The Objective
Javier Rioyo

Don Cicuta y otros cómicos en guerra

«El último libro de Pedro Corral pone la mirada en autores e intérpretes. Sus viajes a ninguna parte, sus disimulos, sus máscaras o sus sorprendentes actuaciones»

El verso suelto
Don Cicuta y otros cómicos en guerra

Ilustración generada mediante IA.

«Era en aquel Madrid de milicianos

de hoces y de martillos, y soviet.

Era en aquel Madrid de puño en alto…»

(Cuplé por Celia Gámez. De Fernández Cuesta y Cotarelo)

La vida cotidiana en la Guerra Civil nos pone ante un espejo de lo que fuimos y avisa de lo que somos o podemos llegar a ser. Superar las miserias de la guerra, para vivir sin muros, sin deseos de venganza, sin atizar odios y evitar señalamientos, conseguimos una estable y rápida democracia. Hicimos hace décadas la transición y demostramos que la convivencia es posible y necesaria. Así lo fue con nuestras diferencias, nuestra memoria, nuestras reivindicaciones de olvidos e injusticias. Nadie quiere muertos en cunetas, sepulturas no deseadas ni historias tergiversadas. La historia tiene que abandonar las barricadas, las checas, las sacas y las banderías. Felizmente, hay muchos historiadores que lo han sabido hacer sin volver a los fusiles y los fusilamientos. Uno de los que han escrito con mayor dedicación, con datos contrastados y originalidad en su investigación, es el escritor y periodista Pedro Corral.

Somos lectores de sus libros dedicados al instinto de supervivencia, a los desertores, los delatores, las víctimas y sus verdugos. En su obra encontramos las derrotas de casi todos y nos ayudan a conocer mejor lo que pasó en nuestra familia, nuestra vecindad, nuestros pueblos y nuestras ciudades, en lo que aquello tuvo de épica, de tragedia o de tragicomedia. Pocos relatos tan certeros como el del realismo paródico de Berlanga en La vaquilla. Ese empeño por contar lo humano, quizá demasiado humano, es el que contienen algunos de los libros de Pedro Corral. En el último, Cómicos en guerra pone la mirada en la escena, el cine, la canción y sus protagonistas. Esclarece historias de nuestros cómicos en tiempos de guerra. Sus viajes a ninguna parte, sus disimulos, sus máscaras o sus sorprendentes actuaciones. La guerra tuvo un guion que no estaba en el imaginario, ni en el deseo de los españoles que fueron, en su mayoría, los involuntarios actores de reparto. Todo se transformó, pero el espectáculo tenía que continuar. Los creadores, los autores y los intérpretes tenían que seguir en escena.

Bajo las bombas, los cines permanecían abiertos. En los teatros y las varietés se seguían las representaciones. Ni la música dejó de sonar ni los cantantes dejaron de interpretar. En Madrid, Sombrero de copa, con Fred Astaire y Ginger Rogers, triunfaba en los cines y permitía que la ciudad sitiada soñara con otra vida, otros bailes. Las películas de evasión y diversión tenían más éxito que Octubre o El acorazado de Potemkin. Las comedias teatrales eran más demandadas que el teatro de agitación política. No pudo ser, ya no se podía representar a Muñoz Seca, Arniches o los Quintero. Se censuraron las varietés, el erotismo en escena y todo lo que los nuevos comisarios de la moral consideran poco adecuado para la formación del espíritu nacional del buen rojo. La censura tampoco conoce ideología.

Recuerda Pedro Corral que en el Madrid resistente se había creado un Consejo Central del Teatro para la vigilancia de las esencias ideológicas republicanas y frentepopulistas. A la SGAE se le había entregado una lista de autores desafectos para bloquear las liquidaciones de derechos de autor. La más activa de aquel Consejo era María Teresa León. Muy preocupada por la pornografía «que envilece a nuestros oficiales, no educa a nuestros soldados y es la antesala de la prostitución». Para mantener la moral del perfecto combatiente, había que prohibir las obras que carecieran «del espíritu de la hora actual». Así fueron censuradas, entre otras, una versión lírica de Currito de la Cruz de Pérez Lugín o los autos sacramentales de Calderón de la Barca —¡pedazo de facha!— porque, según María Teresa León: «No se puede consentir que por la escena desfilen procesiones y señoritos chulos y borrachos, o toreros que traicionaron a su patria».

Todo se movía entre el caos, la censura y la incautación. La cosa se ponía seria, de puño en alto y de paseos sin regreso. Ya lo dijo el general Miaja: había que estar alertas contra la inmoralidad, el mal gusto y la chabacanería. No se querían señoritas pelotaris, ni becerradas, ni esas obras que tanto divertían a un público popular que necesitaba ser reeducado. «Como español y defensor del arte en toda su pureza —proclamó Miaja—, me indigna que, mientras se llenan los locales donde se cultivan la pornografía y el chiste de mal gusto, haya escaso público en aquellos teatros donde se rinde culto al buen género dramático y a la música exquisita».

