León XIV baja finalmente al barro
«En su política de hacer amigos, Trump ha perdido las simpatías vaticanas y de los obispos estadounidenses»

El papa León XIV.
Por fin ha bajado al barro y se ha enfrentado a Donald Trump. Es mesurado, prudente, reflexivo, a diferencia de su predecesor. Piensa dos veces y escucha al interlocutor antes de pronunciarse. Todas esas cosas se han escrito desde que el cardenal estadounidense Robert Prevost fue elegido, sorprendentemente, nuevo papa con el nombre de León XIV en mayo pasado. Se le ha criticado durante estos 12 meses por ser en exceso cauto, por no haber hecho todavía demasiados cambios en la Curia ni haber escrito aún una encíclica y, además, por volver al Palacio Apostólico como residencia, a diferencia de Francisco, que prefirió la modesta Santa Marta.
En medio año, este agustino, que en junio cumplirá 71 años, que goza de buena salud, deportista, teólogo, matemático, filósofo y misionero largo tiempo en Perú, ha resuelto abrir la boca ante las acciones militares y unilaterales de Estados Unidos en el mundo y, en particular, en Oriente Próximo. Al principio, sin mencionar el país donde nació y menos aún a su presidente. Pero últimamente ha entrado en el pugilato, aunque no lo desea ni es su misión como pastor de una institución eclesial, la católica, de la que forman parte 1.400 millones de personas.
El papa Prevost, un individuo de apariencia afable aunque sin la calidez que emanaba su antecesor —al que el sector más conservador católico tildaba poco menos que de comunista—, se ha transformado a la hora de denunciar los abusos del poder, la corrupción y la injusticia. En su primera gira africana, que está actualmente realizando, ha estado en Argelia, una nación con poca ascendencia católica, y prosigue en Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial.
Suelen ser muy jugosos los encuentros que un pontífice tiene en el avión papal durante sus misiones fuera del Vaticano. Fue sobre todo Juan Pablo II, hoy santo, quien revolucionó al siempre temeroso séquito con sus entrevistas en cabina. A partir de ahí, todos los sucesores continuaron la costumbre. Algunos, como Francisco, dieron lugar con sus palabras a interpretaciones controvertidas sobre la homosexualidad o la impartición de la comunión a divorciados.
Ahora Prevost, sin alzar mucho la voz, ha declarado esta semana cuando volaba a Argel con los enviados especiales que «no le temo a la Administración de Trump», porque su obligación es proclamar «el mensaje del Evangelio». «El mundo», ha afirmado, «necesita el mensaje de paz, justicia y tolerancia».
Todo ello venía al hilo de la última excentricidad de Trump de colocar en su red social Truth una fotografía suya elaborada con inteligencia artificial donde se ve al presidente con una túnica emulando a Jesucristo y curando a un enfermo, aderezado con la parafernalia patriótica de soldados, aviones, águilas, la Estatua de la Libertad y, naturalmente, la enseña de barras y estrellas. La Santa Sede protestó; la conferencia episcopal italiana y la estadounidense la tildaron de casi blasfema. Tanto es así que al poco el inquilino de la Casa Blanca optó por retirarla. Hasta la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, la más trumpista europea ahora que ha sido derrotado en las urnas el húngaro Viktor Orbán, calificó el gesto y las críticas al papa de intolerables.
Ya es conocido que entre sus virtudes no está la diplomacia. Esta vez Trump ha soltado una serie de improperios contra el jefe de la Iglesia católica: «No me gusta León. Es nefasto en política exterior. Está mal informado. ¿Sabe que en dos años han sido asesinados 45.000 iraníes?». A su juicio, Prevost es un «progresista» que de algún modo está defendiendo el desarrollo de la bomba nuclear por parte del sanguinario régimen de los ayatolás y poniéndose de perfil en la lucha contra el crimen y la inmigración ilegal en su país. «Lo eligieron papa gracias a que yo estoy de presidente de Estados Unidos para lidiar conmigo», ha comentado.
León XIV ha recurrido al eslogan de «no a la guerra» y «sí a la paz» en una especie de lección moral y censura a la política estadounidense en Oriente Próximo. También se posicionó contra la invasión rusa de Ucrania. El Vaticano expresó sus dudas sobre si fue legal la operación militar que EEUU realizó a principios de enero en Venezuela para capturar al presidente Nicolás Maduro, actualmente encarcelado en Nueva York a la espera de juicio por presuntos delitos de robo, droga, armas, torturas y terrorismo. El gesto vaticano molestó sobremanera a la Administración estadounidense, hasta el extremo de que el número dos del Pentágono convocó al nuncio apostólico para pedirle explicaciones. Las dos partes han querido rebajar el tono del encuentro, pero no informaron del contenido.
Igualmente, el embajador de EEUU ante la Santa Sede no asistió a la misa pascual hace dos semanas. En esa ocasión, la homilía papal fue bastante dura: «Basta de idolatría del yo y del dinero. Basta de demostraciones de fuerza. Basta de guerras». Esas palabras fueron rápidamente contestadas por Washington con un tono más bronco. Trump le recordó a Prevost que ha sido elegido por segunda vez por una mayoría «abrumadora» (75 millones): «No quiero que un papa critique a un presidente de Estados Unidos. Estoy haciendo exactamente para la función que me eligieron: reducir la delincuencia a niveles históricos y crear el mejor mercado de la historia». No se anda con remilgos el inquilino de la Casa Blanca en el autobombo.
Trump no es católico. Su esposa, Melania, sí. Se definió en 2020 como un cristiano sin ninguna filiación. En cambio, el vicepresidente JD Vance sí lo es, pero de fecha reciente. Fue el último en ser recibido en audiencia por el fallecido Francisco y de los primeros en reunirse con el actual Papa. Vance ha declarado que Prevost es mejor que se centre en los asuntos morales y la defensa de la fe —«la fe es una caminata con piedras, charcos y abrazos inesperados», según León XIV— y deje la política para los políticos.
Cabe preguntarse hasta dónde es legítimo que un jefe religioso se interfiera en la política y cuáles son las líneas rojas que no debe traspasar. En España, país al que el Papa realizará en junio una visita oficial, la postura de la Conferencia Episcopal —algunos sostienen que está en manos del sector más ultraconservador— pidiendo la disolución de las Cámaras y la convocatoria de elecciones fue respondida duramente por el actual Gobierno.
Prevost parece reacio a entrar al trapo del inquilino de la Casa Blanca. Es como si no quisiera repetir los errores de su antecesor, Francisco. «No tengo intención de entrar en debate con [Trump]. El mensaje siempre es el mismo: promover la paz. Y lo digo para todos los líderes mundiales, no solo para él».
De momento, en su política de hacer amigos, Trump ha perdido las simpatías vaticanas y de los obispos estadounidenses, que se han decantado por el pontífice. Y es poco probable que León XIV viaje a Estados Unidos, como era el deseo del presidente, con motivo del 250.º aniversario de la independencia del país.
America is beautiful, debe pensar Robert Prevost, pero con Trump liderándola, un poco menos.
