Del «no a la guerra» al «todo por la pasta»
«El PSOE ya no parece un partido. Parece la orquesta del Titanic tocando ‘Imagine’ mientras el agua entra por cubierta»

Ilustración de Alejandra Svriz
Hubo un tiempo en que José Luis Rodríguez Zapatero parecía la reencarnación laica de un monje pacifista salido de un anuncio de yogures desnatados. La ceja, el talante, las palomas, el ‘no a la guerra’ coreado por una progresía envuelta en pañuelos palestinos comprados en El Corte Inglés y el aroma dulzón de aquella izquierda que aún fingía sentirse moralmente superior mientras miraba por encima del hombro a la España de la bandera en el balcón y la pulsera rojigualda.
Zapatero era entonces el hombre que venía a civilizar España. El apóstol de la sonrisa zen. El político que hablaba como si estuviera permanentemente a punto de pedirte disculpas por existir. La izquierda le convirtió en una especie de tótem emocional. El abuelo de la memoria histórica, el feminismo institucional, la alianza de civilizaciones y aquel pacifismo de pancarta que confundía geopolítica con tocar la guitarra en Lavapiés mientras sonaba Ismael Serrano de fondo.
Y ahora resulta que el mismo hombre que salió de Irak entre aplausos aparece señalado por una investigación judicial que habla de presuntos delitos de apropiación indebida, blanqueo, tráfico de influencias y organización criminal. El pacifista de León convertido, según el auto, en una suerte de intermediario internacional de pasillos oscuros, petróleo venezolano, favores empresariales y teléfonos que echan humo entre Caracas, Madrid y despachos donde el BOE parece funcionar como una tragaperras amañada.
La política española tiene estas cosas. Empiezas cantando «No a la guerra» con Willy Toledo y acabas defendiendo negocios alrededor del chavismo mientras algunos compañeros de viaje descubren que el antiimperialismo siempre fue más rentable cuando se cobraba en dólares.
Lo verdaderamente fascinante no es solo la imputación de Zapatero. Lo verdaderamente revelador fue contemplar este miércoles el hemiciclo convertido en un velatorio soviético con aire acondicionado. Pedro Sánchez defendiendo a Zapatero como quien protege el último jarrón intacto de un bazar saqueado. Feijóo leyendo casi como un notario funerario el catálogo de presuntos delitos. Y Rufián, quizá por primera vez en años, hablando como un tipo sinceramente desconcertado. «La izquierda somos otra cosa», dijo. Ahí estaba la frase. La frase que resume el derrumbe psicológico de una parte de la izquierda española.
Porque el gran negocio político del zapaterismo y luego del sanchismo no fue gobernar. Fue construir una superioridad moral de cartón piedra. La idea de que la corrupción llevaba siempre gomina, puro y corbata azul marino. Ellos eran distintos. Ellos venían a limpiar. A regenerar. A expulsar a los malvados neoliberales de los templos de la democracia. Y mientras pronunciaban discursos sobre memoria, feminismo, tolerancia y justicia social, detrás del escenario empezaba a crecer una romería de comisionistas, consejeros, sobrinos, fontaneros políticos y empresarios con más contactos en Caracas que en Cuenca.
El problema para Sánchez es que Zapatero no es un jarrón chino. Es el arquitecto espiritual del sanchismo. El hombre que bendijo los pactos con el separatismo, el blanqueamiento de Bildu, las negociaciones en Suiza y la idea de que España debía convertirse en una confederación sentimental administrada desde Waterloo y Moncloa como una franquicia compartida. Zapatero no era un jubilado dando conferencias sobre mediación internacional. Era el auténtico canciller en la sombra del régimen sanchista. El conseguidor elegante. El monje sonriente que iba de plató en plató repartiendo lecciones de democracia mientras, según las investigaciones, alrededor suyo flotaba un perfume cada vez menos parecido al incienso y más cercano al gasóleo venezolano.
«El PSOE que durante años repartía carnés de superioridad moral contempla ahora cómo el viejo ‘No a la guerra’ acaba oliendo a queroseno venezolano»
Y ahí aparece la gran metonimia de esta época miserable: las famosas cajas de comida del chavismo. El progresismo europeo hablando de dignidad humana mientras en Venezuela las cajas CLAP servían para comprar obediencia política entre hambre y corrupción. El humanitarismo convertido en un supermercado de favores. La revolución bolivariana reducida a una mezcla de petróleo, comisiones y cartón mojado. Del puño en alto al «todo por la pasta».
A Sánchez ya solo le queda una defensa posible: Irak. Cada vez que el PSOE entra en combustión, aparece Irak como el extintor emocional de la izquierda. Da igual que hablen de corrupción, de mordidas, de comisionistas o de petróleo venezolano. Ellos sacan Azores como un cura sacando el agua bendita. El problema es que han pasado veinte años y la coartada empieza a sonar como una cinta de casete olvidada en un Seat Toledo.
La sesión de control dejó una imagen devastadora: un presidente defendiendo a un expresidente imputado mientras media bancada socialista aplaudía con la misma alegría con la que antes aplaudieron a Ábalos o a Santos Cerdán. El PSOE ya no parece un partido. Parece la orquesta del Titanic tocando Imagine mientras el agua entra por cubierta.
Y quizá lo más trágico para la izquierda española sea precisamente eso: descubrir que aquel ‘no a la guerra’ que movilizó a millones de personas ha terminado convertido, 20 años después, en un gigantesco ‘sí a la pasta‘.