The Objective
Javier Rioyo

Los proscritos, 'El País' y el retrete

«Los proscritos ni fueron invitados a los fastos de los 50 años, ni eran bienvenidos, ni se les esperaba. No importa, no tenemos prisa, somos mayores y subjetivos»

El verso suelto
Los proscritos, ‘El País’ y el retrete

Ilustración generada mediante IA.

«La prensa da hoy tantas noticias como profecías.

Jamás hubo en el mundo tantos profetas como

en los tiempos actuales»

Josep Pla

Se celebraban los fastos oficiales de los 50 primeros años del periódico de nuestras vidas. Los proscritos ni fueron invitados, ni eran bienvenidos, ni se les esperaba. No importa, no tenemos prisa, somos mayores y subjetivos. Somos pacientes como armenios en el exilio. Algunos de la larga nómina de proscritos, convocados por el director de este periódico, Álvaro Nieto, y todos antiguos pobladores de esa patria libre del periodismo que fue El País, nos reunimos en informal comida pagada a escote, en un restaurante clásico y neocastizo de Madrid. Buenas aguas con gas, algún vino, un tomate que defendía bien su nombre, carne a la tártara y alcachofas, que, como decía nuestro añorado Feliciano Fidalgo, siempre se llevan mal con el tinto. Todo bien, todo mejorable.

Allí comimos, y sobre todo, allí celebramos y recordamos historias del periódico que nos vio crecer y engordar, en compañía de Juan Luis Cebrián: demiurgo civil, artesano principal de los orígenes que supo ordenar el caos, dar sentido y hacer posible la creación de uno de los grandes rotativos de nuestro tiempo. No lo hizo solo; nada hubiera sido posible sin ese encuentro feliz, esa amistad en el tiempo y en la empresa, ese entendimiento que siempre tuvieron la pareja de hecho formada por Juan Luis Cebrián y Jesús Polanco. Crearon el monstruo con materiales y personas muy diversas; les salió muy bien. Pronto El País se convirtió en el lugar de encuentro de distintos lectores, de periodistas de procedencias diferentes unidos en el deseo de tener un periódico que se nos pareciera, que nos representara en la forma de estar y ser en el periodismo y en un país que iniciaba su transición a libertades demasiado tiempo secuestradas.

Un director joven, un empresario maduro, una redacción en progreso y un estilo de información, reflexión y opinión que era nuevo, sin olvidar mirarse en el espejo de la mejor prensa occidental. También sin prescindir de algunos ejemplos de nuestro muy interesante periodismo de las primeras décadas del siglo XX. Un reto que salió bien —mejor que bien—, que supo situarnos en el lugar de la necesaria modernidad del periodismo y la información.

Ya no tenía que ser verdad aquello que decía Baroja: «El periodista español, en general, no tiene afición más que a la política, al teatro y a los toros; lo demás no le interesa, es de una falta de imaginación y curiosidad extraordinaria». Eran otros tiempos, el camino ya había dado muchas vueltas; el escepticismo y la queja de don Pío seguían siendo un certero aviso para ser otros, tener más curiosidades, remover imaginaciones y ampliar el provincianismo de miras en el periodismo y en la vida. Nuestro periódico, el de los que lo hacían y el de los lectores, ese compañero de cada día que con nosotros viajaba. Ya fuera en los bolsillos de la trenca de progres, el que más se leía en los despachos del poder, en las facultades o en los bares. Fue el periódico que más se parecía a un país en mudanza a la modernidad política, ética y estética.

Naturalmente, la política era la información más necesaria en tiempos sin censuras. El teatro seguía teniendo un espacio importante, ahí están las críticas de Haro Tecglen. Los toros contaban con un gran cronista, un estilista del periodismo, Joaquín Vidal. En el deporte llegó la renovación con Alfredo Relaño y su equipo. En la crítica de cine nunca olvidaremos a Ángel Fernández-Santos. En la de libros, Rafael Conte marcaba nuestras lecturas. La renovada y fundamental información cultural tuvo muchos nombres, muchos desembarcos, muchas firmas, entre otros el felizmente incombustible Juan Cruz. La información internacional, los corresponsales, la política nacional, la economía también se llenó de referencias jóvenes, renovadoras y de feliz recuerdo: Joaquín Estefanía, Jesús Ceberio, Sol Gallego, un abrazo y reconocimiento a su trabajo y su memoria. Más en la redacción que en la dirección.

«Sin Vázquez Montalbán, Umbral, Javier Marías, Juan Benet o Vargas Llosa no se puede escribir la historia de ese periódico»

La importancia de la fotografía, de los fotoperiodistas, fue marca de la casa. No olvidamos a Ricardo Martín, Marisa Flórez, Pablo Juliá, Raúl Cancio, después a Socías y tantos otros que cambiaron la estética de nuestro periodismo. No dejar de recordar a periodistas de la casa o colaboradores, como Javier Pradera, Miguel Ángel Aguilar, Daniel Gavela, Francisco Basterra, José María Izquierdo, Xavier Vidal-Folch, Soledad Álvarez-Coto, Julián Martínez, Fernando Jaúregui, Martín Prieto, Javier Ayuso, Bonifacio de la Cuadra, Javier Angulo. O Antonio Caño, destacado proscrito, gran periodista y abierto director de un necesario cambio en el diario.

