La casita de Bad Bunny
«Vivimos en una dictadura de lo feo. Lo bello es amenazante, elitista, incómodo, inaccesible. Pero la desgana y el descuido son universales»

Ilustración de Alejandra Svriz
Tampoco gusta la casita de Bad Bunny. «Faltan gordas», leo en X. Clasista y machista, sentencian. «Es la cosa más hortera y pija que se puede ver en un concierto. Habla mal también del tipo de sociedad del postureo: «ni feos/as ni gordos/as ni por supuesto no famosos/as», dice Fernando Navarro, de El País. «En La Casita está la misma gente que sale en las portadas de El País Semanal y Icon todos los fines de semana», le contesta Víctor Lenore. ¿Por qué hay gente que sigue escribiendo «os/as»?
Al menos, de momento, no he leído nada que califique lo de la casita como «violencia escénica». De momento. «Colapso cultural de nuestra generación», dice un carnavalero por ahí. «La mayoría de mujeres que suben a la Casita de Bad Bunny no solo comparten outfit, sino que además cumplen con un canon físico normativo: no son gordas, ni superan una determinada edad. Por ello se han viralizado las críticas a esta selección», más en El País. No, si al final subir a perrear a la casita va a tener que hacerse en España por concurso-oposición.
No tengo nada en contra de las tías buenas. Tampoco de los tíos buenos, que bailan allí con sus pectorales, sus abdominales marcados, sus tríceps, sus cinturitas y su V en el pubis. No me siento interpelado, no me siento insultado. No llegué a tiempo a los flacos de The Libertines o Suede y ahora no llego a los musculosos que inundan nuestras pantallas y conciertos. No me agreden sus horas de gimnasio ni su lechuga a la noche. Asumo mis contradicciones, mi pausa, mi vino. Pero qué sé yo.
Me gusta ese último disco de Bad Bunny. Lo he defendido en COPE muchas veces, con cierta mofa de algunos compañeros. Los discos anteriores son divertidos, para correr, para ponerlos con ligereza en el coche, pero ese último trabajo tiene algo, más profundo, más sensible. Y un par de canciones que perdurarán mucho tiempo. Es más interesante que lo último de Smashing Pumpkins, que lo último de Rosalía o que lo último de Gorillaz, por poner tres ejemplos de tres creadores que me suelen gustar.
Donde quiero poner realmente la lupa es en la necesidad de parte de esta sociedad de querer controlarlo todo. Los conciertos, los gustos y hasta las pajas. Vivimos en una dictadura de lo feo. Lo bello es amenazante, elitista, incómodo, inaccesible. Pero la desgana y el descuido son universales. No hablo de mujeres o de hombres, hablo de silencio, de refinamiento y de aspiraciones. El ruido es el mejor medidor de la pérdida de valores en nuestra sociedad. Móviles en el tren, gritos en el parque y muchas veces la palabra «coño», la palabra «follar», la palabra «polla» en nuestro día a día. En nuestros programas de RTVE, tan rebeldones. «Sirviendo coño» es de las expresiones más irritantes que conozco. ¿Por qué todo debe ser tan explícito?
«Hay batallas fofas, que no alcanzan ni a ser llamadas culturales, porque sólo se basan en los prejuicios»
Lo que se critica de la casita no es la música, sino a las guapas y a los guapos que allí disfrutan, como un espejo distorsionado de una sociedad que se siente lejos de aquella fiesta. Solo hay gente pasándoselo bien, enseñando las cachas y las clavículas. Ajenos al mundo. Bebiendo y bailando, que son dos cosas que nos salvan, habitualmente, de la monotonía y de la vida absurda que hemos construido de trabajo, contención y ansiedad.
Me acuerdo también de aquel cartel del Gobierno de España de «El verano también es nuestro», donde se llenaba una playa, como segregada, porque solo estaban ellas, las mujeres «no normativas». Negras, sin piernas, sin pechos, obesas, con pelo en las axilas y tintes morados. Como se usaron imágenes de modelos sin permiso, el Ministerio de Igualdad desconcertó con su explicación: «Nos gustaría dejar claro que en ningún momento se supo que las mujeres de las imágenes eran personas reales». Los que bailan en la casita sí que son reales. Porque ese mundo existe y odiarlo nos empequeñece. También eran reales las azafatas de la Vuelta Ciclista a España. Pero ahí quedaron.
Que Bad Bunny haga lo que quiera me parece bien. Y las chicas con shorts. Y los famosos. Y los influencers. Y los directores de cine. ¿Por qué la libertad llega a ser tan exasperante para algunos? ¿Por qué ese interés suicida de amoldar el mundo a nuestros gustos, a nuestros miedos, a nuestras sospechas, a nuestros modelos de vida? Entiendo que la vida es algo más que dar de mamar hasta los tres años, descalzarse en los parques, la pandilla del crossfit, las camisetas de Goku o beber manzanilla con el meñique levantado y un pañuelo en la chaqueta. O esa personalidad que pretende basarse en el odio al reguetón o todas esas cosas que creemos que nos hacen especiales de cara a los demás.
La casita no es nada. Un espacio minúsculo dentro de un espectáculo con todo vendido desde hace un año. Hay batallas fofas, que no alcanzan ni a ser llamadas culturales, porque solo se basan en los prejuicios, en el sentimentalismo y en un victimismo que se ha convertido en el lenguaje más extendido y popular de nuestra época. Como un esperanto de mimimís y de miramiramira.
«Las tías buenas nos acompañarán hasta el final de los días. Y la música simple y tribal. Y también esa algarabía de gruñones»
Puedes despreciar a Bad Bunny y creerte más inteligente que los demás. Puedes despreciar la casita y creerte más sensible que los demás. O puedes pasar de todo lo que no te gusta y seguir explorando tu mundo, tus gustos, tus discos y tus valores sin caer en la cursilería y en el exhibicionismo emocional y llorica de nuestros tiempos. Pero allá cada cual.
Las tías buenas nos acompañarán hasta el final de los días. Y la música simple y tribal. Y, por desgracia, también esa algarabía de gruñones con rastrillos y antorchas persiguiendo cualquier éxito, cualquier belleza, cualquier cosa que se salga de sus cerrados e inamovibles gustos.
La libertad también es para ellos. Así que suerte en el camino del «eso no es música» y del «a mí no me veréis nunca en la casita esa». Si yo pudiera, pese a este cuerpo viejo y este pelo cano, mañana andaría por ahí zorreando contra una columna mientras Benito Antonio canta «NUEVAYoL».