La colectivización de la culpa
«Si diluimos responsabilidades no podremos acometer la regeneración del periodismo que tanto urge tras el sanchismo»

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. | Ilustración de Alejandra Svriz.
La colectivización de la culpa, teorizada por el filósofo alemán Karl Jaspers, consiste, como podrá intuir el lector, en atribuir a un colectivo la responsabilidad moral de unos actos cometidos por individuos concretos. En Ética, es una falacia lógica que viola el principio de responsabilidad individual, y que vulnera los derechos de los inocentes, a quienes se les hace cargar con una culpa «por asociación». En la actualidad, es un fenómeno propio de la izquierda, colectivista, y no en vano se llama también socialización de la culpa.
Jaspers alumbró este concepto en el contexto posterior a la Segunda Guerra Mundial, en el que se hablaba de la «culpa alemana», y a mí me ha venido a la mente al escuchar a Lucía Méndez, ínclita periodista española, sostener este pasado miércoles, tras el registro (sí, registro) por parte de la UCO de la sede del PSOE, que «todos los periodistas hemos sido engañados por el PSOE descaradamente en torno a quién era Leire Díez», la fontanera que, supuestamente, habría maniobrado para desbaratar procedimientos judiciales que rodean a Pedro Sánchez.
No hay gente adulta que pudiera creer que Leire Díez preparaba un libro de investigación, o que actuaba a espaldas del PSOE tratando de matar civilmente a sus enemigos. Lo que hay es gente que no se atrevía a decir que el Rey estaba desnudo, quizá por proteger sus canonjías y sus mamandurrias, y que quieren ahora hacerse los sorprendidos con el hallazgo —«No se podía saber»—, cuando no arrogárselo.
No solo pienso, como aciertan muchos en señalar, en Antonio Maestre o Ana Pastor, de la sincronizada, sino en Julio Ariza, del Grupo Intereconomía, que decía el otro día que había que ser «profeta» para intuir lo que sucedió en torno al rescate de Plus Ultra, en defensa de su publirreportaje a la compañía en octubre de 2023, más de año y medio después de que Álvaro Nieto dejara constancia de todas las irregularidades en Conexión Caracas-Moncloa (Ediciones B). Otro día explicará a su audiencia, si tiene a bien, el motivo del masaje tailandés con final feliz a Javier Pérez Dolset, apuntando al PP, o si quizá solo se le fue la pinza (con el PSOE).
«Hay un empeño evidente, en esta etapa comatosa del sanchismo, en que cale que el personaje nos engañó a todos, y/o que sus corruptelas salen ahora a la luz ex nihilo, como si no se fundamentaran en lo que el Partido Socialista tildaba de ‘recortes de prensa’»
El caso es que hay un empeño evidente, en esta etapa comatosa del sanchismo, en que cale la idea de que el personaje nos engañó a todos, y/o que sus corruptelas salen ahora a la luz ex nihilo, como si no se fundamentaran en lo que el Partido Socialista tildaba de «recortes de prensa». Que esta idea calara sería una desconsideración hacia Antonio Caño, quien en 2016 dedicó un editorial a Pedro Sánchez, calificándolo como «insensato sin escrúpulos que no duda en destruir el partido», o hacia Ketty Garat, que clamó en el desierto señalando quién era José Luis Ábalos, el político favorito de la APP. Entre muchos otros.
Hay una colección de periodistas valientes, precisamente objetivo de esas cloacas, que no merecen que su valentía se difumine con la pestilencia de quienes le hicieron el trabajo sucio a golpe de manifiesto, ni con la cobardía de quienes pretenden ponerse ahora medallas. Estos últimos son bienvenidos a la fachosfera, alegre y simpática, pero siempre y cuando reconozcan a quienes fueron punta de lanza, y si no, habrán de ser devueltos al barco del que están saltando.
La colectivización de la culpa no es posible porque existe un manifiesto contra el golpismo judicial y mediático que se publicó mientras el PSOE montaba una mafia para acabar con jueces e investigadores. Ahí son culpables todos los que están, pero no están todos los que son. No está, por ejemplo, Pedro Vallín, el de los selfies con Leire Díez, y los chistes simpáticos sobre Txapote y las danas domésticas. Si diluimos las responsabilidades entre este y Jorge Calabrés, no podremos acometer la regeneración del periodismo que tanto urge tras el sanchismo.
Aquí algunos hemos señalado las corrupciones del PSOE desde el principio, e incluso hemos ido más allá, y hemos criticado a Partido Popular y Vox, e incluso a Alvise Pérez, cuando así lo han merecido. Se llama libertad, se llama Periodismo. A mí que me suelten el brazo.