The Objective
Antonio Agredano

El cardado

«La de lecciones de acoso que hemos tenido que escuchar, para luego, a la primera oportunidad, volcar toda nuestra maldad en quien no piensa como nosotros»

Opinión
El cardado

Ilustración de Alejandra Svriz.

El cardado huele a Ducados y a cafetería de Galerías Preciados. En los centros comerciales de antes, cuando las señoras tocaban la tela de los vestidos de los percheros. Ellas no se dejaban engañar y sabían que el lujo era una cuestión de tacto. Fue antes de que los perros pudieran entrar y muchas mujeres de su edad fueran en leggings a tomar café. Fue antes del Temu y de Podemos y antes de que el pilates lo arrasase todo como el napalm en Vietnam. Los tiempos cambian y es difícil no quedarse enganchado al pasado, como las camisas al pomo de las puertas. Las tortitas con nata. Cafés sin sobres de azúcar de autoayuda. La clase media, extinta como los estegosaurios. Renault 19. El Córdoba en 2.ª B. 

Se han hecho muchas bromas de Violeta Martínez, directora gerente de la Gerencia Regional de Salud de Castilla y León, por su melena félida y lacada. Hasta el ministro Óscar Puente ha tenido tiempo, en su apretada agenda y mientras depura responsabilidades por la tragedia de Adamuz, para hacer algún chiste en X. El periodista Euprepio Padula tuvo a bien compartir un meme de la señora Martínez convertida en la Esfinge de Giza, para choteo de sus seguidores. Hace unos años defendía que hacer una lista de atletas atractivas era machismo. Y hace unos días, le dijo a Esther Palomera: «Querida Esther, como llevo diciendo mucho tiempo, os tenéis que plantar. Lleváis años sufriendo un acoso inaceptable». Entiendo que la ridiculización pública por el aspecto físico, si eres del PP, no es ya tanto acoso, sino humor.

Se habla mucho del pelo cardado, pero poco de las gafas de colores. De las chaquetas pequeñas. Del flequillo morado. De las camisetas-chiste. De las rastas. De los castellanos con pantalones cortos. Doy gracias a mi madre por prohibirme el arito en la ceja. Y, aun así, yo no tengo ningún problema. Ni con los memes ni con las pullas. Pero cuánto me irrita la incoherencia. Cuánto me irrita ese puño de hierro y esa mandíbula de cristal.

La de lecciones de acoso, de bullying, de salud mental, que hemos tenido que escuchar, para luego, a la primera oportunidad, volcar toda nuestra maldad en quien no piensa como nosotros. Si la del cardado fuera la madre de algún alcalde socialista, el Gobierno presentaría una ley a favor de la libertad de laca con un cantautor interpretando su canción Péinate contra la ira y en la siguiente alfombra roja algún actor llevaría un pin de laca Nelly en la solapa.

«Prefiero la nostalgia a esta modernidad sin principios, donde uno apela a los derechos cuando los derechos son los de tu tribu»

El cardado es una arquitectura antigua y excesiva, como un templo orillando en el Nilo. Cuando Vidal Sassoon dominaba la tierra. Desde Brigitte Bardot a Jackie Kennedy. Desde Miley Cyrus a The Ronettes. Abrigos de pieles. LM light. Zapatos con taconcito. Caramelos de violeta en el bolso. Baileys. Películas de Almodóvar en el cine. Tener un amante que fuera el dueño de un concesionario. Yo prefiero el exceso a las barbas recortadas. Yo prefiero la nostalgia a esta modernidad sin principios, donde uno apela a los derechos cuando los derechos son los de tu tribu. Y esa señora Martínez, a la que no conozco de nada, con su peinado panteril y antiozónico, a mis brazos. Y a Amaia Montero, con ese mono flúor y esa voz justa, a mis brazos también.

Para llevar un traje de raya diplomática vale cualquiera. Para ponerse una camiseta de Federico García Lorca debajo de una americana vale cualquiera. Para vestir en 2026 como una profesora de inglés del 2001, con Desigual y botas Camper, hay ya lista de espera. Pero para el exceso y la absurdidad, solo quedan en este país un puñado de elegidas. «Porque España no se acaba donde viene el mar, ¡qué va!, ¡hay barcas pa’ seguir!», que diría Paca Carmona.

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