Fenómeno 'Torrente': la democracia sin músculo moral
«El éxito de la película apunta al diagnóstico de este país con una política degradada, una comunicación pública en caída libre y una ciudadanía en retirada»

Ilustración de Alejandra Svriz
Cinco semanas en cartelera. Más de 25 millones de euros. Entre las españolas más taquilleras: Torrente, presidente no es un impacto puntual, sino un fenómeno sostenido. Una película que, contra lo que podría pensarse, no continúa la saga. Y un fenómeno de éxito que apunta algo muy profundo.
Cuando en 1998 Santiago Segura estrenó El brazo tonto de la ley, el mecanismo de su triunfo fue la hipérbole: un exceso de personaje e historias que provocaban la carcajada. Hoy, el registro de Torrente, presidente es otro: funciona por mímesis (se queda corta): la película apenas arranca una sonrisa incómoda.
El fenómeno Torrente, presidente apunta al diagnóstico de este país con a) una política degradada, b) comunicación pública en caída libre y c) una ciudadanía en retirada.
Como muestra, la última semana judicial. Un desfile de declaraciones en torno a Ábalos, reverberaciones del Kitchen con Bárcenas, un conjunto de cuestiones que se presentan no como anomalías, sino como parte del sistema. Añádanle el bochorno de los videos del Comité Federal del PSOE que han visto la luz. Una vergüenza: porque hace tiempo que la política aspira no a la ejemplaridad, sino a la normalización del defecto.
Así las cosas, la corrupción en sí ya no nos escandaliza; lo que nos escandaliza es su mediocridad. Lo cutre, zafio, chusquero… torrentesco del tema. ¿Cómo es posible que un país que convirtió la picaresca en literatura hoy la haya reducido a tanta mediocridad? ¿Ni siquiera para delinquir se exige pericia? Basta un contacto y tres premisas: que el de al lado sea igual, que nadie mire demasiado y que la ciudadanía siga anestesiada.
«Cuando el ‘todos lo hacen’ opera como coartada, la degradación se normaliza»
Pero la mediocridad no se queda ahí: se extiende al relato. Porque importa tanto lo que pasa como cómo se cuenta. Hoy en día, demasiados medios han adoptado un registro torrentesco: el listo simpático, el pícaro blanqueado, la anécdota chusca (la «chinita») —las putas, la coca, las bragas, la choni—. Ojo, que la estrategia no es inocua: cuando el foco se desplaza, la gravedad se rebaja. Y, cuando el «todos lo hacen» opera como coartada, la degradación se normaliza.
Sin embargo, para mí, el indicio más grave del «fenómeno torrentil» es la retirada de la ciudadanía. Y conviene precisarlo. El taquillazo no es neutro: confirma que la exposición constante al escándalo amortigua la reacción. Hace más de 70 años, Robert K. Merton lo definió como disfunción narcotizante: consumir, comentar, compartir se convierte en dar por hecho que con eso basta. Mucha información, poca respuesta.
La sobreexposición rebaja el umbral de tolerancia. Se ve la película, se ven las noticias, se comenta con el vecino, se escribe un exabrupto en la red. Y se cree que ya se ha hecho algo. Mientras tanto, todo sigue.
El fenómeno Torrente es un aviso para navegantes: señala una democracia sin músculo moral que hay que rescatar urgentemente. Esto no va de humor ni de cine. Va de estándares. De límites. De lo que se tolera y de lo que se exige.
La dictadura de la mediocridad no cae sola. Se corta. O se asume.
Y hay algo que no admite demora: las próximas generaciones no merecen heredar un país donde lo mediocre no solo no penaliza, sino que manda y se venera.