The Objective
Marcos Ondarra

El emocionante acto de Vox en defensa de la libertad de expresión

«¿Qué mejor para defender la libertad de expresión que celebrar un acto con todos los que te dan la razón, la mayoría de ellos por la cuenta (corriente) que les trae?»

Opinión
El emocionante acto de Vox en defensa de la libertad de expresión

Jornadas por la libertad de expresión de Vox en el Congreso de los Diputados.

Pensaba que Vox no creía en la libertad de expresión. Andaba algo confundido, despistado, tras haber sufrido varias campañas de hostigamiento personal y desprestigio profesional promovidas por el partido que preside Santiago Abascal; tras haber sido insultado y vejado por cargos públicos (como Hermann Tertsch o Luis Gestoso) cuyas formas, por comparación, convierten a Óscar Puente en algo así como el Garcilaso de la Vega de la política. Andaba algo confundido, digo, tras ver a la heroica Ketty Garat, que aguantó durante años una campaña brutal por sus informaciones sobre José Luis Ábalos, quedarse horrorizada por los ataques de la «Stasi» de Vox —en palabras de uno de sus miembros— solo por informar sobre los trackings internos en los últimos días de campaña en Castilla y León.

Mi percepción estaba, quizá, algo viciada, al conocer de primera mano cómo amigos han sufrido la censura en La Gaceta, el medio del partido, por escribir columnas críticas con Estados Unidos e Israel. Acaso uno de esos amigos responde al nombre de Jasiel-Paris y ahora ha encontrado en THE OBJECTIVE un reducto de libertad, en donde se permite hasta escribir artículos con inteligencia artificial contra la cabecera. Estaba, insisto, mal influenciado por las personas que conozco que han sido expulsadas de Vox por disentir y perseguidas a posteriori.

Pero he de confesar que esta semana me he llevado una grata sorpresa. Este pasado lunes, Vox celebró en el Congreso de los Diputados unas espléndidas jornadas sobre libertad de expresión. El evento tenía como pretexto la expulsión de Vito Quiles y Bertrand Ndongo de la Cámara Baja, pero los expulsados, como era previsible, no pudieron entrar. Tampoco estuvieron los amigos de Herqles, pero las ausencias no aguaron la fiesta, no, pues el compromiso de Abascal y los suyos con la sacrosanta libertad de expresión quedó más que demostrado.

Quizá podrían haber llevado, qué se yo, a Álvaro Nieto, Jorge Calabrés o Juan Soto Ivars, u otros de los que han sido objetivo de las cloacas socialistas por sus exclusivas, pero prefirieron a periodistas ensobrados y activistas. Y es que, ¿qué mejor para defender la libertad de expresión que celebrar un acto con todos los que te dan la razón, la mayoría de ellos por la cuenta que les trae? Una idea así sólo se le pudo ocurrir al mejor (pagado) gurú de la política, y conviene poner el Acento en ello.

Llevó la batuta Manuel Mariscal, que vuelve a ser el responsable de redes sociales tras la imputación del anterior por agresión sexual, flanqueado por los periodistas de Bipartidismo Stream e Intereconomía. El auditorio se llenó de diputados y militantes del partido, y se quedó como un congreso de Vistalegre en la carrera de San Jerónimo.

Rodrigo Villar tuvo una intervención brillante sobre la censura en redes, y luego llegó el turno de Sr. Liberal, que ni es señor ni es liberal, contratado por Vox para amenazar a tuiteros anónimos con querellas y hasta con denuncias por delito de odio (ese delito que Vox quería suprimir del Código Penal), así como para enviar solicitudes de rectificación —todas denegadas por improcedentes— con la frecuencia con la que hace de vientre un macho de mirlo común. Habló el Sr. Liberal de la libertad en redes sociales, pero fue escueto, y se fue pronto a comprobar en X que nadie estaba criticando a Benjamin Netanyahu.

Tomó la palabra David Santos, el jardinero fiel (a Vox), que reivindicó «entrar» en TVE para convertirla en un órgano de «propaganda» de derechas, y terminó su discurso parafraseando a Pablo Iglesias: «Tic, tac». Esperanzador. Andaba también por ahí un viñetista muy atrabiliario en redes sociales, que evoca a cierto personaje de Austin Powers, y que admitió que «muchos de los que [participaban podían] tener cierta simpatía por Vox», pero recordó que el evento honraba a Abascal por llevar a Quiles, que se tomó una vez unas cervezas con unos chavales de Nuevas Generaciones del PP. Laus Deo y Viva Santi.

En la sala no había ninguno de los periodistas objetivo de las cloacas socialistas, precisamente por incomodar al poder, pero sí el hombre que masajeó a Javier Pérez Dolset hasta la eyección, que defendió que el poder «está amenazando la libertad de expresión más que nunca, y lo está haciendo más que nunca precisamente porque hay una parte de la profesión que lo secunda».

«Sabes qué puedes decir y qué no, qué te hace subir peldaños y qué no», dijo otro periodista ante la parroquia voxera, que lo pilló al vuelo. Y cerró el acto Santiago Abascal, que fue recibido con un aplauso norcoreano y gritos de «presidente». Entre aplausos y felaciones retóricas, la sala Ernest Lluch comenzó a evocar a las saunas Adán del suegro de Pedro Sánchez, y uno, volviendo a las alusiones cinéfilas, soñó con la irrupción del señor Lobo para decir aquello de «caballeros…». Ya saben.

La libertad de expresión se condensa en una frase atribuida falazmente a Voltaire: «No estoy de acuerdo con lo que dice, pero defenderé con mi vida su derecho a decirlo». Pero Vox, el partido de las purgas internas y del matonismo en redes, nos enseñó en una histórica jornada que la libertad de expresión radica en decir lo que ellos quieren que digas.

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