The Objective
Carlos Mayoral

Entre la Audiencia Nacional y el Papa

«Hay algo profundamente teatral en ver a quienes han desvalijado las arcas comunes agachar la cabeza ante el vicario de Cristo, esperando quizás una amnistía divina»

Opinión
Entre la Audiencia Nacional y el Papa

Ilustración generada mediante IA.

El olor a incienso suele ser un excelente desinfectante para los despachos oficiales. Lleva el Papa a España su infalible liturgia de solideo y manos juntas, y no tardaremos en ver el paisaje nacional, habitualmente tiznado por el fango de los juzgados, cobrando una pátina de beatitud transitoria. Es la magia del contraste. En una España donde los titulares matutinos se redactan en los banquillos de la Audiencia Nacional, la llegada del Sumo Pontífice opera como un bálsamo de olvido programado, una tregua celestial para una clase política que prefiere el latín del rezo al castellano limpio de las comisiones de investigación.

Resulta hipnótico observar la coreografía del poder. Ministros, presidentes y alcaldes, cuyos nombres duermen en sumarios judiciales por el desvío de caudales públicos, se agolpan estos días en la fila del besamanos. Buscan la foto. Ansían ese destello de luz vaticana que borre, aunque sea por la duración de un telediario, la mancha persistente del cohecho y la malversación. Hay algo profundamente teatral, casi un esperpento de Valle-Inclán, en ver a quienes han desvalijado las arcas comunes agachar la cabeza ante el vicario de Cristo, esperando quizás que una bendición papal actúe como una amnistía divina o, al menos, como una eficaz campaña de relaciones públicas.

«Una puesta en escena impecable donde los pecadores oficiales no buscan la redención, sino la coartada perfecta»

El contraste es obsceno. El Papa habla en sus homilías de la opción preferencial por los pobres, de la ética en las instituciones y del veneno de la codicia. Lo hace frente a una primera fila de autoridades que ha convertido la picaresca en BOE y el tráfico de influencias en deporte nacional. Mientras el pontífice condena la cultura del descarte, aquí se perfecciona la cultura del porcentaje. La corrupción en España no es un mal endémico de manzanas podridas; es un diseño arquitectónico, un sistema de peajes donde el dinero de los hospitales y las escuelas termina financiando campañas electorales o engordando cuentas en Suiza. Que los mismos que sostienen esa estructura se confiesen ahora devotos admiradores del mensaje evangélico es una pirueta cínica que exigiría la intervención de un teólogo, o de un psiquiatra.

La visita concluirá, los altares desmontables abandonarán las plazas y los fieles regresarán a sus rutinas. El Papa volará de vuelta a Roma dejando tras de sí un eco de palabras justas. Pero en los despachos de la capital, una vez guardados los trajes de los domingos, la maquinaria del clientelismo volverá a rodar con su engrasada monotonía. El incienso se disipará pronto. Y bajo el aroma efímero de la santidad, volverá a flotar el olor rancio de la podredumbre, recordándonos que en este rincón del mundo la fe se utiliza para tapar las vergüenzas y la oración no es más que el prólogo del siguiente pelotazo.

Al final, nos queda la sospecha de que la púrpura vaticana solo sirve para decorar un escenario en ruinas. Una puesta en escena impecable donde los pecadores oficiales no buscan la redención, sino la coartada perfecta. Dios perdone a España, porque sus gobernantes no tienen intención de enmendarse.

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