Los graciosos
«Adelante Andalucía pertenece a la izquierda folclórica andaluza, mucha bandera, mucho mollete, pero los mismos prejuicios y el mismo desdén de siempre»

Ilustración de Alejandra Svriz
«Los grandes supermercados nos roban», se ve bien grande en la web de Adelante Andalucía. Y proponen la creación de supermercados públicos. La idea de una cajera-funcionaria es aterradora. Es solo una de sus propuestas electorales. El partido es casi intrascendente en Andalucía, con dos parlamentarios, con un 4,58% y 167.970 votos. Pero su campaña para el 17-M está siendo muy aplaudida en mi tierra. Aún no entiendo por qué.
José Ignacio García es su líder. Es de Jerez. Ejerce de andaluz comprometido y gracioso, que no siempre es sinónimo de andaluz con gracia. Aunque cada cual es libre de reírle los chistes a quien quiera. Es anticapitalista y del Sindicato Andaluz de Trabajadores, de donde Diego Cañamero, Juan Manuel Sánchez Gordillo y Andrés Bódalo. Referentes de los primeros Podemos, aunque luego los abandonaron, como hicieron con casi todo.
Su lema es «Vota lo que sientes». Primo del «La sonrisa de un país» de Podemos en 2016. Frente a la gestión, emoción. Y frente a las propuestas, alegría. O sentimentalismo, por ser más precisos. Criticaba García, en el debate de hace unos días, a Manuel Gavira, de Vox. Le acusaba de que su partido no tenía argumentos y que se escondía detrás de la bandera de España. Y esto lo decía él con un pin de la bandera de Andalucía en la solapa y el blanco y el verde en la muñeca.
Adelante Andalucía pertenece a la izquierda folclórica andaluza, una generación que romantiza el mollete con aceite que le daban en el colegio y los dibujitos que veían en Canal Sur. Un nacionalismo andaluz impostado, superficial, homogeneizante y que pretende que los cordobeses y los almerienses, por poner dos ejemplos íntimos, aceptemos un «ser andaluz» que, con la excepción de Federico García Lorca, se mueve dentro del eje gaditano-sevillano, prácticamente del Vizcaíno a Casa Manteca.
José Ignacio García, en una entrevista, celebra, y no le inquieta, que le llegan «mensajes de gente joven que duda entre votar Adelante Andalucía o a Vox». Y en una publicación dice que «ser andalucista es de sentido común». Aspira a ser un Gabriel Rufián del sur, con sus provocaciones, sus zascas y todo esto de la nueva política, que es como la vieja política, pero menos divertida.
«El salmorejo no tiene trascendencia política, pero en tiempos huecos, cualquier cosa da votos»
Yo me siento andaluz, más andaluz que un cipote dicho por mi madre en un piso de Parque Figueroa, pero el -ista siempre me resulta sospechoso. Mercantilizar electoralmente las raíces, los recuerdos, los bambitos de las abuelas y el brutalismo de nuestros barrios. El salmorejo no tiene trascendencia política, pero en tiempos huecos, cualquier cosa da votos. El populismo cuqui. El intervencionismo jubiloso.
He echado un vistazo a su programa y me ha sorprendido, por su imprecisión, el punto 1.8. Proponen «desterrar» la palabra «discapacidad» y sustituirla por el poco aconsejable, eufemístico y cursi «personas con capacidades diversas», como si la palabra «discapacidad», reivindicación histórica y precisa del asociacionismo, hubiera que esconderla debajo de su alfombra verde y blanca. Y no. La Convención de Naciones Unidas, que citan, se llama Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. La Constitución habla ya de personas con discapacidad. El movimiento asociativo mayoritario también lo defiende así. Las palabras importan, pero importa más que en este tema no haya paternalismos, sino que reconozcan los derechos y no aguarlos en una batallita terminológica. Decir «capacidades diversas», como proponen con mucho entusiasmo, puede sonar muy bonito en un programa electoral, muy inclusivo, muy de cartelito en el pasillo, pero difumina al sujeto político y jurídico de esos derechos. Todos tenemos capacidades diversas. No todos sufren las mismas barreras. No todos necesitan que se cumpla una ley de accesibilidad. No todos ven vulnerados sus derechos por una Administración que intenta compensarlo con eufemismos. Si en un tema tan sensible son tan superficiales, no quiero imaginar el resto.
Las encuestas dicen que Adelante Andalucía va a subir y lo hará, parece, a costa de Por Andalucía, el bloque de izquierda clásica encabezado por Antonio Maíllo. Maíllo es de Lucena, es profesor de latín y tiene un discurso vibrante, profundo, severo y reconocible. Él representa a la izquierda que ocupa el espacio que dejó el PSOE: una izquierda anclada en los barrios, en las asociaciones y en el sindicalismo. No necesita el populismo, no necesitan los chistes. Es la izquierda de los «pitufos gruñones», como la caricaturizó Pablo Iglesias. Los mismos que le han sobrevivido.
Necesito, clamo casi, una política menos divertida y más apegada a la tierra. Una política de ideas, de promesas realizables, que nos trate con adultez y con respeto. Menos banderas, menos juegos de palabras y más precisión. Por supuesto, Por Andalucía habla de «personas con discapacidad» en su programa. Porque sabe de lo que habla.
José Ignacio García ha dicho que su partido apoyaría un gobierno del PSOE en Andalucía si los números le dieran. La portavoz del PSOE, Montse Mínguez, escribió hace dos días una entrada con la siguiente frase: «Yo estoy convencida de que Andalucía se levantará del sofá». Mucho andalucismo, mucha bandera, mucho mollete, pero los mismos prejuicios, la misma condescendencia y el mismo desdén de siempre.