The Objective
Daniel Capó

Miguel de Unamuno y la guerra civil

«En ‘1936: la guerra incivil’, que acaba de publicar Página Indómita, se recopila buena parte de las últimas cartas y de las entrevistas que concedió poco antes de morir»

Opinión
Miguel de Unamuno y la guerra civil

Ilustración generada mediante IA.

La vida de Miguel de Unamuno fue una sucesión de decepciones. «Cuando nos metimos unos cuantos —yo el primero— a combatir la dictadura primo-riverana y la monarquía», escribía a finales de 1936, «lo que trajo la república no era lo que fue después la que soñábamos; no era la del desdichado Frente Popular y la sumisión al más desatinado marxismo y al más necio pseudolaicismo —¡aquellos imbéciles de radicales socialistas!—. Pero la reacción que se prepara, la dictadura que se avecina, presiento que, pese a las buenas intenciones de algunos caudillos, va a ser algo tan malo, acaso peor. Desde luego, como en Italia, será la muerte de la libertad de conciencia, del libre examen, de la dignidad del hombre. Hay que leer las sandeces de los que descuentan el triunfo».

El texto lo podemos encontrar en 1936: la guerra incivil, que acaba de publicar Página Indómita y donde se recopila buena parte de las últimas cartas y de las entrevistas que concedió Unamuno poco antes de morir en esa especie de exilio forzoso que fue para él Salamanca al empezar la guerra.

Agotado y deprimido, Unamuno apoyó en principio al bando nacional creyendo que los militares salvarían la república; pero muy pronto se dio cuenta de su error. En noviembre de 1936, en una carta destinada a Francisco de Cossío, por entonces director del periódico El Norte de Castilla, decía: «Esto no tiene remedio. España es hoy un manicomio de locos feroces y envenenados. Y más que de locos, de dementes. Dementalidad cuartelera y dementalidad de sacristía. In interiore Hispaniae habitat hoy la envidia, el resentimiento, el odio a la inteligencia, la ferocidad sanguinaria. Y así, entre los hunos y los hotros están ensangrentando, desangrando, arruinando, envenenando y —lo que acaso es peor— estupidizando a la patria».

El horror que se sumaba a la decepción, a la libertad perdida, al dolor por un país que ya no entendía y que sólo creía reconocer en su desesperación y en su deseo de aniquilarse a sí mismo, presagios de otra guerra —la mundial— que en muchos sentidos terminaría con Europa pocos años después. En una entrevista concedida al periodista polaco Roman Fajans, Unamuno afirmaba: «Miro hacia el futuro con tanta preocupación. No veo ninguna salida, y no sólo para España. Casi toda Europa ha enloquecido. La generación más joven, la que viene, es aterradora. Su doctrina reza: ‘¡Creerás en lo que yo creo, o te mato!’. Todos son extremos, con el cuchillo entre los dientes».

«Isaiah Berlin observó que, por su pesimismo, Unamuno le recordaba más a un filósofo ruso que a uno europeo»

El problema, por tanto, eran también las ideas que trastornaban el alma de los pueblos. En esta misma línea, unos meses antes, Unamuno le había explicado al escritor griego Nikos Kazantzakis lo siguiente: «El nivel espiritual de la juventud ha caído en todo el mundo. No sólo desprecian el espíritu, sino que lo odian. ¡Odio, odio por el intelecto! Esto es lo que caracteriza a los jóvenes de hoy en todo el mundo. Quieren deportes, acción, guerra, lucha de clases. Y ¿por qué cree usted que quieren estas cosas? Porque odian el espíritu».

La mirada de Unamuno sobre aquellos tristes años puede estar sesgada por las decepciones de una vida, quizás también por la enfermedad y la vejez. Aquel mismo 1936, en una visita a Oxford, Isaiah Berlin observó que, por su pesimismo, Unamuno le recordaba más a un filósofo ruso que a uno europeo. Era, en efecto, una época, de extremos. Pero siguen vigentes muchas de sus observaciones: la necesidad de cuidar el espíritu y la cultura; de impulsar la justicia, la misericordia, el perdón… Así, en El resentimiento trágico de la vida, leemos: «Tout étoit juste alors (Racine): ‘Todo es justo ahora’; mañana no lo será; apresurémonos a cumplir injusticias. Ahora está permitido matar. En casi todos se enciende el odio; en casi nadie, la compasión. Da asco ser hombre». No deja de ser una advertencia universal.

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