The Objective
Jorge Freire

El peor enemigo es el pelota

«El pelota sanchista no admira la firmeza de principios, sino la elasticidad, y llama ‘estrategia’ al puro reflejo canino de caer siempre de pie»

Opinión
El peor enemigo es el pelota

Ilustración de Alejandra Svriz.

Ha dicho el fiscal Anticorrupción que Ábalos no habría podido enchufar a sus sobrinas sin que se lo facilitase una «corte servil». ¿No creen que la expresión tiene su miga? Aunque cambien las pelucas por asesores ministeriales y los válidos por expertos en comunicación política, ¿acaso hay corte sin cortesanos?

Al vampiro se le derrota con el espejo y al político, con el adulador. El vampiro entra por la ventana y te chupa la sangre; el pelota, en cambio, entra por el despacho y te llama «presidente» aunque seas concejal de festejos. Los cuervos se alimentan del cadáver de los muertos, Antístenes dixit, y los aduladores se alimentan del alma de los vivos. 

Hay zalamerías que despiden un olor más agrio que un matadero en agosto. Y así acaban de mal tantos próceres, cebaditos como gorrinos por una corte que le dice «estadista» mientras afila el cuchillo y se ata el babero (o, como decían a Echenique después de la jota rijosa: ¡presidente, presidente!). Peor que un enemigo es un pelota: el enemigo enseña los dientes y el adulador te lame la mano hasta dejarla en carne viva.

Plutarco dejó establecido en su tratado sobre la adulación lo que diferencia al amigo que el zalamero: si el primero nos corrige cuando torcemos el rumbo y concuerda con nosotros solo cuando llevamos razón, el adulador nos regala el oído con lo que deseamos escuchar, bendice cualquier ocurrencia por disparatada que sea y hasta niega nuestros pecados con tal de que nos quedemos contentos.

Adulari, en latín, era el lloriqueo sumiso con el que el perrito se arrimaba al amo después del castigo. De ahí viene, verbigracia, el verbo aullar. El lisonjero a veces ladra por miedo y a veces menea el rabo por interés. ¿Fue la locura lo que perdió a Calígula o los elogios de sus tiralevitas, aunque más que tirar de la levita tiraran de la toga? ¿Ablandaron a Nerón más las conjuras que los ululatos mantecosos? Habríamos de llevar cuidado con quien nos ladra, pero, sobre todo, con quien, zalamero, menea la cola a nuestro paso: suele ser el primero en enseñar los dientes cuando se le vacía la gamella.

En la Era del Perro, sus fieles celebran como genialidad lo que acaso no sea, sino instinto de sabueso: la capacidad de oler el miedo ajeno al doblar la esquina, de bailar sobre el alambre sin despeinarse, de driblar, caracolear y birlar el balón mientras el respetable pide el VAR desde la grada. El pelota sanchista no admira la firmeza de principios, sino la elasticidad, y llama «estrategia» al puro reflejo canino de caer siempre de pie. Mientras unos ven un presidente acorralado, otros le festejan el trote, jaleándole cada pacto imposible, cada pirueta parlamentaria y cada cambio de collar. 

«Me gustaría ser el perro de un perro / que fuera él quien me sacara a pasear», cantaba Rigoberta Bandini. Hoy sabemos que no es perruno el amo, sino el siervo que aguarda el azucarillo y la palmadita. Tan cínicos como quínicos son los medios que ahora hocican, cornigachos, sin atreverse a levantar el morro y que entonces llamaron fango a cuanto después acabaría saliendo a flote. ¡Triste suerte la de los pelotas, paseando al amo con obediencia canina mientras imaginan, pobrecitos, que son ellos quienes llevan la correa!

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