Morante vuelve a lo grande en Jerez y firma una inverosímil faena en homenaje a Rafael de Paula
Ha vuelto como se fue: reafirmándose como el más grande

Morante de la Puebla. | Joaquín Corchero (Europa Press)
José Antonio Morante Camacho, el genial torero de La Puebla del Río, sufrió hace escasas semanas una escalofriante cornada en la plaza de toros de Sevilla. Un toro de Matilla le provocó un auténtico destrozo en el recto, pero los meses de baja que anticiparon los galenos se toparon con el empeño del cigarrero de volver a vestirse de luces en Jerez, donde no solamente firmó una doble comparecencia sino que, además, promovió un precioso monumento de homenaje al recientemente fallecido Rafael de Paula, quien fuera su amigo y apoderado.
Tras vestirse de luces el 15 de mayo y recuperar vibraciones mientras presenciaba el arrollador triunfo de un Andrés Roca Rey que cortó cuatro orejas, la prueba de fuego para Morante llegaba un día después, de la mano de una de sus ganaderías fetiche, la de Álvaro Núñez, cuya relación de confianza con el torero describo en profundidad en mi libro Morante, del calvario a la gloria (Jarana, 2026).
Saltó al ruedo en cuarto lugar «Cambembo», herrado con el número 66 y que marcó en la báscula un peso de 520 kilos. La res, castaña bocidorada, se movió suelta por el albero jerezano, pese al empeño de Morante por ejecutar un recibo pegado a tablas. Las largas del matador se topaban con la inquietud de un animal que no se encelaba en la tela rosa.
«Vente pa’ ca», le gritaba Morante sin alejarse de las tablas, pero el burel seguía dando vueltas. «Llámalo, primo», le gritó a su mozo de espadas, pero en este nuevo encuentro tampoco hubo fijeza. «Cabrón, la madre que lo parió», se lamentó con gracia José Antonio, mientras su apoderado, Pedro Jorge Marques, hundía la cabeza entre los hombros, casi escondiéndose en el burladero, sufriendo ante el gesto de impotencia que se empezaba a dibujar en el rostro de su amigo.
Pero el genio no se vino abajo, ni siquiera cuando el público empezó a tocar palmas de desaprobación, que fueron a más conforme la res encadenó cuatro visitas a la jurisdicción de los picadores, donde su anárquica movilidad invitó a algunos a pedir la devolución del burel, abanto y desordenado hasta ese momento. Cuando Ángel Rivas logró al fin hundir las cuerdas sobre su lomo, el respetable ya había decidido que aquello no era procedente. Y fue entonces cuando su banderillero, Juan José Domínguez, recetó una espléndida lidia capotera que empezó a desvelar caracteres hasta entonces ocultos del animal.
Tomando nota de aquello, Morante se decidió a que su vigésimo séptima comparecencia en Jerez fuese el éxito que había soñado como homenaje a Paula. Volvió a pegar su cuerpo a las tablas y, sin soltar la madera, lo citó con ayudados que afianzaron al fin a «Cambembo». Se dobló con él para construir una serie de preciosos trincherazos y ni siquiera le importó ser golpeado por una banderilla en el rostro. La banda empezó a interpretar el pasodoble Concha Flamenca y aquello ya empezó a convertirse en un escándalo. Los ateos se convirtieron en una serie.
Molinete, pase de las flores, derechazos y piernas para perseguir a «Cambembo» cuando hizo el ademán de rajarse. «Hijo de puta…», rio Morante al ver cómo el animal rajaba en dos su muleta en un precioso pase de pecho. Al natural, todo fue cogiendo aún más vuelo, y la violencia del animal se fue templando ante la capacidad del maestro, que, citando con la mano baja y a pies juntos, la muleta por delante, se llevó al animal hasta su misma espalda y, sin rectificar la posición, cerró otra excelsa secuencia.
El animal escarbó y Morante reaccionó echándose a por él con un molinete y cuajando otra serie soñada al natural que puso en pie al respetable. Una trincherilla, un ayudado por alto, tres naturales en un palmo de terreno y, por si aquello no había sido suficiente, otro paso al frente para dibujar un kikirikí y marcharse a por la espada. Aquello forzó el silencio, pero José Antonio quiso paladear otra serie más y, con el traje empapado en sangre, terminó por entregarse en las últimas embestidas del animal. Lo pinchó en su primera intentona con la toledana, pero la segunda sí fue efectiva y el público le premió con dos orejas y una vuelta al ruedo en la que le tocaron las palmas por bulerías que Jerez reserva para lo mejor de lo mejor.
Pedro pudo alzar al fin la vista y, emocionado, confesó en los micrófonos de Canal Sur que el maestro también ha venido lidiando con una fractura de cóccix que hace aún más inverosímil la cumbre artística alcanzada por José Antonio. «Tiene una capacidad fuera de lo normal; yo, al fin y al cabo, soy quien lo representa, pero la verdad es que su tauromaquia me fascina, después de todos estos años, ver cómo se recupera de la cornada de Sevilla», declaró su apoderado a Noelia López. «La verdad es que el toro prestaba poco servicio… Era difícil confiar en él, pero le puse ilusión, aunque reconozco que no tenía la certeza de poder cuajarlo de esta forma tan intensa», confesó el propio maestro.
Ha vuelto como se fue: reafirmándose como el más grande.
