Unos cuantos borrones
«No se sabe cómo respiran los redactores de ‘El País’ aunque externamente son más sanchistas que el propio Sánchez»

Ilustración generada con IA.
Lo que fue cuando se creó, ahora es bastante menos. Lo que tuvo de progresista, el poder fue minando. Un gran proyecto, uno de los hitos de la Transición democrática, estudiado en universidades y centros académicos fuera y dentro de España, hoy soporta mal el paso del tiempo y arrastra la fatiga por la falta de independencia pese a los fastos con motivo de su medio siglo de existencia.
Érase que se era, cuando la dictadura daba sus últimos estertores, un variado grupo de políticos, intelectuales, profesores universitarios y editores de todo signo consideraron que era necesario crear un «diario independiente de la mañana» para posibilitar la democracia. Una especie de Le Monde en español. La propiedad estaba muy repartida e incluso el socio mayoritario procedía de la derecha reformista.
Era el boom de los medios de comunicación. La muerte del dictador estaba a la vuelta de la esquina. Los dueños barajaron el nombramiento de un director y, tras cuatro o cinco candidatos, se eligió a un periodista treintañero, ambicioso y brillante, que, pese a su juventud, ya tenía dilatada experiencia en prensa y televisión.
Era él y sólo él. El gran fichaje, el que iba a ser el Zinedine de los medios, quien con arrojo aceptó esa responsabilidad y llevó al periódico a la cima en poco tiempo en España desde su salida el 4 de mayo de 1976 y más tarde logró prestigio internacional, especialmente tras su defensa de la Constitución en un editorial ampliamente difundido pocas horas después de la intentona golpista del 23 de febrero de 1981. Allí, él y la joven Redacción se la jugaron, puesto que no estaba claro que la rebelión no fuera a vencer y que el rey Juan Carlos tardara hasta medianoche en condenar la asonada.
Sus artículos dominicales eran ampliamente comentados y los demócratas comulgaban con ellos, por lo general muy atinados. El diario se llenaba de firmas ilustres de intelectuales, catedráticos, escritores y artistas partidarios de pasar página cuanto antes. Era sencillo entonces ser duro y exigente con quien gobernaba, un exfalangista pragmático elegido por el Rey. El cenit se alcanzó con la victoria de los socialistas, en octubre de 1982. Al frente de ellos figuraba otro joven moderadamente de izquierdas, cuyo objetivo era modernizar la nación y llevarla cuanto antes a integrarse en Europa.
El director tuvo dos momentos serios salvados con honor. El escándalo de una banca catalana, cuya cabeza fue acusada de desvío ilícito de fondos y que luego se convertiría en líder del nacionalismo catalán. Nunca le perdonó la postura crítica del diario. Y el otro, el referéndum sobre la permanencia en la OTAN, que abrió una crisis interna en la empresa cerrada al poco de la victoria de los partidarios de seguir en ella. Eso causó heridas.
La llegada del llamado felipismo en 1982 aupó, por si no lo estaba ya, al diario al culmen. Todo aquel que quisiera estar enterado debía leer el rotativo: ministros, políticos, empresarios, universitarios y profesionales, relegando al resto de medios.
Comenzó entonces la crisis de éxito y la consolidación del nuevo propietario, hábil empresario que antes se había enriquecido con los libros de texto en España y Latinoamérica. De repente, todo se infectó de prepotencia y arrogancia, lo cual contagió a no pocos de sus empleados. No queda clara la razón por la que estos secundaron la arrogancia cuando, salvo excepciones, se dedicaban a contraprogramar toda noticia de la competencia opuesta al socialismo y al aburguesamiento periodístico con buenos sueldos.
El prestigio vino entonces de su información internacional antes que la nacional. Era el escaparate, las primeras ocho o nueve páginas diarias. Sus corresponsales y enviados especiales eran testigos orgullosos del prestigio que comenzaba a gozar el medio en el extranjero y especialmente en Latinoamérica.
