The Objective
Jorge Mestre

Zapatero y el rey Juan Carlos

«La izquierda que convirtió al Emérito en una diana moral permanente descubre ahora el garantismo cuando el foco roza a uno de sus santos laicos»

Opinión
Zapatero y el rey Juan Carlos

Ilustración generada mediante IA.

Hay una extraña forma de aristocracia moral en la izquierda española. Una especie de bula plenaria que convierte algunos pecados en simples travesuras progres. Si el protagonista adecuado firma el desaguisado, entonces ya no hablamos de corrupción, enchufismo, tráfico de influencias o componendas; hablamos de «trayectoria», de «legado». La moral deja de ser un código para convertirse en tarifa plana ideológica.

Y ahí aparece José Luis Rodríguez Zapatero, elevado estos días por sus defensores a la categoría de patrimonio histórico nacional. Casi santo laico de la memoria democrática. Uno escucha a ciertos tertulianos y da la impresión de que, gracias a él, salió el sol, florecieron los almendros y los españoles aprendimos a respirar.

La escena resulta fascinante. Ahora que el nombre de Zapatero aparece bajo el foco de investigaciones, registros o sospechas, emerge inmediatamente una legión de comentaristas dispuestos a recordar que «también hizo cosas buenas». Que acabó con ETA. Que amplió derechos. Que impulsó avances sociales. Y así el debate deja de girar alrededor de los hechos para convertirse en una ceremonia de canonización laica. Porque en España hay personajes que nunca son juzgados del todo. Solo contextualizados.

Ahora que hemos sabido que en el despacho de Zapatero apareció una caja fuerte con más de un centenar de joyas, relojes y documentación sensible, da igual. Todo se vuelve explicable. Un pequeño bazar principesco escondido tras una pared blindada. Collares, brazaletes y relojes suficientes como para abastecer a media calle Serrano durante una Navidad de nuevos ricos. Y, sin embargo, lo verdaderamente llamativo no es la caja fuerte. Lo extraordinario es la reacción. El esfuerzo colectivo por amortiguar el golpe narrativo. Porque encontrar un arsenal de joyas oculto en el supuesto faro moral de la izquierda es como descubrir una colección de lingotes en el refectorio de un convento franciscano.

Herencias familiares. Regalos institucionales. Casualidades. Siempre aparece el contexto, esa palabra mágica que la izquierda española utiliza como un notario medieval repartiendo indulgencias. El sanchismo ha perfeccionado una tecnología política admirable: convertir cualquier escándalo propio en un seminario acelerado sobre relativismo ético. Si el caso afecta al adversario, entonces sí: corrupción estructural, degradación democrática y amenaza para el Estado de derecho. Si afecta a los suyos, toca abrir el paraguas académico y convocar un coloquio sobre memoria democrática.

«Zapatero, el predicador de la austeridad republicana, guardaba un pequeño Versalles portátil tras una puerta blindada»

Y ahí es donde emerge inevitablemente la figura de Juan Carlos I. Porque la ironía tiene a veces el sentido del humor de un tabernero castizo. Zapatero fue uno de los que exigieron al Emérito un «acto de contrición». Le reclamaba penitencia pública, explicaciones solemnes y purificación moral. Casi parecía el confesor oficial del Reino, un Savonarola con carné socialista señalando desde el púlpito los pecados ajenos mientras agitaba el dedo índice como una espada flamígera de ética institucional.

Resulta sorprendente comprobar cómo el supervisor moral de la Corona aparece ahora rodeado de joyas y sospechas. El predicador de la austeridad republicana guardando un pequeño Versalles portátil tras una puerta acorazada. España es un país donde muchos sermones terminan inevitablemente en marisquería.

Porque al Rey jamás se le concedió ese privilegio protector. Nunca hubo una gran operación nacional para recordar simultáneamente su legado histórico cada vez que surgía una polémica sobre sus finanzas. Fue apartado. Nadie abría las tertulias diciendo: «Bueno, sí, pero también desmontó el franquismo desde dentro, sostuvo la Transición y neutralizó el 23-F». No. Con él solo existió el paredón moral permanente. Una mezcla entre juicio popular y verbena inquisitorial donde cada tarde se clavaban nuevas banderillas mediáticas al viejo monarca mientras muchos de los que hoy descubren el garantismo disfrutaban entonces del linchamiento con entusiasmo adolescente.

Y eso que hablamos de un jefe del Estado que pilotó la mayor transformación política de nuestra historia reciente. El hombre que facilitó el tránsito de una dictadura a una democracia homologable a Europa y ayudó decisivamente a consolidar décadas de estabilidad constitucional. Pero el Rey no pertenecía al sacerdocio ideológico correcto.

Esa es la verdadera diferencia entre ambos personajes. No es jurídica. Ni siquiera política. Es cultural. En España existe una élite moral que decide quién merece redención eterna y quién debe ser condenado para siempre. Si eres de la estirpe del sanchismo, cada escándalo viene acompañado de violines, contextualización histórica y artículos sobre tus buenas intenciones. Si no, ni una regularización fiscal ni cuarenta años de servicio histórico bastan para escapar de la hoguera pública.

Don Juan Carlos desapareció de la vida pública y se exilió a Emiratos Árabes Unidos bajo un escrutinio mediático salvaje y permanente. Cada movimiento suyo fue analizado con la precisión de un forense y el entusiasmo de una turba romana. Zapatero, en cambio, continúa disfrutando de una indulgencia pública reservada a muy pocos. Algunos piden prudencia procesal después de haber practicado linchamientos preventivos durante años. Otros descubren de repente el garantismo porque el señalado pertenece a su parroquia ideológica.

Quizá porque en la España actual la absolución no depende de lo que hayas hecho, sino del relato desde el que te juzgan. Y porque aquí ya no existen pecados imperdonables: solo pecadores fuera del sanchismo.

Publicidad