The Objective
Daños colaterales

El extraño retorno de Iván Redondo: el gurú de Sánchez que ganaba más que Rajoy en el PP

El rasputín que planeó la moción de censura en 2018 se aferra ahora al comodín de la «plurinacionalidad» para perdurar

El extraño retorno de Iván Redondo: el gurú de Sánchez que ganaba más que Rajoy en el PP

Ilustración generada por la IA.

Iván Redondo, el que fuera gurú de Pedro Sánchez en La Moncloa, está de vuelta después de seis años desaparecido, según él por causas mayores de salud. Esa es su versión, aunque nunca ha explicado cuál fue la verdadera razón de su salida del Gobierno. El rasputín de Sánchez durante otros seis años anticipa otra de sus piruetas políticas —con manual incluido— mientras promociona su libro: en la campaña de las próximas elecciones generales va a primar el concepto de «plurinacionalidad» como arma electoral para salvar al sanchismo de una debacle.

No es la primera vez que Redondo ejecuta un triple salto mortal e intenta convencernos de cómo resolver la cuadratura del círculo. Profesionalmente, será recordado como el tránsfugo más ilustre de la democracia. Antes de ser abducido por Sánchez, trabajó con un contrato fijo para el Partido Popular en su sede de Génova durante los años 2008 y 2009 para que Mariano Rajoy recuperara la Moncloa, en manos de José Luis Rodríguez Zapatero. Se daba la circunstancia de que el consultor político cobraba todos los meses con dinero controlado por el tesorero Luis Bárcenas cuando los populares manejaban una caja B, según las sentencias judiciales.

El asesor político, que entonces contaba con 27 años, figuraba en 2009 en la nómina del staff de la cúpula de Génova con unos ingresos de 207.088 euros, un salario por encima del presidente de los populares, que percibía 196.490,88 euros. Casi duplicaba lo que más tarde le pagó Sánchez en La Moncloa como director de Gabinete de la Presidencia: 126.124 euros.

Redondo llegó a Génova como «la gran esperanza blanca» después de que el candidato Rajoy perdiera frente a Zapatero las elecciones del 9 de marzo de 2008 por un millón de votos y 15 diputados. Paradójicamente, el asesor de los populares no logró la ascensión de Rajoy al cielo monclovita, sino sumergirlo diez años después en el noveno círculo más profundo del infierno de Dante, cuando pergeñó con Sánchez la moción de censura contra quien había sido su jefe en Génova.

Pero antes de llegar a ese «triple salto mortal» del rasputín sanchista, habría que destacar otras tres elecciones como consultor político de un Partido Popular que apostó por sus conocimientos: las municipales a la alcaldía de Badalona de Xavier García Albiol, en 2007, que perdió pero se posicionó para las siguientes; las autonómicas vascas de marzo de 2009, con Antonio Basagoiti como candidato, que propiciaron la presidencia del Gobierno vasco a favor del socialista Patxi López con los votos del PP; y las europeas de junio de aquel mismo año.

En las municipales de Badalona, el spin doctor colocó a Albiol en el mapa político del país con un mensaje agresivo sobre la inmigración por medio de un vídeo polémico y populista, y en las antípodas de lo que defendería después con Sánchez. Redondo hacía gala de lo que escribía en los artículos de su columna periodística The War Room, como el de agosto de 2017, titulado ¿Quién se ha llevado mi queso?: «La sabiduría política de estos roedores sigue intacta. Si es que las cosas solo pueden mejorar cuando uno deja de hacer lo que no sirve. ¿Verdad?».

Pero Iván, más terrible que nunca, demostró sus méritos a los populares en las extremeñas de mayo de 2011, que auparon a la presidencia de la Junta a José Antonio Monago. Su premio: la dirección de Gabinete del Gobierno extremeño, con rango de consejero y un salario de 70.000 euros. En ese cargo permaneció hasta las siguientes autonómicas de 2015, que supusieron una derrota para el PP.

