The Objective
Jorge Freire

La hora de la verdad

«Resulta cómico que sea precisamente el Papa de Roma quien señale aquello que a los tecnólogos y pedagogos más punteros ha pasado inadvertido»

Opinión
La hora de la verdad

Ilustración de Alejandra Svriz.

Un viejo chiste escolástico se pregunta en qué se parecen Dios y el diablo. La respuesta es que ambos se disputan la misma criatura. De igual modo, cabría decir que entre la encíclica del Papa y el manifiesto de Palantir hay una coincidencia y una discrepancia: ambos perciben la magnitud del fenómeno tecnológico, pero disienten acerca de quién debe gobernarlo y, cuestión harto más delicada, en nombre de qué. Allí donde Alex Karp (sucesor del anticristo Thiel) presenta como inevitable la transferencia de soberanía desde las instituciones deliberativas hacia sistemas técnicos regidos por élites especializadas, León XIV niega la mayor: ninguna arquitectura algorítmica, por sofisticada que sea su diseño, puede sustituir el juicio moral de una persona.

Para Karp, conocer y gobernar son dos acciones que forman parte de la misma operación. La verdad no sería, por mor de esta lógica, el término de una búsqueda, sino la condición previa para la capacidad de mando. Carguemos las tintas contra este heredero heterodoxo de la Escuela de Frankfurt, pero ¿no es, en puridad, el enésimo síntoma de una dolencia mayor y de larga data? De ella, y no de las ocurrencias de los tecnooligarcas, se ocupa la encíclica Magnifica humanitas: de la reducción de lo real a mera información manipulable.

Cuando la verdad deviene instrumento de dominio, precisamente en un tiempo en que el relativismo escinde el mundo en un haz de interpretaciones, no queda sino recuperar la vieja veritas. Y esta, recuérdese, nada tiene que ver con la transparencia absoluta ni con la claridad geométrica de ciertas utopías racionalistas. Hay quien, huyendo del carnaval de las narrativas, acaba colocándose bajo el foco del ingeniero social. Pero la verdad alumbra más como un candil que como un reflector, y se asemeja más a un amanecer, con sus sombras alargadas, que a un mediodía perpetuo. 

La manía contemporánea por la transparencia absoluta reduce el mundo a aquello que puede medirse y archivarse o procesarse. La veritas, en cambio, manifiesta algo que a los sistemas más sofisticados se les escapa: a saber, que existen regiones enteras de la experiencia humana, como el amor, la conciencia, el sufrimiento o la esperanza, cuyo significado solo se revela plenamente desde dentro. La verdad, en el sentido cristiano de la veritas, es una presencia, y siempre comparece con rostro humano.

A estas alturas, la cuestión ya no es tecnológica, sino moral: no estamos entrando en la era de las máquinas inteligentes, sino en la hora de la verdad, ese instante taurino en que terminan los adornos, enmudece la banda y el espada se pregunta si empuña el metal o si lleva el hierro de la ganadería marcado en el costillar. Se trata de elegir si las máquinas seguirán siendo herramientas o si nosotros acabaremos aglomerándonos en una partida de ganado como reses mansas y herradas, conducidas de chiquero en chiquero por una inteligencia ajena.

Resulta cómico que sea precisamente el Papa de Roma, custodio de una institución milenaria, quien señale aquello que a los tecnólogos más punteros y a los pedagogos más diligentes ha pasado inadvertido, acaso porque estaban embobados por el parpadeo de las pantallitas: que el peligro no es que las máquinas terminen pensando como las personas, vieja fantasía perteneciente al repertorio de futurólogos, novelistas y fabricantes de titulares, sino el movimiento inverso, esto es, que las personas, por una lenta y casi imperceptible claudicación, acaben ahormando su mente a la lógica de la maquinación.

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