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Opinión

Trump y el viejo sueño del hombre providencial

«Hay momentos en los que las sociedades dejan de pedir buenos gobernantes y empiezan a buscar salvadores»

Trump y el viejo sueño del hombre providencial

Donald Trump. | Salwan Georges (EP)

El nuevo intento de atentado contra Donald Trump vuelve, cómo no, a reabrir un debate que no es nuevo y hasta podría decirse que ya aburre: unos son muy buenos y los otros muy malos. Sorprende escuchar a personas que presumen de muy demócratas y, dizque, amantes de la libertad, alegrarse de un intento de magnicidio. Como también llama la atención que se repitan argumentos tan naíf como infantiles: ni la extrema izquierda ni la extrema derecha parecen entender que las cosas rara vez suceden por una sola causa y que los líderes no son solo muy buenos o muy malos. Con contadas excepciones, siempre hay elementos rescatables, del mismo modo que hasta un reloj parado acierta la hora dos veces al día.

Hay momentos en los que las sociedades dejan de pedir buenos gobernantes y empiezan a buscar salvadores, y esto ha ocurrido desde el comienzo de las civilizaciones. ¿Por qué sucede esto? Casi siempre porque no reclaman administradores eficaces ni reformas graduales, sino figuras excepcionales capaces de barrer de un golpe todo aquello que consideran corrupto, decadente o inútil, es decir, alguien que aparezca como un mesías a salvarlo todo. La historia conoce bien ese impulso y hay muchos ejemplos en todas las civilizaciones. Podemos tener diferentes creencias, costumbres, lenguas y razas, pero la psique humana es igual a lo largo del tiempo y las fronteras. Cambian los escenarios, las tecnologías y los lenguajes, pero la tentación permanece. Donald Trump no inventó ese fenómeno ni hay que rasgarse las vestiduras por ello, ya que es más antiguo que el hilo negro. La manía de no estudiar historia tiene estas cosas: se desconocen datos fundamentales y luego se mezcla todo. Tampoco es cuestión de llevar el academicismo al día a día, pero un poco de sentidiño tampoco viene mal.

Vaya por delante que esto no es un panegírico del presidente republicano. Es más, mi opinión sobre su política es más negativa que positiva, pero procuro que los árboles sí me dejen ver el bosque. Se ha escrito mucho sobre Trump como producto televisivo, como celebridad convertida en candidato, como maestro de la provocación o como síntoma de la polarización estadounidense. Todo ello contiene parte de verdad, pero se queda corto. Para entender su fuerza política, hay que mirar más atrás. No hacia el ciclo electoral anterior, sino hacia una constante histórica: la aparición del hombre providencial cuando una comunidad siente que el sistema ordinario ya no responde.

El hombre providencial no surge en épocas de serenidad institucional porque, simplemente, no hace falta. Nace cuando se instala la sensación de bloqueo, cuando los parlamentos parecen teatros estériles, los partidos estructuras cerradas, la prensa una correa de transmisión ideológica y la administración un laberinto incapaz de resolver los problemas reales. En ese clima, la lentitud democrática deja de verse como garantía y empieza a percibirse como impotencia.

En España conocemos bien ese fenómeno porque también ha sucedido aquí. ¿Se acuerdan de la promesa de Pablo Iglesias de asaltar los cielos? No contaba él, eso sí, con esa pequeña aldea romana gobernada por Ayuso que parecía haber caído en la marmita, dada su fuerza imbatible en las urnas (Mónica, toma nota por si acaso). El caso es que apareció como un mesías capaz de poner orden en todo y, en una parte, tenía razón: puso bastante bien en orden su cuenta corriente, la de su pareja y dejó inmaculado un buen proyecto laboral a largo plazo para ambos. Eso también requiere arte y tesón. La pena para sus votantes es que terminó convertido en aquello que venía a destruir. ¿Les suena? Demasiado, supongo.

En el lado contrario tenemos a Santiago Abascal que, a lomos de su caballo, bien parece un aguerrido Abderramán presto para la conquista… en su caso, la reconquista. Ambos se parecen mucho más de lo que creen y despiertan pasiones en las barras de bar castizo. Y, por supuesto, en el centro tenemos al gran líder de los líderes, capaz de cegar las mentes más brillantes de sus filas con su engolada voz. Por supuesto, me refiero a Pedro Padre Sánchez. Su influencia en determinadas gentes socialistas es tal que serían capaces de acompañarlo a ver si abre las aguas como hizo Moisés, muriendo todos ahogados en el intento.

Volviendo al relato, conviene explicar por qué sucede, de cuando en cuando, este fenómeno: el de que emerja una figura que promete rapidez frente a trámite, decisión frente a duda, claridad frente a complejidad y voluntad frente a procedimiento. Su principal capital no es un programa detallado, sino la convicción de que él sí puede. O, más exactamente, de que solo él puede. Rediós, eso convence sí o sí a muchos.

