La única izquierda que triunfa en Madrid… es la de Talavante
El torero logra su séptima puerta grande en el arranque de San Isidro

Alejandro Talavante. | Juanjo Martín (EFE)
Hay tardes en que el ruedo de Las Ventas no es un coso, sino una partitura abierta donde sólo el más dotado puede escribir. Este viernes fue una de esas tardes, y Alejandro Talavante el único capaz de leerla en voz alta, con esa zurda prodigiosa que a cada pase convocaba al toro hacia su propio universo gravitacional.
El cuarto de la tarde atendía al nombre de Ganador, y tardó escasos metros en justificarlo. Un Núñez del Cuvillo que en la muleta se reveló extraordinario: tan pronto era un torrente de movilidad desbocada como un manantial de clase sedosa, según quién mandase en la dialéctica de cada instante. Y quien mandó, siempre, fue Talavante. Envolvente. Centrípeto. Capaz de atraer al animal hacia su propia circunscripción en cada embestida, de modo que el toro nunca escapaba, sino que regresaba, una y otra vez, al radio exacto que el extremeño había trazado.
Lo más revelador no fue la profundidad de ninguna tanda aislada, sino la arquitectura de conjunto. Talavante alternó pitones con una lógica casi concéntrica: en cada serie, el cambio de mano no era un simple recurso estético, sino una palanca que variaba el ritmo de las acometidas. Cuando el toro llegaba con exceso, la derecha lo templaba; cuando parecía guardar fuerzas, la izquierda lo encendía. Así, Ganador se plegó a la geometría del torero como si hubiera nacido para ese diálogo. El resultado tenía la unidad de un cuadro de Miquel Barceló: manchas distintas que, vistas en conjunto, conforman un solo movimiento orgánico, impresionista, sin costuras visibles.
Los derechazos cadenciosos abrieron el discurso con parsimonia, encadenados en ese ritmo propio del Talavante más genuino. Pero fue la zurda la que elevó la tarde a otra dimensión. Naturales de hondura mayúscula, fluidos, sin rastro de artificio, donde el vuelo de la tela anticipaba siempre la embestida siguiente como si el toro y el torero compartieran el mismo pensamiento. Los pases de pecho cerraban cada serie hacia arriba, y los tendidos respondían con ese bramido volcánico que Las Ventas sólo regala cuando reconoce algo verdadero.
No todo fue lineal. Hubo momentos en que el extremeño jugueteó con floreos —medias luquecinas, molinetes zurdos— que deleitaron al tendido sin menguar la profundidad esencial de lo que se estaba construyendo. Porque la faena siempre retornó a su eje: ese diálogo serio, de muñeca y temple, entre un hombre que domina su arte hasta la médula y un animal que se entregó sin reservas. Ganador seguía con la misma movilidad y la misma humillación en el último tercio que en el primero. No huido, no desgastado. Entero. Eso tiene un precio en el escalafón de lo notable, y la presidencia lo reconoció concediéndole la vuelta al ruedo en el arrastre, distinción que Madrid otorga con la misma tacañería con que prodiga sus oles más sinceros.
La estocada fue plena, de efecto algo demorado, pero exacta en su destino. Y diez minutos después, mientras la noche se desplegaba sobre la calle de Alcalá, la Puerta Grande se abría por séptima vez en la carrera de Talavante.