El salvador de Sánchez

Redondo regresó a Madrid y un año después se cruzó en su camino Pedro Sánchez, un joven político que había sido concejal en Madrid y diputado suplente en dos ocasiones. El experto en asesoría política valoró sus mimbres y se lanzó a la aventura sanchista. Sánchez y Redondo se conocieron en una tertulia de televisión y pronto empatizaron. El espíritu cautivador de Iván no falló. Con su discurso de spin doctor del Ala Oeste de la Casa Blanca consiguió que Sánchez cayera en sus brazos y convertirse, más tarde, en el jefe del cuarto de fontaneros de la Moncloa.

Redondo comenzó a trabajar para el actual presidente del Gobierno en el primer trimestre de 2017 antes de afrontar las primarias en el PSOE que, finalmente, Sánchez ganó a Susana Díaz a pucherazo limpio. En aquella victoria se notó la mano del consultor político, como cuando había llevado al dirigente popular Monago a la Presidencia de la Junta de Extremadura o promocionado a Albiol a la Alcaldía de Badalona.

Tras convertirse Sánchez en el máximo mandatario socialista, Redondo se convirtió en la sede de Ferraz en un estrecho colaborador del secretario de Organización, José Luis Ábalos. Su consultora política, que compartía con su esposa, Redondo & Asociados Public Affairs Firm, suscribió un contrato con el PSOE.

A partir de ese momento, el spin doctor alcanzó la categoría de asesor áulico del secretario general del PSOE, que había perdido sus dos primeras elecciones contra Rajoy —las de 2015 y 2016— con 90 y 85 diputados, respectivamente, y con Podemos pisándole los talones a solo 400.000 papeletas. Redondo y su jefe idearon una fórmula que nunca había funcionado en la historia del parlamentarismo español para conquistar la Moncloa: la moción de censura.

La moción de censura contra Rajoy

Como Sánchez reconoce en la página 20 de su libro Manual de Resistencia, se reunió con sus hombres y mujeres de confianza para asestar el puntillazo definitivo a Rajoy tras no haberlo conseguido en las urnas. Ya conocíamos los métodos del sanchismo dentro del PSOE, pero el secretario general de los socialistas cerró en secreto un acuerdo con comunistas, populistas, independentistas y filoetarras para torcer el sentido del voto de la voluntad popular. Lo que ya se conoce en la jerga política como el «modelo Frankenstein», es decir, una fórmula de coalición contra natura.

Así lo cuenta Sánchez en su libro: «Lo primero que hago es llamar a Margarita Robles. No solo es la portavoz del grupo parlamentario socialista, sino que además es jueza y yo quiero, antes de tomar ninguna decisión política, tener un análisis jurídico riguroso, extremadamente fino y preciso, de la sentencia. A aquella reunión asisten también Adriana Lastra, José Luis Ábalos, Carmen Calvo, Iván Redondo, Maritcha Ruiz, Juanma Serrano… Llamo a mi equipo más cercano, además de a compañeros de la ejecutiva, como Santos Cerdán, Paco Salazar, Patxi López y Alfonso Gómez de Celis».

Aquella reunión parecía más una sala de vistas de la Audiencia Nacional que un cónclave del PSOE.

¿Y cuál era ese atajo legal para que tan importante fuera la presencia de Robles? Un simple párrafo de la sentencia del proceso judicial Gürtel, que relacionaba al PP con la trama de Correa y que servía para enarbolar la bandera de la corrupción contra los populares. Sánchez calificaba a Rajoy y a su partido como una historia «de novela negra». Posiblemente la frase incluso podría proceder del asesoramiento de Redondo, que le presentó la opción de la moción de censura en bandeja de plata. Una solución redonda para entrar en la Moncloa por la puerta de atrás, no por las urnas. Tenía experiencia porque él ya le había ganado una al socialista Fernández Vara en Extremadura.

El rasputín del sanchismo tenía una bala de plata en la recámara: contaba para entronizar a Sánchez con la anuencia de Pablo Iglesias y de todos los partidos de la izquierda radical, incluidos independentistas y bilduetarras. Esa era la única combinación aritmética para que fraguara la moción de censura y que iba a propiciar la sentencia de la Gürtel, cuyo ponente era el magistrado José Ricardo de Prada.

