The Objective
El zapador

¿Qué va a pasar con Cuba?

 La revista ‘TIME’ nos arroja a la cara la asfixia cotidiana de un país paralizado

¿Qué va a pasar con Cuba?

Dos jóvenes cubanas caminan frente a una efigie de Vladimir Lenin y un mural de Fidel Castro, La Habana (Cuba). | Ernesto Salazar (Zuma Press)

Confieso que el tema de Cuba me tiene obsesionado. Es una dolorosa fascinación por la anatomía de un naufragio histórico. Hace poco, publiqué un vídeo en YouTube (que ya ha superado las 600.000 visualizaciones) donde disecciono el desastre y planteo una dicotomía: ¿Cómo una de las islas más ricas de América terminó sumida en la ruina total? Para entenderlo, propongo viajar a 1959, el momento en que Cuba y Singapur iniciaron un reinicio histórico simultáneo pero divergente. Por aquel entonces, Cuba era una metrópolis cosmopolita, vibrante y próspera; Singapur, en cambio, no era más que un pantano pobre e insalubre. Hoy, en pleno 2026, el espejo nos devuelve una imagen grotesca en la que las realidades se han invertido por completo. Mientras Singapur es un leviatán financiero, un modelo de libre mercado y una potencia mundial impecable, la tiranía ideada por los Castro enfrenta apagones diarios de hasta 18 horas, un sistema con hospitales en ruinas, una escasez crónica de medicinas y un éxodo demográfico sin precedentes.

En ese vídeo hago añicos (o eso intento) el mito del bloqueo externo para centrarme en el verdadero culpable: el bloqueo interno. Explico por qué el empobrecimiento de Cuba no fue un accidente cósmico, sino el resultado asombrosamente eficaz de un sistema diseñado para el control absoluto y no para la prosperidad. El modelo de centralización total funcionó mientras duró el dinero de los «sugar daddies», desde los subsidios de la URSS hasta la chequera de la Venezuela chavista, pero con su colapso, el emperador castrista ha quedado desnudo ante el mundo.

Ayer mismo, mientras rumiaba sobre estas miserias, cayó en mis manos el especial que la revista TIME acaba de publicar bajo el título The Cuba Question. Quiero detenerme y comentar lo que se dice en esas páginas, porque el diagnóstico es demoledor. Las maravillosas fotografías que acompañan este reportaje, disparadas por Moises Saman para la mítica agencia Magnum Photos, hielan la sangre. No son simples fotos. Son autopsias visuales de un país en coma.

Saman no te enseña la postal para turistas de La Habana Vieja. Te tira a la cara la realidad de un niño plantado frente a una montaña de basura humeante que se desparrama por la calle. Te muestra a un país asfixiado por la falta de combustible, que vive a oscuras, con la gente asomada a los balcones bajo la luz de una triste y única bombilla en medio del apagón. Nos planta frente a aulas de colegio con ordenadores rotos de 1991, chatarra inútil que es un monumento a un futuro que nunca llegó. Te enseña a ancianos que tienen que depender de la caridad en conventos como el de Santovenia porque el Estado, ese Estado todopoderoso, los ha dejado tirados. Y encima, esos inmensos carteles del Che Guevara pudriéndose bajo el sol en estadios abandonados y carreteras… es una metáfora perfecta. El mito cayéndose a pedazos.

Pero TIME no solo pone el dedo en la llaga con las imágenes, sino que trae a tres pesos pesados para intentar descifrar este desastre. Porque claro, estamos en abril de 2026, Trump ha sacado a Nicolás Maduro de la ecuación venezolana aplicando su fanfarrona y nebulosa doctrina Monroe, y le ha cortado de cuajo a Cuba el grifo de petróleo que la mantenía respirando artificialmente. Primero tienes a Leonardo Padura, su novelista más conocido. Padura te lo dice sin anestesia: hay una desconexión total, abismal, entre el discurso oficial del Gobierno y lo que sufre la gente en la calle. Mientras la televisión controlada por el partido te vende la moto de que unos paneles solares chinos van a salvar la situación, la gente de a pie no sabe cómo narices va a llevar a sus enfermos al hospital si estalla un brote de dengue o zika. Te toman el pelo. Padura hace la gran pregunta, a lo Hamlet: «Ser o no ser». ¿Hasta cuándo puede aguantar un pueblo esta miseria antes de lanzarse a la calle, sabiendo que la respuesta del gobierno será aplastarlos?

También han contado con el historiador Carlos Eire, que no se anda con chiquitas. Para él, es hora de que los dinosaurios del régimen se vayan al basurero de la historia. Eire desmonta, dato a dato, la gran mentira de que Estados Unidos tiene la culpa de todo. Te recuerda que Cuba, antes de 1959, exportaba comida a espuertas, y ahora tiene que importar hasta el 80% de lo que come su gente. Todo porque una dictadura comunista decidió aniquilar cualquier iniciativa privada. Sin embargo, Eire pone una alerta gigante sobre Trump: advierte que esa «adquisición amistosa» de la que habla el presidente americano no puede significar dejar a los gerifaltes del castrismo convertidos en títeres vestidos con trajes de Armani. Ni de broma. Hay que arrancar el problema de raíz. No se pueden ir de rositas.

Finalmente, el economista Ricardo Torres explica que el sistema colapsó por sus propias debilidades existenciales: depender del dinero soviético primero, y del venezolano después, mientras mantenían un control político asfixiante, algo que yo también explicaba en mi vídeo. Claramente, Cuba no necesita que vengan a rescatarla desde Washington, ni necesita inventarse otra mitología oficial barata. Necesita instituciones de verdad y una economía social de mercado donde la gente pueda emprender sin que el Gobierno le tenga la bota puesta en el cuello.

¿Qué va a pasar en Cuba? ¿Será por fin libre? El pueblo cubano lleva décadas en un secuestro institucional, con un Gobierno que le roba el pan y, encima, le exige aplausos en la plaza pública. Han convertido una isla hermosa en un calabozo al aire libre, y lo más macabro es que han intentado encarcelar la mente de su propia gente. Pero la oscuridad física de esos apagones está, paradójicamente, encendiendo una llama en la conciencia colectiva. Hace exactamente dos meses tuve la oportunidad de reunirme y entrevistar a Sayde Chaling-Chong García, un tipo fascinante: músico cubano de origen chino, exiliado en España y un disidente con el colmillo muy retorcido. Y muy inteligente. Sayde venía de asistir a un encuentro tremendamente reservado en Madrid. ¿El protagonista? El mismísimo Mike Hammer, jefe de la misión diplomática norteamericana y encargado de negocios en Cuba.

Hammer se encontraba realizando una gira internacional con varias escalas europeas, testeando las aguas y recogiendo las inquietudes de la diáspora tras el hachazo de la Administración republicana en Venezuela, poniendo a Delcy Rodríguez a dirigir el país tras la captura de Maduro. En esa reunión, a la que acudió Sayde, el embajador expuso las líneas maestras de la política que la Casa Blanca prevé aplicar. Se solicitó discreción sobre los detalles tácticos, pero el mensaje que transmitió fue una auténtica bomba de relojería: el presidente Trump está destinando esfuerzos hercúleos y recursos incalculables para que, a lo largo de este mismo 2026, se produzca el fin definitivo de una de las tiranías más prolongadas y abyectas del hemisferio occidental. No fue un farol de burócrata. Lo dijo mirándoles a los ojos, con unas palabras que a Sayde todavía le resuenan: «No es que se pueda realizar, se va a realizar». La cuenta atrás ha empezado.

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