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Cultura

El realismo mágico de Ferrera incendia Las Ventas

El balear construyó una sentida faena, acompañando las embestidas del animal con entrega y armonía

El realismo mágico de Ferrera incendia Las Ventas

Antonio Ferrera en Las Ventas. | Diego Sánchez de

Hay toreros que existen dentro del sistema y matadores que existen a pesar de él. Antonio Ferrera pertenece a la segunda categoría. Jamás se ha sujetado a los cánones que dictan los despachos ni a las expectativas que fabrica la rutina del circuito. Hace años que camina sólo por los ruedos sin apoderado y sin estructura, defendiendo con capote y muleta una forma romántica y particular de entender la tauromaquia.

En este tiempo de madurez, el maestro nacido en Baleares pero crecido en Extremadura ha encontrado su refugio más fiel en las plazas de los pueblos y en los cosos mexicanos. Allí donde el aficionado busca emoción antes que corrección, sus locuras han sido entendidas como una forma de cordura. Otros, en cambio, se han negado con demasiada frecuencia la oportunidad de disfrutar de un torero de creatividad desbordante, que no encaja en ningún catálogo precisamente porque su obra no cabe en ningún marco.

La corrida de este sábado en Las Ventas correspondía a la divisa de Adolfo Martín, ganadería de toros con presencia, trapío y carácter, de animales que exigen y que no perdonan los titubeos. A Ferrera le tocó un primero complicado, con el que estuvo francamente solvente, así como el cuarto, que toreó con gusto, pero también se hizo cargo del sexto, tras el grave percance que sufrió Paco Ureña, que hubo de retirarse a la enfermería tras una terrorífica cornada en la pierna.

Ferrera, lidiador forjado en mil batallas, asumió ese último toro de la tarde con la naturalidad de quien lleva toda la vida resolviendo lo que otros no pueden o no quieren afrontar. Pero antes, el cuarto, de nombre ‘Mentiroso’, fue el escenario de la gran faena de la tarde. Toro de buenas hechuras, cuajado y con buen perfil, que enseñaba las palas y dejaba ver desde el principio su condición. Ferrera lo recibió con lances pausados en los que el animal humillaba, especialmente por el pitón izquierdo, y lo entregó al tercio de varas con la autoridad de quien ya sabe lo que tiene entre manos. En banderillas, Ángel Otero puso a la plaza en pie con un segundo par que arrancó una ovación cerrada. Todo estaba listo para la muleta. Y con la muleta llegó el Ferrera que Las Ventas llevaba tiempo sin ver. Se fue pronto a la mano izquierda, sin ayuda, sin trampa, y firmó destacadas tandas al natural que hicieron brotar los aplausos del público madrileño. Luego, sobre la diestra, tiró la ayuda y aprovechó los vuelos de la muleta para enganchar al animal con suavidad, llevándolo largo y profundo en una serie que terminó de elevar el tono. Entró a matar desde largo, midiendo la distancia a decenas de metros, citando al toro a mitad de camino, y dejó una gran estocada que bastó para conquistar la primera oreja de la tarde.

El sexto, ‘Monedero’, salió con brio a la arena. Después de un variado recibo capotero, el matador se subió al caballo de picar y se encargó de la suerte de varas, ejecutada entre la pasion del respetable. Tras cierta confusión y bronca en torno al cambio de tercio. Ferrera construyó una sentida faena, acompañando las embestidas del animal con entrega y armonía, ligando las series desde una distancia estrecha y culminando la actuación nuevamente con una estocada desprendida que ejecutó, eso sí, con gran exposición, de nuevo citando al burel desde una muy larga distancia. Los pañuelos volvieron a poblar los tendidos y la Puerta Grande se abrió.

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