Cuando la Audiencia Nacional dio a conocer el resultado, el 24 de mayo de 2018, para entonces el asesor de Sánchez ya había hecho los deberes y había negociado con todos los partidos de izquierdas. El equipo de Sánchez se agarró como a un clavo ardiendo al párrafo redactado por el tribunal que responsabilizaba al PP de «una estructura financiera y contable paralela a la oficial» existente «desde al menos el año 1989» y que servía para «entregar cantidades a personas miembros relevantes del partido». Esa última parte de su contenido Redondo prefirió no leerla.

Al consultor no le dio ninguna aprensión que uno de los protagonistas de la GürtelBárcenas— hubiera sido su pagador. Redondo trabajaba para Génova cuando Garzón ya investigaba en secreto la corrupción del PP, donde cobraba una nómina VIP. Además, el exjefe de fontaneros de la Moncloa sanchista seguía cobrando sus emolumentos en Génova cuando el juez de la Audiencia Nacional ordenó la gran redada contra Francisco Correa y su equipo en febrero de 2009.

Un año antes, el consultor político ya había adelantado la moción cuando escribió el artículo ¿Quién se ha llevado mi queso?. En agosto de 2017 afirmaba: «La corrupción sigue siendo un arma cargada de futuro contra los populares. A la espera de un otoño tan caliente como el de su declaración en los tribunales como testigo y de esa bola con efecto que viene desde Catalunya».

Un futuro plagado de corrupción peor que la Gürtel

El hombre de Sánchez, que define la política como «el arte de lo invisible», visibilizaba, en cambio, sus planes ocultos en las páginas del diario económico Expansión. Aseguraba: «Se puede ser presidente bien a través de una moción de censura (si se sucedieran más escándalos en el seno del PP y se conforma esa mayoría alternativa) o tras el resultado de unas elecciones anticipadas».

Pero esa premonición se le viene ahora en su contra frente al panorama que se le presenta a su mentor, Pedro Sánchez, envuelto hasta las trancas en casos de corrupción en su familia, su Gobierno y su partido. Ya le resulta hasta imposible encontrar una espita por donde desviar la atención.

Todos aquellos nombres que el presidente mencionaba en su libro como colaboradores necesarios en la moción de censura ya están fuera de la órbita de Sánchez o sometidos a procesos judiciales. Adriana Lastra, defenestrada por el sanchismo; José Luis Ábalos, en la cárcel pendiente de sentencia; Carmen Calvo, apartada en el Consejo de Estado; Iván Redondo, a la espera de ser recuperado; Maritcha Ruiz Mateos, que conocía a Sánchez desde sus inicios en las Juventudes Socialistas del distrito de Tetuán, apartada del partido pero recompensada como presidenta del Hipódromo de Madrid; Juanma Serrano, amigo de Sánchez, ex jefe de Gabinete en Moncloa y presidente de Correos hasta 2023, desaparecido; Santos Cerdán, pendiente de entrar en la cárcel; y Francisco Salazar, exiliado en el extranjero.

Dos de los asistentes al encuentro son los únicos que siguen con Sánchez en el Congreso: Alfonso Gómez de Celis, vicepresidente primero y exdelegado del Gobierno en Andalucía, y un desconocido Patxi López, convertido en un hooligan del sanchismo después de apoyar a la andaluza Susana Díaz en las primeras elecciones a la Secretaría General del PSOE.

Gran parte de los integrantes de la lista está marcada por la sombra de la corrupción o por formar parte de la «brunete socialista» para taparla. Otros tres de ellos, además, votaron a favor de la ayuda a Plus Ultra en el Consejo de Ministros del 9 de marzo de 2021: Robles, Ábalos y Carmen Calvo.

