The Objective
Antonio Agredano

No sé usted, pero yo me doy al vino

«Estoy cansado de ser ciudadano. Estoy cansado de que las cosas no funcionen. De que me pongan etiquetas. De un sistema sórdido como un 'after' de polígono»

Opinión
No sé usted, pero yo me doy al vino

Ilustración generada mediante IA.

Llevo al día mis papeles. Mis cuentas. La ITV. Regularicé mi cuota de autónomo, como así me exigió el Gobierno. Participo en el regalo de la tutora de mis hijos. Soy un padre corresponsable. No me río, ni siquiera en privado, de los cuerpos no normativos. Saludo con cordialidad a mis vecinos. Doy conversación a una señora que vive sola, que me cuenta sus achaques, y acabo con un «está usted estupenda», que suele sacarle una sonrisa. El otro día no me cobraron la botella de vino en un almuerzo, y se lo advertí a la camarera. Uso, en la medida de lo posible, el lenguaje inclusivo en cuanto al género. Tengo tres cubos en casa para reciclar. Aún guardo mascarillas en el mueble de la entrada. Miro con reprobación a los amigos que hacen bromas machistas. No entro en sus cosas. No sigo sus rollos.

Estoy en paz conmigo mismo. Con el mundo. Borro las publicaciones de X antes de publicarlas. Ya hace tiempo que no me peleo en una discoteca. Nunca le digo a nadie «relájate» cuando me está argumentando. Ocupo exactamente el mismo asiento que marca mi billete de tren. No voy a donde no me invitan. Hago deporte. Como fruta. Apenas pido favores, pero los hago a poco que me los pidan. Y, sin embargo, qué sensación tan rara tengo dentro, como si quisiera quemarlo todo.

Este sistema cainita. Pueril. Y todos estos que llevan años trincando y paseándose por instituciones y asambleas dando lecciones, y mítines, y discursos de dignidad y trascendencia, y se traían las putas al hotel mientras no podíamos ver a nuestros padres. O guardaban joyas y expoliaban oro y saqueaban las arcas públicas mientras los demás recibimos mensajes severos de Hacienda. Y tenemos que entender sus webs caóticas y sus aplicaciones inútiles. Pero qué rápido va la vida para los rescates, para las concesiones, para el empleo público de señoritas, para los clientes de la empresa de tus hijas. Qué bien funciona este país cuando es para contentar a los de siempre. A los dignos. A los del púlpito.

Mientras los ciudadanos, como hormigas, ocupamos nuestros trabajos, apretamos nuestros cláxones, domiciliamos nuestras deudas, sobrevivimos a pandemias, crisis inmobiliarias, apagones, listas de espera, al colapso en la vivienda. Retrasos, ineficacia, cambios en los modelos educativos, falta de PTIS. La luz, el agua, la gasolina. El IVA. Gonzalo Miró. El Plan de Acción Democrática.

«Estoy cansado de las risas en los temas serios y de la seriedad en los temas que deberían darnos risa»

Y todos esos palmeros que han hecho del sectarismo su lenguaje. Que justifican en función de sus colores y guillotinan a los de enfrente a las primeras de cambio. Verdugos voluntarios de un sistema injusto, de una situación inexplicable, de una corrupción sistémica, voraz, que todo lo mancha, que todo lo ocupa, que exigirá una segunda transición. Algo más profundo, más serio, más colectivo, que unas simples elecciones generales. Estoy cansado de ser ciudadano. Estoy cansado de que las cosas no funcionen. De que me pongan etiquetas. Estoy cansado de no poder hablar ya de política, porque todo pertenece al mundo de la militancia. Hooligans de papeleta y emisora de radio. No recuerdo así a este país. Nunca antes. Cuando yo militaba, y creía, y defendía mis ideas, y las cosas avanzaban. Era diferente. O no. O es solo una terrible nostalgia. De un tiempo que jamás vivimos. Porque la política, porque la vida, porque el sistema, es sórdido como un after de polígono.

No sé usted, pero yo me doy al vino. Estoy harto de memes de Zapatero. Estoy cansado de las risas en los temas serios y de la seriedad en los temas que deberían darnos risa. No sé usted, pero han podido conmigo. He perdido la esperanza. Estoy cansado. Cansado de cumplir, de no alborotar, de ser disciplinado, atento, respetuoso. De hablar bajo en lugares públicos. De ser puntual. De intentar comprender a quien no hace ni siquiera el esfuerzo de comprenderme a mí.

No es un desahogo. Es una reivindicación de nuestra pequeñez. De nuestra docilidad. De nuestro hartazgo. Quiero que algo suceda. Que esto cambie. Quiero un gobierno aburrido. Quiero ministros funcionariales. Quiero que España funcione, si no puede ser con precisión suiza, al menos que sea con adultez y con respeto a quienes sustentamos el sistema. Los que sustentamos el sistema con nuestra fuerza minúscula y persistente. Los que pagamos este convite. Quiero lo mínimo que se puede exigir en democracia. Pero es que ahora no tenemos ni eso.

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