Roma ofrece uno de los primeros grandes ejemplos. La República romana, admirada durante siglos por su equilibrio institucional, entró en una larga crisis marcada por desigualdades crecientes, guerras, corrupción y luchas entre facciones. Las viejas normas seguían existiendo, pero cada vez convencían a menos ciudadanos. En ese contexto prosperaron liderazgos personales que hablaban por encima del Senado y en nombre del pueblo. Julio César no fue una interrupción inexplicable del sistema romano. Fue también el resultado de su desgaste. Y así acabó el pobre, todo hay que decirlo: apuñalado por los suyos.

Mucho tiempo después, Francia recorrería una senda distinta con resonancias similares. La Revolución había destruido el Antiguo Régimen, pero no había logrado estabilizar un orden aceptado por todos. Tras años de violencia, incertidumbre y fatiga política, Napoleón Bonaparte encarnó una promesa irresistible: orden interno, eficacia administrativa y grandeza nacional. El cansancio social convirtió la concentración de poder en una opción aceptable para muchos franceses.

El patrón reaparece una y otra vez, no de forma mecánica ni con idénticas consecuencias, pero sí con rasgos comunes. La crisis debilita la confianza, la desconfianza abre espacio al personalismo y el personalismo se alimenta de una narrativa simple: el problema no son las circunstancias, sino quienes han gobernado hasta ahora; la solución no pasa por reparar instituciones, sino por sustituirlas en la práctica por una voluntad fuerte. Nada nuevo, créanme, bajo el sol.

El siglo XX llevó esa lógica a extremos devastadores. Las guerras, el desempleo masivo, la inflación, el miedo revolucionario o el resentimiento nacional crearon condiciones propicias para líderes que se presentaban no solo como gobernantes, sino como encarnaciones de la nación herida. Aquí conviene ser precisos: no todo liderazgo fuerte desemboca en tragedia ni todo dirigente carismático pertenece a la misma categoría histórica. Pero la experiencia del siglo pasado dejó una lección difícil de ignorar: cuanto más se idolatra a una persona, más se debilita la cultura institucional que limita el poder.

Trump pertenece a una democracia consolidada, con contrapesos robustos y una tradición constitucional muy distinta de aquellos escenarios. Precisamente por eso resulta tan revelador. Su ascenso demuestra que el deseo de un líder redentor no desaparece por vivir en sociedades prósperas o formalmente estables; de hecho, puede renacer dentro de ellas.

Estados Unidos acumulaba desde hace años tensiones profundas: desindustrialización de amplias regiones, desigualdad creciente, crisis de opioides, fractura cultural entre territorios, pérdida de confianza en medios y élites, guerras exteriores largas y costosas, y la percepción de que Washington funcionaba para otros. Sobre ese terreno, Trump ofreció algo más poderoso que un programa: una interpretación emocional del malestar.

No dijo simplemente «bajaré impuestos» o «cambiaré leyes migratorias». Dijo: Os han engañado, os han humillado, os han robado el país y yo vengo a devolvéroslo. Esa gramática política es antigua. Convierte frustraciones dispersas en un relato coherente y dota de identidad a quienes se sienten olvidados. Trump habló de forma clara para que le entendieran el tendero de Ohio y el ganadero de Texas, esos que no alcanzan a comprender, no sin razón, por qué el mundo ha cambiado de forma tan rápida y drástica. Y parte de esa reacción nace también del hartazgo ante ciertos excesos culturales convertidos en dogma.

Otro rasgo clásico del hombre providencial es su relación directa con el pueblo, o con una parte de él. Los intermediarios sobran, los expertos estorban, las instituciones frenan y la complejidad se interpreta como excusa. De ahí la potencia de los mensajes simples, los gestos teatrales y el lenguaje de confrontación. No se trata solo de comunicar ideas, sino de escenificar una batalla entre autenticidad y sistema.

Las nuevas tecnologías no han creado este fenómeno, pero lo han acelerado. Donde antes hacían falta mítines, periódicos afines o aparatos partidistas, hoy bastan plataformas digitales capaces de conectar de forma inmediata al líder con millones de seguidores. El vínculo emocional se intensifica, los filtros tradicionales se debilitan y, además, el algoritmo juega con una ventaja formidable: ofrece a cada consumidor aquello que desea escuchar.

Los salvadores rara vez gobiernan un país real, sino una promesa. Y gobernar exige negociar, ceder, administrar límites, asumir contradicciones y aceptar controles. Exactamente aquello contra lo que construyeron su atractivo inicial. De ahí que muchas experiencias personalistas oscilen entre la decepción, el conflicto permanente o la erosión institucional.

No se trata, por tanto, de discutir solo sobre Trump. Se trata de comprender por qué en democracias maduras vuelve una y otra vez la esperanza en el hombre fuerte. Tal vez porque reparar instituciones es lento, complejo y poco épico. Confiarlo todo a una persona, en cambio, ofrece una satisfacción inmediata, algo muy de nuestros días. La historia invita a desconfiar de esa comodidad. Cada vez que una nación busca un salvador, revela antes que nada una profunda crisis de confianza en sí misma.

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