«Había que terminar con las vedetes de los ‘cabaretes’ y hasta meter tijera al ‘Don Juan’ de Zorrilla»

Había que terminar con las vedetes de los cabaretes y hasta meter tijera al Don Juan de Zorrilla «para expurgarlo de cuantas alusiones religiosas pudieran empañar el laico republicanismo del amor entre don Juan y doña Inés», en palabras de Corral. Ante tal disparate de querer hacer desaparecer lo católico, Dios y el cielo en la obra de Zorrilla, un valiente crítico de La Voz se atrevió a escribir: «La mojigatería beata, la ñoñería católica son ridículas; pero no hay que caer en lo opuesto, que es otra clase de ñoñería y de mojigatería que nos perjudican ante el juicio de los extraños y son producto de una mentalidad precaria». No sabemos qué sería de ese crítico republicano que coincidió en esos juicios con el radical extremista del franquismo Queipo de Llano.

Otro de los autores sospechosos de poca afinidad republicana fue Jardiel Poncela. Un joven socialista y panadero, que había intervenido en el asesinato de Calvo Sotelo, le detuvo e interrogó en la checa del palacio de Medinaceli. Lo soltaron y pudo volver a casa con la advertencia de que le irían a buscar al día siguiente. El autor, sigue contando Corral, les pidió que mejor fueran al café Europeo de la Glorieta de Bilbao, donde escribía y pasaba muchas horas. Jardiel, antes de escaparse de Madrid, se atrevió a escribir un artículo sobre aquella detención: «Horas de encierro. Interrogatorio llevado a cabo por el jefe de la Tcheka, un panadero de lujo del que no podía dudarse que dominaba la masa. A sus órdenes tenía varios mendrugos».

Con evidente peligro, siguió acudiendo cada día a su café donde escribía, «poniendo la mayor cara de pedante posible para que los milicianos eructantes que entraban y salían me tomasen por un historiador marxista encargado de redactar la biografía de Largo Caballero con destino al archivo de una sociedad de tontos huérfanos de Liverpool». Se escapó, consiguió volver a la España nacional, festejó con Perico Chicote en San Sebastián.

Siempre mantuvo su inteligente mordacidad. En el franquismo no le quisieron, le marginaron en los primeros años, muchos amigos le dieron la espalda, lo negaron y vivió en precariedad a pesar del éxito de sus obras. Jardiel nunca supo que un sobre anónimo, y con dinero, que le llegaba al café Gijón en los años anteriores a su muerte se lo hacía llegar un joven actor, agradecido con él y admirador de su obra. Se llamaba Fernando Fernán Gómez, que pasó de la CNT a ser el joven intérprete de Eloísa está debajo de un almendro. Gran éxito de Jardiel antes de su «clausura» oficiosa.

«Entre las muchas historias de Cómicos en guerra, una de las más significativas es la de Valentín Tornos»

Entre las muchas historias de Cómicos en guerra, una de las más significativas es la de Valentín Tornos. Inolvidable don Cicuta, el jefe de los tacañones de aquella ejemplar televisión pública de nuestra juventud y en el muy popular programa de Chicho Ibáñez Serrador, Un, dos tres… responda otra vez. La campana, la protesta y el enfado de los tacañones, presididos por don Cicuta, son de esos momentos de sagaz humor blanco de nuestro recuerdo. Casi nunca nada es lo que parece y algún día habrá que contar la cantidad de republicanos, rojos y anarquistas que, después de los crueles años cuarenta, se incorporaron a nuestro cine popular, a la TVE del franquismo, a la copla, el teatro y otras artes.

Don Cicuta, Valentín Tornos, era uno de aquellos cómicos itinerantes que paseaban por los pueblos con obras de Arniches o Muñoz Seca. Llegó la guerra, le pilló en Madrid, se hizo republicano azañista, fue voluntario a la guerra con «la guerrilla de los comediantes». Después fue policía denunciador de los sospechosos de pertenecer a la Quinta columna. Hizo detenciones de los desafectos a la República. Fue un destacado agente policial al servicio de José Ignacio Mantecón en el frente aragonés. Consiguió huir, se instaló en Marsella, trabajó de camarero y de pintor de brocha gorda hasta que los alemanes tomaron la ciudad. Trabajó para los invasores «por ocho francos la hora y la posibilidad de comer mejor».

Recaló en París, trabajó en la compañía de Luis Mariano. Regresó en 1949, después del indulto de Franco. No paró de ser uno de los secundarios de lujo del cine y el teatro español. En los años setenta fue uno de los rostros más conocidos y queridos de nuestra televisión.

Poco antes de morir, recibió en el Palacio Real de las manos de los reyes Juan Carlos I y Sofía el premio del Primero de Mayo al trabajador ejemplar. La Transición empezaba; el miliciano republicano fue uno de esos ejemplos de superar las viejas historias de la confrontación. Que se enteren los sanchistas, zapateristas, progresistas y demás mantenedores de un Gobierno que nos quiere seguir enfrentando: Victoria Abril, azafata del Un, dos, tres… Nunca preguntó de qué color era don Cicuta. Habíamos perdido el miedo, habíamos superado el rencor.   

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