Un periódico que se precie tiene que tener colaborando, como en los años de plata de la prensa de antes de la Guerra Civil, a las grandes firmas de la escritura, del columnismo. Sin Manuel Vázquez Montalbán, Francisco Umbral, Manuel Vicent, Molina-Foix, Javier Marías, Maruja Torres, Rosa Montero o Francesc de Carreras, entre muchos más periodistas/escritores, sin los que no se puede escribir la historia de ese periódico. Ni con la colaboración de nuestros clásicos o contemporáneos de la literatura, la poesía y la prosa. La intermitente colaboración de Rafael Alberti, Francisco Ayala, Camilo José Cela, Juan Goytisolo, Juan Benet, Vargas Llosa, Vila Matas… y toda una larga, esencial presencia de los más significados escritores, tan diversos como diversa es la literatura.

No me olvido de algunos de los menos queridos, menos invitados y con más deseos de ser cancelados, quizá exterminados, por la izquierda reaccionaria, como lo son la pareja que forman Félix de Azúa y Fernando Savater, cada uno con su estilo, en su casa y sus lecturas. Sin ellos no hubiéramos sido lo que somos, aunque no tengamos nada claro qué es eso. Las lecturas en libros o en El País de Azúa nos hicieron más abiertos, con mejor humor, más clásicos y modernos. Las de Fernando Savater nos empujan a recuperar la infancia, la juventud y soportar más jovialmente la senectud.

Uno de los más insólitos colaboradores accidentales de El País —columnista, calumnista y cursi— en su espíritu de chequista con mando en plaza sanchista, nos dijo hace no muchos años que había que limpiar El País de fachas. Que Fernando y Félix son dos destacados quintacolumnistas de la derecha más derechona. Capitanes, ¡oh, mis capitanes!, destacados componentes de la tribu de la fachosfera, por tanto, hay que expulsarlos del periódico que tanto les debe. Les bajaron de ese barco en tiempos cercanos, con la colaboración de una obediente directora que sigue vigilando desde el lado correcto de la historia. Una periodista de buena pasta, de buenas palabras. Buenismo y pelas, toda una escuela.

«Azúa quiso acompañar a su amigo Savater al nuevo barco que hoy es refugio de tantos pasajeros, de tantos proscritos felices»

Lo consiguieron, tuvieron que desembarcar, sin explicación ni justificación, los proscritos más provocadores: Savater y el feliz Félix, que quiso acompañar y acompañó a su amigo al nuevo barco que hoy es refugio de tantos pasajeros, de tantos proscritos felices y sin virus, navegantes con los objetivos de la libertad que conoce la tribu de los amigos de Guillermo Brown. Dos alumnos de aquel Ulises de la palabra alada y sutil. Hablando de Guillermo, dice Savater algo que muy bien se les puede aplicar: «La versatilidad de su talento verbal es literalmente inagotable: tan apto para el sarcasmo feroz… brillante en la hora amarga de la protesta ante la injusticia que en el ditirambo que canta al propio triunfo o exalta las gracias de la persona amada». Todo un arte: acertar con la palabra, que no es poco.

En la comida de los proscritos, también como destacados testigos, estuvieron José Manuel Calvo y Luis Prados, así como una parte esencial de distintas épocas de El País. Ahora felices tripulantes en esta casa abierta, crítica y subjetiva que nos acoge. Cebrián regaló dos ejemplares del primer número del periódico que salió a los quioscos —¿dónde aquellos quiosqueros de antaño?— de hace 50 años. Así como muy desconocido primer ejemplar de las rotativas, distinto al de la calle. Y añadió la sorpresa de una postal que se vendió en las celebraciones del 20 aniversario. La foto de un retrete de dudosa limpieza, uno de aquellos que algunos recordamos de bares de dudosa reputación, donde, al lado del trono, colgaba un periódico de un clavo en la pared. El periódico de la postal de Cebrián era, naturalmente, El País. En fin, creo que nunca me serví del querido periódico para esos menesteres o quizá sí. Después de 50 años de compañía a uno se le olvidan cosas.

Alguna vez, muchas, en ese lugar de reposo y soledad, leímos el periódico. Incluso leímos a Quevedo y sus «historias del ojo del culo». En México, «ojete» se usa para significar tontos o malas personas. En Uruguay para referirse a la buena suerte. Entre nosotros, algunos tontos que nunca cambian de periódico, ni de chistosos de bajo nivel —no confundir con chisteros que, como El Roto, al que deseamos larga vida en su isla de editorialista mordaz, de sagaz analista, allá donde esté— que repiten la facilona gracia de decir «ojete» para señalar el lugar donde felizmente desembarcamos muchos. Un canto entonado desde una más modesta tripulación. Una navegación más arriesgada y más libre que se hace con muchas voces procedentes de ese gran navío que cumple 50 años. Los proscritos somos la libertad en compañía. Seguimos navegando.

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