The Objective
Carlos Mayoral

El guerracivilismo del 'Guernica'

«Sacar a colación esta pintura tiene algo de movilizar a los tuyos, de hacerles creer de manera impostada que hay alguien que lucha por su ideología»

Opinión
El guerracivilismo del ‘Guernica’

Ilustración de Alejandra Svriz.

Entre los distintos naipes que el Gobierno central está poniendo sobre la mesa a la hora de negociar futuras alianzas con el Gobierno Vasco se halla el traslado del Guernica, ya saben, el simbólico cuadro de Picasso, al museo Guggenheim de Bilbao. Sucede esta petición en un momento de zozobra política, los apoyos son pocos y desesperados, y además el hecho de aceptar esta suerte de exigencia sería un gesto que, dentro de una política habitual de gestos, se adapta como anillo al dedo al relato del Ejecutivo.

Técnicamente se ha desaconsejado en múltiples ocasiones el traslado de este tipo de arte ya de por sí suficientemente manipulado. Leo en un texto de Miguel Ángel Cajigal que, la última vez que el cuadro se movió, hubo de montar un despliegue único en la historia, y eso que apenas lo movieron un kilómetro. Más allá de esta obviedad, el traslado me parecía un error por una mera cuestión social. Vivimos en un contexto donde todo se guerraciviliza, donde cualquier tema, da igual si es una cuestión geopolítica, el último partido del Racing en el Sardinero o la receta del finalista de Masterchef, es capaz de crear dos facciones vociferantes que encuentran en el enfrentamiento su modus vivendi.

«Se trata de cavar trincheras, de manera metafórica, para que el potencial votante se refugie y pueda disparar a gusto su proclama»

Por eso, deduzco que sacar a colación esta pintura tiene algo de esto, es decir, de movilizar a los tuyos, de hacerles creer de manera impostada que hay alguien que lucha por su ideología. Me da igual si nacionalistas vascos, si votantes de derechas o votantes de izquierdas: cualquiera localiza en cuestión de segundos quién le representa ideológicamente en esta historia de tintes polarizantes, y puede agarrarse a ese falso salvador para vomitar su dogmatismo cerril. Se trata de cavar trincheras, de manera metafórica, para que el potencial votante se refugie y pueda disparar a gusto su proclama.

Y «trinchera» es un término que viene le bien a este juntaletras. Porque el Guernica, digamos en una personificación algo cursi, es un cuadro pacifista. Picasso lo pintó en un ambiente de extremo belicismo, en homenaje a las víctimas del homónimo pueblo vasco. Con el correr de los años, ese homenaje se hizo extensible: aquellas víctimas ya no eran ni vascas ni españolas, eran universales. Se convirtió en un símbolo de concordia, en un retrato de lo que el mundo fue en los años treinta y cuarenta, pero sobre todo en el mundo que podría ser si atendemos a la historia.

Así sobrevivió el cuadro a la Segunda Guerra Mundial, a sus exilios por los países nórdicos, a los zumbados que querían rajarlo en el MoMA durante la guerra de Vietnam, e incluso a los últimos bosquejos franquistas que obligaban a colocarle cristales antibalas en el Casón del Buen Retiro. Ahora descansa tranquilo, sin protección alguna, en su casa del Reina Sofía, quizá en una metáfora simple de los años relajados que la Transición nos dio. Así que olviden sus ideas sectarias en torno al cuadro y déjenlo donde esta, al servicio del arte, el más universal de los conceptos.

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