The Objective
Antonio Agredano

La Copa del Mundo

«Hoy empieza y a Dios doy gracias por esta anestesia del alma. Olvidarme, por unos días, de este país colapsado. El gol. La unidad de medida de la felicidad»

Opinión
La Copa del Mundo

Ilustración generada mediante IA.

Nos quedamos ahí. En un fallo a puerta vacía. En la sangre cascabeleando sobre la camiseta blanca. Nos quedamos ahí. En un árbitro vendido. En una goleada que araña nuestro cráneo queriendo escapar de la memoria. Nos quedamos ahí. En aquel pálido gol que gritamos como solo se grita el dolor. Qué cerca están las emociones unas de otras, en este pecho patera donde duermen hacinadas alegrías con decepciones, despedidas con sueños nuevos.

Doce mundiales cumplo hoy. La primera herida se llamaba Stojković. La segunda, Baggio. Luego llegó Nigeria y la estatua derruida de Zubizarreta sobre el área pequeña. Corea, Zidane, Chile, Akinféev, Marruecos. La patada en el pecho de Xabi Alonso. Levantarnos. Ganar. Celebrar en la calle, mareado, no solo por el alcohol, también por el júbilo. Una felicidad rabiosa, una venganza de sonrisa en la cara, las manos al cielo, el corazón a tierra.

Hoy empieza la Copa del Mundo. Y a Dios doy gracias por esta anestesia del alma. Olvidarme, por unos días, de este país colapsado. Apartar de mis madrugadas las miserias, el calor, la declaración de la renta, las terapias, las bajas de las maestras, la presión de los neumáticos de mi Vespa, las botellas explotando contra el suelo, la sirena que desgarra el silencio, el desamor y el miedo, los lumbares, el grifo que no cierra. Haití-Escocia. Noruega-Senegal. Camisetas del chino. Doritos y coñac.

Y gritar «España». Y emocionarse con ese himno sin poesía. Marta Sánchez, el juego de Hugo, Akimoto GAC, Ferrer, que se cortara internet si llamaban por teléfono, Bioman, alquilar Soldado universal en el videoclub, las películas sin rebobinar, mi Amstrad, las maquinitas para cuatro jugadores del Gauntlet, los hermanos mayores a los que se llevó la heroína, Le Coq Sportif, el táctel, las rodilleras, Magic Johnson, Bom Bom Chip, Ángel Garó en el Un, dos, tres… Fuiste mi Etrusco. Fuiste mi Querétaro. El primer beso tras la caseta del PSOE en la Feria de Córdoba.

Todos los veranos son el mismo verano. Cuando el olor del césped recién cortado en la piscina del Parque Figueroa. Tumbarse en la cuesta. La inyección de sangre. Persiguiendo a las de la clase en los pasillos de la mediana. Saltar al colegio los sábados por la mañana. Pegarle a romper con la puntera. Los balones embarcados. Todo eso es el Mundial. Todo es lo que un día fue. España es una emoción horizontal y perezosa, con agua en la mesita de noche, con su sudario de Clesa, un transistor en la cocina. No soy un hombre esperanzado, pero luego rueda el balón, y el niño rompe la crisálida y vuela frágil a cualquier parte.

«Esto es el fútbol. Un reencuentro. Una mirada al pasado. Este país que un día fue la furia»

Esto es el fútbol. Un reencuentro. Una mirada al pasado. Este país que un día fue la furia. Que ahora no sé lo que es, pero al que hemos aprendido a perdonárselo casi todo. Yo solo quiero esa copa. Esa copa y esa estrella y esa resaca al día siguiente. Y empezar de nuevo. Como cada cuatro años. El gol. La unidad de medida de la felicidad. Aficionados de sofá y ventilador. De chiringuito y cochera. Estamos aquí. Estamos a vuestro lado. Somos yodo y agua fresca.

Julio Salinas. Iago Aspas. Cardeñosa. Zubi. Eloy. Joaquín. El fútbol es un armisticio. No pesa el rojo sobre la piel. No pesa el recuerdo. No pesa este país hecho jirones que hoy coserá el fútbol. Quién quiere un deporte de caballeros teniendo un deporte de navajeros y vividores. De pillos, de vagos, de talentos fugaces. Quién quiere un deporte preciso teniendo este deporte que se juega con los pies, la parte más torpe de nuestra anatomía, tan caótica, tan tosca, tan alborotada. Quién quiere un deporte elegante teniendo este deporte sucio, de muslos arrastrándose por la hierba, de tacos sucios, de guantes rajados. Corazón de albero. Esta Copa del Mundo la ganamos.

Cerrar los ojos y volver a ser, por unos segundos, Butragueño. Sus mejillas como perseidas. Cerrar los ojos y volver a ser, por unos segundos, Puyol cerrando los ojos antes de rematar de cabeza. Machacar a Bélgica, machacar a Italia, machacar a Holanda, machacar a Alemania. El fútbol es una guerra transparente. A mí dejadme en paz y mantenedme lejos de los asuntos mundanos. Y despertadme el 19 de julio, con un óbolo en cada párpado, vomitado en un portal, con la camiseta blanca y cruda del trefoil manchada de vino y acera. Que la final sea mi final.

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