The Objective
Marta Martín Llaguno

IA, política y pseudocomunicación

«La IA no busca la verdad, sino la respuesta más probable. De forma parecida, parte de la política actual no busca resolver problemas, sino construir relatos rentables»

Opinión
IA, política y pseudocomunicación

Ilustración de Alejandra Svriz.

Este domingo 17 coincidieron dos hechos aparentemente inconexos: la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de la Iglesia y las elecciones andaluzas.

Durante la valoración de los resultados electorales, escuché varios discursos correctos, metálicos e intercambiables, como elaborados por una inteligencia artificial. Entonces el lema de la Jornada eclesiástica, Custodiar voces y rostros humanos, cobró para mí un sentido urgente. La homilía había hablado del impacto de la IA en la persona y en la vida pública. Yo añadí mentalmente: también en la política.

Hace 75 años, Alan Turing formuló una pregunta decisiva: ¿pueden las máquinas fingir que piensan lo bastante bien como para engañarnos? De ahí nació el «juego de la imitación». Más que un experimento técnico, fue una premonición. Turing desplazó el foco del «pensar» al «simular pensamiento»; de la «verdad» a la «apariencia convincente de verdad».

Ese salto anticipaba el mal de nuestro tiempo: la pseudocomunicación, que es lo contrario de comunicar. Porque comunicar, como enseñaba López-Escobar, no es emitir frases, sino «compartir contenidos de conciencia»: entregar algo visto, pensado o sufrido «para habitar un mundo común».

La pseudocomunicación, en cambio, despega el lenguaje de la realidad. Lo importante ya no es lo que es, sino lo que suena bien. Y ahí es donde se encuentran, con aterradora naturalidad, la inteligencia artificial y la política contemporánea.

«Mucha gente está hasta de la representación permanente. De discursos que parecen generados por ChatGPT»

La IA no busca la verdad, sino la respuesta más probable. No razona: calcula. De forma parecida, buena parte de la política actual no busca resolver problemas, sino construir relatos rentables. Se finge responsabilidad sin someterse a los hechos, compasión sin asumir consecuencias, indignación selectiva, transparencia mientras se sostienen tramas corruptas y se montan urnas con bambalinas y regeneración a la carta. Todo en orden. Y hay gente que sigue comprando la mercancía, como se ve.

Pero otra mucha gente no está solo cansada de errores. Está hasta de la representación permanente. De discursos que parecen generados por ChatGPT: perfectos en la forma, pero huecos en el fondo y sin conexión con los hechos.

Hoy muchos se rasgan las vestiduras con la IA generativa, pero no nos engañemos: la inteligencia artificial no es más falsa que alguna humana ni ha corrompido la política. La indiferencia ante la verdad no la inventaron las máquinas; las máquinas la han aprendido de nosotros.

Para mí el verdadero riesgo no es, como planteaba Turing, que una máquina llegue a pensar, sino que nosotros dejemos de hacerlo. Que la pereza tecnológica se esté convirtiendo en pereza moral y algunos se conformen con lo verosímil en lugar de exigir lo verdadero.

Custodiar voces y rostros humanos no es solo un bonito lema eclesial. Es una consigna subversiva en tiempos de simulacros. Porque las personas no somos modelos de lenguaje: somos sujetos capaces de verdad. También (y sobre todo) en política.

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