diferencia no es retórica, es de fondo. Al decir crimen organizado, el peso recae donde debe, en el sustantivo: el crimen es la esencia, el fin; lo «organizado» es solo el método, el adjetivo. Una banda corriente busca enriquecerse esquivando a la autoridad. El crimen organizado desde el poder no esquiva a la autoridad: la neutraliza, la coloniza, la pone a su servicio. Por eso su enemigo no es la oposición, que le da igual, sino el Estado de derecho, la ley, el único dique que le queda a una democracia cuando el crimen se disfraza de Estado.

¿Exagero? Pongamos sobre la mesa solo lo documentado o lo que está hoy en los juzgados, sin un gramo de fantasía. Una caja fuerte registrada por la UDEF en el despacho de Zapatero en la mismísima calle Ferraz, rebosante de relojes, joyas propias del ajuar de una emperatriz valoradas en millones de euros y dos discos duros. Cientos de miles de euros en metálico camuflados en radiadores y bolsas de golf en casa del testaferro. Sociedades pantalla. Bancos en República Dominicana. Offshores en Dubái. Un coche blindado de un testigo acribillado a balazos en plena calle. Un expresidente del Gobierno imputado, citado a declarar los días 17 y 18 de junio, por presunto tráfico de influencias y blanqueo de capitales al servicio de una dictadura. Y una cadena de cadáveres en el otro extremo del hilo.

Esto no es un caso de corrupción. La corrupción es el concejal que se queda con la mordida del polideportivo. Esto es otra cosa. Esto es una estructura que decidió hace tiempo que el Código Penal es un obstáculo burocrático a demoler, y que ha tomado la Fiscalía, los organismos, los resortes del Estado, no para gobernar, sino para protegerse.

De modo que la pregunta no es si Julito tiene motivos para tener miedo. La pregunta es cómo no va a tenerlos. Cambia de abogado para negociar, sospecha que su socio Sergio Sánchez ya está filtrando para cargarle a él el muerto y mira hacia Venezuela, donde los que cantaron acabaron colgados de una viga. Que se ande con ojo, Julito. No porque lo diga yo, sino por lo que dice la hemeroteca.

Y termino con lo único que de verdad me importa, porque no escribo esto para Julito, que supongo que estará más que avisado, sino para el lector que todavía duda. A estas alturas, con la caja fuerte de Ferraz, el plomo en el Audi de Aldama sobre la mesa, el ahorcado de Alcobendas o los «suicidados» de Caracas, defender al PSOE de Pedro Sánchez exige un esfuerzo de fe que ya no es ideología, es otra cosa.

Solo alguien empeñado en vivir dentro de una burbuja, con los ojos vendados y los oídos tapados, puede no enterarse de la gravedad de lo que está pasando. El que aun así sale a defenderlo solo puede estar en una de tres casillas: o está en el ajo, o cobra, o es sencillamente un sectario amoral capaz de tragarse cualquier cosa con tal de no darle la razón al adversario. No hay una cuarta opción decente. Y mientras ellos eligen casilla, conviene rezar para que a Julito no le llegue la soga al cuello. De todas formas, por si acaso: Julito, haz el favor de buscarte protección.

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