Líos de cama
«La cama, que es artefacto antiguo y levantisco, puede ser, además de diván y trinchera, el yunque donde se templan horizontalmente las ideas»

Ilustración generada con IA.
Leo una entrevista a una historiadora inglesa. Ahí suelta, así como quien no quiere la cosa, que en la Edad Media nadie quería dormir solo, que era algo extraño y desagradable, y que hacerlo era poco menos que una extravagancia de ermitaños y de proscritos. Quizá al antojadizo trasluz de nuestras gafas contemporáneas, en un tiempo en que la cama es una suerte de santuario introspectivo, haya quien piense que los medievales tenían costumbres muy raras, pasando por alto que, históricamente, la yacija ha sido poco menos que un patio de vecindad.
Se compartía, en efecto, y con desconocidos si hacía falta. En posadas frías como bodegas, con las habitaciones contadas, ¿qué otra cosa quedaba sino apelmazarse con disciplina de sardinas en lata? En casa, naturalmente, la familia se arracimaba en el mismo lecho más por supervivencia que por amor fraterno. La cama era una estufa con patas: doseles, cortinones, colchones de plumas, pieles… En el norte de Europa fueron más allá e inventaron las «camas-caja», armarios donde te embutías, corrías la portezuela y quedabas allí dentro, recogido y bien arropado, con un par de respiraderos que dejaban pasar el aire justo para no palmarla, calentito como un lechazo al horno.
Solo el presentismo más miope podría ver la cama como el mueble al que se va a dormir. Porque la cama ha servido históricamente de oficina y de hospital, de salón de actos y de campo de batalla, conformando un microcosmos de madera y tela donde se dirimían partos, guerras y negocios. De ahí que, durante siglos, constituya la pieza regia del inventario doméstico, aspirante a dosel de soberano incluso cuando no era más que jergón de vasallo. La cama se exhibía sin pudor, pues patentizaba las jerarquías con mayor precisión que una ejecutoria de sangre. En Versalles, por ejemplo, el rey se levantaba y se acostaba en ceremonias públicas, porque la cama era parte del teatro político. Ya se sabe que, incluso en paños menores, el poder sigue representándose a sí mismo.
De ahí que cuando, hace ya un lustro, Ketty Garat destapase las miserias del ministro de Transportes, algunos despachasen la noticia como ‘líos de cama’. El denuesto con que una vieja beata podría despachar Edipo Rey o Tristán e Isolda habría servido para desactivar cualquier preocupación genuina por, verbigracia, el impeachment de Clinton o las Bunga Bunga de Berlusconi en Villa Certosa. Pero ¿qué importa eso hoy, cuando los hechos han dado la razón a Garat y su libro es el más importante del año? Por otro lado, si en efecto fueran «líos de cama», ¿quién podría afirmar a estas alturas que dicha cama pertenecía exclusivamente a lo privado? En el ‘Caso Ábalos’, el catre no parecía menos importante que el gabinete.
Líos de cama… He leído que en la lejana China han organizado un concurso para ver quién aguanta más tiempo tumbado boca abajo en un colchón. Nada de triatlones ni de «superación personal»: solo tirarse a la bartola y resistir. Participaron más de doscientas almas y, a las 24 horas, casi todos habían desertado como reclutas blandengues. Pero un chaval heroico, algo así como un Aquiles del tálamo, aguantó 33 horas y 9 minutos. Premio: el equivalente en yenes a unos cuatrocientos euros. ¿Quién no ha fantaseado alguna vez con monetizar la pereza? Y sin embargo, la cama, desacreditada por la moral de oficinista, ha sido mucho más que un mueble para holgar y folgar.
Ahí tenemos al exquisito Cyril Connolly, que hizo de su cama el despacho editorial de la revista Horizon. En decúbito supino, su inteligencia, hipertrofiada por el exceso de lectura, acababa por coagular en una especie de lucidez estéril. Leía con voracidad febril y afinaba el juicio hasta dejarlo reducido a un hueso pulido, pero el acto de escribir iba aplazándose en una moratoria indefinida. En la orilla opuesta a ese opio paralizante estaría Mark Twain, que, lejos de toda sospecha de molicie, instaló en el lecho un puesto de combate: rodeado de humo y almohadas, movido más por la necesidad física que por la comodidad, tumbaba su cuerpo maltrecho para mantener la verticalidad de espíritu.
Si se quiere llevar la cuestión a su paroxismo, recuérdese a Edith Wharton, cuya soberanía alcanzaba incluso al modo de reposar: escribía en un lecho transformado en centro de mando, bajo amplios doseles, y luego dejaba caer las páginas escritas, como excrecencias de un pensamiento en marcha, para que el secretario las recogiese y pasase a máquina. En España tuvimos a Valle-Inclán, que siguió destilando su verbo espermático desde la cama, con el cuerpo devastado pero la lengua todavía ígnea, y a Unamuno, que hacía del lecho una celda monástica donde orar y pensar. ¿No es precisamente en la quietud donde se libra la forma más exigente del esfuerzo? La cama, que es artefacto antiguo y levantisco, puede ser, además de diván y trinchera, el yunque donde se templan horizontalmente las ideas. Al cabo, hay pensamientos que se hacen los remolones mientras uno anda erguido y que solo se dignan a descender, con cachaza de señoritos, cuando el cuerpo abdica.