The Objective
Antonio Agredano

Viajar en tren

«Cada vez que un tren se para, cada vez que alguien pierde algo en su vida por culpa de un servicio lamentable, Puente se nos aparece como Candyman en el espejo»

Opinión
Viajar en tren

Ilustración creada con inteligencia artificial.

«Sí, es muy joven, usted solo conoce la ciudad desde que la cruzó el tren. Era muy diferente entonces, muy diferente, señor Scott, muy diferente. La primera vez que llegué a Simbow, fue en una diligencia. Algo muy parecido a esto…», decía Ransom Stoddard en El hombre que mató a Liberty Valance. 

Quién nos iba a decir que, pasados tantos años, estamos más cerca de regresar a casa en diligencia que de llegar a la ciudad en tren. Carromating, titulará en su web El País, o por qué a los jóvenes les encanta hacer un petate y subirse a un carro de madera tirado por mulas antes que disfrutar de las exóticas ventajas de la alta velocidad. Cuando viajar era un placer y no una tortura sedente.

Hasta con el romanticismo va a acabar el Gobierno de Pedro Sánchez. Viajar en tren fue mucho más que una forma de conectar dos puntos en el mapa. Dentro de ese latón viajaba nuestra esperanza. Las expectativas. El amor en sus diferentes formas. Ahora todo el que habla de trenes lo hace con incomodidad. Por lo imprevisible, por las horas de espera, por la imposibilidad de hacer planes sin saber muy bien cuándo y en qué condiciones llegaremos a nuestro destino. Conciertos, castings, grabaciones, citas… el tren de las oportunidades perdidas.

Lejos de asumir el problema con humanidad y con rigor, el ministro del que depende el ferrocarril, Óscar Puente, pasa los días tecleando gansadas en X. Hablando de bulos, de sabotajes, insultando a este y a otros medios, entretenido en lo mismo que se entretienen quienes no tienen tantas vidas a su cuidado, tantos puestos de trabajo, tanto presupuesto, tantos kilómetros de vía. Ahí todo el día, con ese rol de matón que le hace el trabajo sucio al jefe para que no se tenga que manchar las manos. A lo Bebop y Rocksteady.

Cada vez que un tren se para, cada vez que un viajero se siente desorientado en una estación desconocida, cada vez que alguien pierde algo en su vida por culpa de un servicio lamentable, Puente se nos aparece como Candyman en el espejo. El hombre que hizo una auditoría en su Ministerio tras el escándalo de Ábalos, pero no encontró nada. El hombre que se abraza a su cartera tras una tragedia como la de Adamuz. El hombre que va de rodillas a Cataluña a pedir perdón por el mal funcionamiento de los Rodalies. 

El Ministerio de Transportes está en el centro de todos los casos de corrupción del Gobierno de Pedro Sánchez. Amantes trabajando para ADIF y mordidas millonarias. Estamos viviendo las consecuencias de aquella gestión suicida. De aquel abandono. De aquella política puesta al servicio de sí mismos. Mientras, la ciudadanía, como ganado, es pastoreada de tren en tren, de cola en cola, de ventanilla en ventanilla. Se piden disculpas, pero siguen los retrasos, las excusas, los wasaps de «no me esperes despierta, esto va para largo», «no vengas todavía a la estación, que estoy parada en mitad de Toledo»… Siempre sobre la espalda de la gente la mala gestión del sanchismo.

El Gobierno de Pedro Sánchez está derribando cada certeza, cada pieza de nuestro sistema. Una a una. Este país ha perdido la fiabilidad, la amabilidad y su futuro. Qué pensará el votante de Sánchez que llega tarde a una reunión importante. ¿Dotará el socialismo a sus elegidos de una especial paciencia? ¿Culpará a Aznar por cómo están las vías? ¿Odiará secretamente a Puente del mismo modo que lo hace el viajero que tiene a su derecha? 

Me gustaban los trenes. Su precisión y su silencio. Las estaciones siempre me han parecido lugares tristes, pero quizá no tanto como ahora. Antes eran más libres. Ahora está todo el mundo más tenso. Las filas se deshacen. El personal de tierra está a la defensiva. Hay muchas tiendas cerradas. Atocha está en ruinas y sólo hay ruido. Me acordé el otro día de las tortugas. También recordé las gominolas que daban antes en el AVE. Pero ya todo es diferente. 

Trenes lentos. Siéntense donde puedan. Disculpen las molestias. «Señora, hábleme con respeto», le decía el otro día una chica uniformada a una mujer que llevaba una hora esperando en el arcén un tren que no llegaba. «¿Y con qué respeto me están tratando ustedes a mí?», le contestó. 

Hay turistas descalzos poniendo sus sucios pies en los asientos de delante ante la bovina mirada de los azafatos. Todo está permitido. Los retrasos y el trato frío. Que te dejen en Córdoba tirado, como me pasó la otra noche. Que no haya agua. Que los vagones huelan a orín porque la cisterna del wáter no funciona correctamente. Que un ministro diga que todo funciona a la perfección. Que tengamos paciencia. Que todo tiene arreglo, menos que gobierne la derecha. Y que España cada vez se parezca más a aquella España olvidada de la que venimos. 

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