Tras la llegada de Sánchez a la Presidencia del Gobierno, Redondo se convertía en el capataz de las estrategias monclovitas. Fue nombrado director de Gabinete, ocupando el mismo despacho desde donde Alfonso Guerra había ejercido el cargo de vicepresidente. Su nómina era muy inferior a los ingresos obtenidos en Génova 13, pero superaba los 120.000 euros anuales, entre salario y complementos. Por ello era considerado el número dos del exclusivo complejo presidencial, habitado por 2.000 funcionarios en una extensión de 20 hectáreas.

Redondo, ya aupado a jefe de los sherpas de la Presidencia, que se definía como «un humilde asesor sin ideología política», entre otros cometidos se puso como objetivo acabar con la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. Él fue quien, como denunció la propia dirigente popular, propaló el bulo de IDA (Isabel Díaz Ayuso) contra ella, sirviéndose de las iniciales de su nombre para señalarla como «loca».

También utilizó la inmigración para denostar las políticas del PP que calificaban desde el Gobierno como xenófobas. El spin doctor ocultaba cuáles habían sido sus consejos a Albiol, que también había sido acusado por los socialistas de racista. Esa era su ideología política.

Bastaba con haber leído uno de sus artículos publicado el 4 de mayo de 2018 para enterarse de sus intenciones: «La verdad ha perdido muchas elecciones en el mundo. Ha sido en innumerables ocasiones la gran derrotada. Repasen y hagan memoria ustedes mismos. La ‘preverdad’ estaba mal acostumbrada a ganar y no siempre hacía aflorar la verdad».

El más poderoso junto a Sánchez

Con esas pretensiones Redondo llegó a convertirse, aunque él lo niega, en la persona con más poder de España tras Sánchez. Ni el Rey, ni los mandamases del IBEX 35, ni los señores de la banca, ni la jefa del CNI, ni el presidente de la Conferencia Episcopal, ni la vicepresidenta del Gobierno, ni el secretario de Organización, Ábalos, concentraban tanto poder como él. Era el responsable de engrasar desde su atalaya monclovita las cañerías del cuarto de fontaneros. Llegó a contar con cerca de 70 altos cargos entre secretarios de Estado, subsecretarios, directores y subdirectores generales, todos ellos a su servicio.

¿Cuáles eran sus méritos para alcanzar tanto poder? Recuperar para Sánchez la Secretaría General del PSOE, propiciar la moción de censura contra Rajoy, convencer a Pablo Iglesias para formar un Gobierno socialcomunista con su jefe, subir el cadáver de Franco a un helicóptero, fustigar a Ayuso con bulos y negociar el indulto a los golpistas catalanes.

El gurú del sanchismo ahora se esfuerza para que el cadáver de Pedro —Cid— Sánchez cabalgue atado con una estructura de madera a su caballo Babieca, como en la escena de Charlton Heston por las playas de Peñíscola (Castellón) en la película de Anthony Mann. Pero aquello era ficción, un filme escrito por guionistas de Hollywood. En cambio, ahora Sánchez se enfrenta a la verdad y a la realidad, rodeado de más de una docena de casos de corrupción y con todo su entorno a punto de que le aprieten las muñecas con unos grilletes. Para el sanchismo aún son pocos los casos de García Ortiz, Begoña, Koldo y Ábalos, SEPI, Zapatero, Delcygate, Hidrocarburos, financiación ilegal de Ferraz, las cloacas de la fontanera, ADIF, mascarillas, oro y petróleo de Venezuela, Air Europa, Plus Ultra, Adamuz, Cercanías…

Con ese panorama tan desolador, el gurú de Sánchez tendrá que esforzarse para llenar las urnas con papeletas del PSOE y propiciar otro gobierno Frankenstein con el lema de la «plurinacionalidad». Aunque ese barbarismo anglosajón de spin doctor podría traducirse como «un experto que se encarga de manipular y maquillar la realidad para orientar a la opinión pública a favor del cliente que lo contrata», con el sanchismo cada vez resulta más difícil engañar a la opinión pública. Eso sí, con permiso de Tezanos y del CIS. La atribución a Redondo de la condición de «manipulador de emociones» fue acuñada por el periodista Graciano Palomo, que escribió el primer libro sobre el personaje.

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