Para medio milenio de Buscones
«Medio milenio después, aquel segoviano Pablos, hijo de una bruja y un barbero, creado por Quevedo, perfila a la perfección la política y la sociedad de hoy»

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Decía el gran Rafael Reig que la novela fundacional de la cultura hispánica no debería ser el Quijote, con ese virtuosismo intelectual de loco irónico, sino la mucho más terrenal y aun realista El Lazarillo de Tormes. La picaresca es un género casi exclusivo de este mundo literario español, y sus cimientos se construyen en ese barroco tan nuestro, mezcla de éxito político y miseria terrenal, dejando a un lado los idealismos renacentistas para entender mejor la oscuridad del mundo.
Se cumplen ahora cuatro siglos de la publicación de una de esas obras maestras del género picaresco, ese Buscón que nos dejó ese maestro llamado Quevedo. Publicado en Zaragoza en el año 1626, pasa por ser una obra de referencia de una de las épocas de mayor resplandor de nuestra historia artística. Casi medio milenio de una novela que, leída hoy, tanto tiempo después, casi define mejor la moral y la política del ser humano en nuestra sociedad que otros libros suyos más sesudos y filosóficos, como los Sueños, o la Política de Dios, gobierno de Cristo. Aquel poeta canalla, espadachín buscavidas, que se codeó con reyes y duces, con validos y papas, supo ver las miserias de un pueblo que se hundía poco a poco.
Como digo, medio milenio después, aquel segoviano Pablos, hijo de una bruja y un barbero, perfila a la perfección la política y la sociedad de hoy. Uno lee la portada de THE OBJECTIVE y ve políticos pagando casas a mujeres por amor, gente trincando por detrás lo que por delante eran promesas de una vida maravillosa que no llega, rumores de amaño en elecciones, delitos a plena luz del día por un trozo de pan, ciudadanos viviendo por debajo de lo que llevan viviendo en las últimas décadas, y en general se ve venir la oscuridad que cubrió el Barroco tantos siglos antes.
La literatura española ha sabido entender que en la satirización del mundo está su realidad. No en vano, hay más esencia hispánica en las Coplas del Mingo Revulgo, en Valle-Inclán o en Jardiel Poncela que en cualquiera de las tesis de nuestros filósofos más reputados. Hablando del más reputado, el ínclito Ortega, hablaba de hasta qué punto las vanguardias habían deshumanizado el arte, alejándolo de la realidad. Lo grotesco en la literatura hispánica es justo el movimiento contrario: acerca la realidad, en tantas ocasiones miserable, al pueblo a través de su herramienta más accesible: el humor.
«La misma caterva que lleva tanto tiempo destruyendo una sociedad estaba ya presente en Quevedo»
Por tanto, es conveniente acercarse, como siempre intento hacer en estas columnas, a los clásicos para entender el mundo que nos rodea. Los políticos que quieren engañar la vigilancia del rey, el amor por interés a varias bandas, el verdugo con ganas de ajusticiar al que le traicionó, el pobre que se hace pasar por rico, los cómicos que se intentan ganar al poder… La misma caterva que lleva tanto tiempo destruyendo una sociedad, por lo demás, rica en sacrificios y buenas costumbres, estaba ya presente en Quevedo.
La novela, por cierto, promete una segunda parte que don Francisco nunca nos hizo llegar. Y ese final, digamos, incierto, explica también de manera preclara los designios de este país: «Y fueme peor, como v.m. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres».