The Objective
Manuel Fernández Ordóñez

Temed al poder, no a la IA

«Más especialización significa más conocimiento distribuido, y más conocimiento distribuido significa más civilización»

Opinión
Temed al poder, no a la IA

Ilustración generada con IA.

Ha tenido que venir el Papa a recordarle a medio mundo algo bastante elemental. La inteligencia artificial no es simplemente una tecnología. Es también una cuestión de poder y, por tanto, una cuestión moral y política. La primera encíclica de León XIV, Magnifica Humanitas, acierta precisamente donde fracasa casi todo el debate público contemporáneo. Mientras unos nos venden la inteligencia artificial como una salvación automática y otros como la máquina definitiva para dejar sin empleo a media humanidad, la encíclica papal señala uno de los puntos de más fricción: ¿quién controla esta tecnología y con qué fines?

No crean que es baladí. Que la primera encíclica de un pontificado se dedique a la inteligencia artificial significa que hemos superado la fase de la anécdota técnica. Estamos ya en una dimensión superior. La de las herramientas que pueden alterar los incentivos económicos, concentrar conocimiento operativo, alterar la percepción de la realidad y ampliar, como nunca antes, la capacidad de vigilancia y mando de quienes ya tienen el poder. Dicho de otro modo, la IA no es un tema exclusivo de productividad. Tiene aspectos mucho más profundos en nuestra civilización.

La encíclica cuenta, en mi opinión, con varias intuiciones fértiles, pero hay tres que merecen ser explotadas. Primera: la tecnología no es enemiga del hombre por naturaleza. Segunda: el trabajo humano no puede reducirse a una simple variable de eficiencia o productividad. Y tercera: cuando una tecnología tan poderosa se concentra en pocas manos, el riesgo no es solo económico, sino político. Probablemente es en esta última donde se ubica el mayor dilema.

Esto debería bastar para desactivar dos errores simétricos. El del tecnófilo ingenuo que cree que cualquier avance es bueno porque sí. Y el del ludita reciclado que lleva años anunciando que ChatGPT, o lo que venga detrás, nos va a dejar a todos en la cola del paro. Ninguna de las dos partes soporta un análisis serio. Uno idolatra la herramienta. El otro la demoniza. Pero ambos evitan el fondo del asunto.

La idea de que una nueva tecnología destruye «el trabajo» es un fósil argumental y un error intelectual. Ya estaba ahí en la Revolución Industrial con los telares, con la mecanización agrícola y con la automatización de las fábricas. Siempre reaparece la misma superstición: si una máquina hace una tarea, el ser humano sobra. Pero la historia económica real cuenta otra cosa. La tecnología no elimina el trabajo como categoría. Elimina tareas concretas, rutinas ineficientes y absurdas, costes innecesarios y formas primitivas de producir. Y precisamente por eso libera tiempo, capital y talento para hacer otras cosas. Eso es lo que explica el progreso.

Una sociedad rica no lo es porque conserve intactos los empleos de ayer, sino porque consigue ampliar sin cesar su división del trabajo. Más productividad significa más especialización. Más especialización significa más conocimiento distribuido. Y más conocimiento distribuido significa más civilización. Esta es la realidad que no quieren admitir. Si fuera por esta gente, seguiría habiendo ascensoristas, telefonistas, telegrafistas, serenos, repartidores de hielo, pregoneros, guardagujas del ferrocarril o guardabarreras de los pasos a nivel. Me los imagino saliendo a la calle en multitudinarias protestas en defensa del trabajo digno de los repartidores de hielo cuando se inventó el congelador.

El concepto es muy sencillo. Una sociedad compleja funciona porque cada persona atesora una parte muy pequeña de un conocimiento colectivo inmenso. Un cirujano pediátrico, un físico de materiales, un operador de red, un ingeniero nuclear, un panadero o un zapatero no hacen lo mismo ni saben lo mismo. Ahí reside nuestra fuerza. El progreso no consiste en que todos aprendamos de todo. Consiste en que podamos cooperar a gran escala, aunque cada uno domine solamente una parcela minúscula.

«Que la primera encíclica de un pontificado se dedique a la inteligencia artificial significa que hemos superado la fase de la anécdota técnica»

Por eso el verdadero problema del futuro no es que sobren personas. Es que falten. Llevamos décadas intoxicados por el neomaltusianismo, esa enfermedad del alma que ve siempre al ser humano como una boca que consume, pero nunca como una inteligencia que crea. Sin embargo, una sociedad con menos población tiene menos masa crítica para sostener especialidades complejas, menos cerebros para almacenar conocimiento y menos capacidad para mantener el grado de sofisticación material del que depende nuestra vida cotidiana. Esto ha sido así toda la historia de la humanidad. Y aquí es donde surge la gran duda: ¿puede la inteligencia artificial cambiar esta realidad inmutable? ¿Puede jugar un papel decisivo en esta tarea de almacenar conocimiento colectivo?

No para sustituir al hombre, que es la fantasía húmeda de tanto iluminado posthumanista, sino para multiplicar el alcance del conocimiento humano escaso. La IA puede ayudarnos a conservar, ordenar y recuperar cantidades ingentes de información. Puede asistir a profesionales en trabajos de alta especialización. Puede servir como infraestructura de memoria social en un mundo que envejece y que quizá disponga de menos capital humano del necesario para sostener todos sus niveles de complejidad. Bien utilizada, no será una enemiga del trabajo, sino que podría ser un repositorio de productividad y un sostén de la especialización.

Pero es nuestro deber estar siempre vigilantes y en esto la encíclica es especialmente valiosa, pues una herramienta de semejante potencial puede servir para ampliar de manera obscena el poder del Estado. ¿Qué creen ustedes que hará un poder político ya habituado a invadir la educación, la justicia, la libre empresa, la información y hasta el lenguaje cuando disponga de herramientas cada vez más precisas para perfilar ciudadanos, vigilar comportamientos, jerarquizar riesgos, censurar contenidos y automatizar decisiones?

Por eso el debate sobre si determinada tecnología es buena o mala, en abstracto, es un debate infantil. La cuestión fundamental es si amplía la libertad humana o la reduce; si eleva la dignidad del trabajo o la degrada; si distribuye capacidad o concentra poder. Si nos ayuda a seguir progresando en un mundo cada vez más envejecido y más escaso de capital humano, bienvenida sea. Si se convierte en la gran máquina contemporánea de obediencia, habrá que combatir sin contemplaciones a los que ansíen su control.

El Papa, con su encíclica, ha puesto a muchos sobre una pista muy valiosa. La inteligencia artificial no es el enemigo del hombre. El enemigo del hombre es el mismo de siempre, el poder sin límites, cada vez armado con mejores herramientas. De modo que no, la inteligencia artificial no nos quitará el trabajo. Lo que sí puede quitarnos, si no estamos atentos y la dejamos en manos de quienes viven de administrarnos la vida, es algo bastante más importante. La libertad.

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