El empresario apostó fuerte por un canal de televisión de pago, pese a que la ley aprobada por el Gobierno lo prohibía. Fue célebre su frase: «No hay cojones para impedir que yo no tenga un canal de pago». Y a fe que no los hubo, pues el poder no se atrevió a oponerse. Otra de sus perlas era que el diario no era del partido de Gobierno, sino al revés: «No necesito ser afiliado para lograr lo que quiero». Los detractores comenzaron a decir de modo malévolo que el diario era «independiente solo por la mañana».
El brillante director fue catapultado al cargo de consejero delegado, el número dos de la gran compañía, que había adquirido la principal cadena de radio del país. Teóricamente, la empresa iniciaba una aventura no exenta de riesgos. Pinchaba con estrépito con la salida de un semanario que pretendían fuera como The Economist o Der Spiegel. Entretanto, la derecha ganadora de las elecciones de 1996, dirigida por un político resentido, trató de encarcelar al consejero delegado y al máximo dueño por el asunto del descodificador de su tele y en definitiva acabar con el emporio para poner otro a su servicio.
Fueron años muy complicados. El nuevo consejero delegado, el primer director del periódico, mostraba señales de fatiga al poco de abandonar el puesto. Pero lejos de él estaba abandonar en espíritu la dirección del medio. Nombró periodistas competentes como sucesores, pero todos ellos convertidos en directores vicarios. Pocos osaban criticar la línea editorial a pesar de que todos ellos siempre han declarado abiertamente que jamás sufrieron presiones. Justo es decir que hubo scoops, exclusivas periodísticas, pero la línea era clara: cierre de filas.
El deterioro fue cada vez más evidente. Al director y fundador le miraban los redactores con desconfianza, porque, según decían, se olvidaba de las reivindicaciones. Un clima de temor se instaló en la redacción. Las órdenes no se cuestionaban, por injustas e incoherentes que fueran, pues los jefes y subjefes confesaban que venían de arriba. Y si se trataba de hacer acoso laboral y apartar a un colega por supuestamente cuestionar el prestigio de la empresa con un escrito, se hacía sin rechistar, con el silencio cómplice de los compañeros.
Luego llegaron los despidos. Más de un centenar y medio de trabajadores a la calle debido a la crisis económica que castigaba también a la prensa. Se pagaban muy caras las aventuras. El consejero delegado, gran periodista pero mediocre empresario, endeudaba a la compañía a causa de la venta ruinosa del canal de televisión. A él también se le despedía más tarde por un nuevo consejo de administración, liderado por un empresario franco-armenio que a fecha de hoy no se sabe muy bien cuáles son sus proyectos.
La traca vino con la patada del antepenúltimo director por escribir un duro editorial contra Pedro Sánchez, del que, entre otras cosas, afirmaba que «Sánchez ha resultado no ser un dirigente cabal, sino un insensato sin escrúpulos, que no duda en destruir el partido que con tanto desacierto ha dirigido». La entidad, por presiones de Sánchez, directamente fulminó al periodista y a toda su cúpula unos días después de la moción de censura contra el entonces primer ministro, Mariano Rajoy. La noticia fue recibida con jolgorio por la redacción y por algunos colegas de la cuerda sanchista.
Hoy en día no se sabe del todo cómo respiran internamente los redactores del diario, que continúa siendo el de mayor índice de audiencia, aunque externamente son más sanchistas que el propio Sánchez. Mejoran las órdenes del superior.
El actual director manifestó este fin de semana con ocasión de los actos del 50 aniversario que «son ustedes», refiriéndose a los lectores, «quienes mandan en el diario, no nosotros». Estupendo. Voy a pedirle si puedo colaborar en el medio y felicitarle por el aniversario. El primer director se ha hecho la autocrítica al confesar que ha cometido muchas equivocaciones y dicho muchas tonterías. Bienvenida su confesión.
