David de Miranda, de estar postrado en una silla de ruedas a conquistar el toreo en Sevilla
El torero corta tres orejas y disfruta de un toro de bandera en La Maestranza

El torero David de Miranda en la duodécima del abono taurino en Sevilla. | Joaquín Corchero (Europa Press)
David de Miranda tocó el cielo de Sevilla en una de esas tardes que marcan un antes y un después en la trayectoria de un torero. En los tendidos de la Real Maestranza, llenos a rebosar por séptima vez en lo que va de temporada, sonaban con insistencia las palmas por bulerías que anunciaban una importante afluencia de público onubense. Los desplazados no hicieron kilómetros en vano, puesto que, tres horas después del paseíllo, su ídolo salía a hombros por la Puerta del Príncipe.
El tercer toro de la ganadería de El Paralelo, de nombre Secretario, embistió con bravura en el caballo, derribando al equino y arrollando a los banderilleros que se asomaban a su paso. Apretó de nuevo en banderillas, sobrecogiendo al tendido. No se amilanó el torero de Trigueros, que salió a por todas, consciente de que trenes así no pasan dos veces. Quien no conozca su historia puede caer en el error de pensar que David de Miranda es uno de esos toreros jóvenes que están protagonizando un ilusionante relevo en el escalafón. La realidad es más compleja, puesto que su alternativa data de hace ya diez años y su periplo en los ruedos se vio severamente comprometido en 2018, a raíz de un durísimo percance que a punto estuvo de dejarle postrado para siempre en una silla de ruedas.
No se amilanó el aspirante, que completó una milagrosa recuperación y triunfó a lo grande en el San Isidro de 2019, pero la pandemia lo condenó al olvido y la afición pareció olvidar aquella actuación en Madrid. El caso es que David de Miranda no se rindió y, cuando al fin se le presentó la ocasión de torear en Sevilla, no la desaprovechó. Fue, en efecto, el gran triunfador de la pasada temporada y este 2026 tuvo el honor de anunciarse en la corrida del Domingo de Resurrección, acartelado con Morante de la Puebla y Andrés Roca Rey.
Apoderado por Enrique Ponce desde el pasado invierno, el onubense entendió a la perfección las cualidades de «Secretario» y no desaprovechó ni una embestida. El animal, que fue premiado con la vuelta al ruedo, mantuvo en todo momento el celo y no dejó de perseguir la muleta del diestro. De Miranda lo hizo todo bien: lució la larga embestida del astado en las primeras series, se acopló con el ritmo de sus embestidas para imprimir derechazos donde hubo mando y ligazón y desplegó una templada naturalidad en el toreo con la mano izquierda. El animal murió en los medios, tras una estocada inapelable. Se llegó a pedir el rabo.
Pero en Sevilla hacen falta tres trofeos para salir a hombros por la Puerta del Príncipe, de modo que la lidia del sexto fue seguida con pasión desde el tendido. Tras una maciza faena, se echó la muleta a la espalda y lo expuso todo con una serie de molinetes, enardeciendo al público. Hundió el acero y cortó la tercera oreja, celebrada con euforia por la plaza sevillana. El clamor con el que se vivieron sus dos faenas certifica la plena comunión entre torero y afición.
El cartel lo completaban dos magníficos toreros, como son el riojano Diego Urdiales y el extremeño Emilio de Justo, que fueron ovacionados en distintos pasajes de la tarde. La tarde, en cualquier caso, giró irremediablemente en torno a David de Miranda, puesto que la dimensión de lo logrado con su primer oponente provocó un verdadero éxtasis colectivo. Su triunfo no fue producto del tumulto ni las ventajas, sino que sirvió como perfecto refrendo para una tarde irreprochable en la que supo estar a la altura de un magnífico oponente, consagrándose gracias a la disposición, la capacidad y la rotundidad con que le supo dar muerte.
Lo suyo ya no es promesa ni irrupción, sino una realidad. De Miranda se ha ganado su sitio en las cumbres del escalafón y merece estar presente en las tardes grandes de las ferias.
