The Objective
Joseba Louzao

La paradoja católica de León XIV

«La secularización no implica desaparición de lo religioso, ni la pérdida de centralidad social del catolicismo equivale a su irrelevancia»

Opinión
La paradoja católica de León XIV

Ilustración generada mediante IA.

Después de tres jornadas en España, y con un constante baño de multitudes, parece evidente que el catolicismo patrio necesitaba la visita de un papa. Juan Pablo II y Benedicto XVI habían estado en diversas ocasiones. En cambio, Francisco siempre se resistió. Su foco estaba en otros lugares, más allá de la órbita occidental, países donde el catolicismo es una minoría sufriente. Esa actitud incomodó a una parte de la Iglesia española. Más aún cuando el pontífice argentino, en una de sus habituales conversaciones de avión con periodistas, señaló que visitaría el país cuando hubiese paz. Había una herida que sanar.

Muchas cosas han cambiado desde la última visita de Benedicto XVI. El país es diferente, y también lo es la Iglesia católica. Nadie, salvo contadas excepciones, ha querido levantar la bandera de la cuestión religiosa para la batalla política. Sólo minorías situadas a ambos lados del espectro político han intentado generar las habituales polémicas, con escaso éxito social. El contexto también ha ayudado a que el foco partidista esté muy lejos de la dinámica conflictiva de las visitas de Benedicto XVI, cuando la oleada del 15-M se encontró en las calles con la juventud católica. Eso no significa que la religión haya desaparecido como clivaje político en nuestro país. Reaparecerá, con seguridad, sin embargo, en esta visita no ha servido para la movilización política.

León XIV visita un país que cada vez tiene menos católicos, aunque algunos indicadores apunten a un cierto repunte entre los más jóvenes. Según los datos que manejamos, la población que se considera católica ha pasado del 73,4% en 2011 al 56,1% en 2026. La práctica también se ha reducido considerablemente. El descenso de los bautizos y de los matrimonios religiosos es especialmente significativo. El caso de los matrimonios resulta elocuente. En poco más de una década, los enlaces por la Iglesia han perdido más de la mitad de su peso social.

Por eso puede parecer paradójica la cantidad de personas que han salido en Madrid para acudir a las celebraciones con el papa. Sólo lo es en apariencia. La secularización no implica desaparición de lo religioso, ni la pérdida de centralidad social del catolicismo equivale a su irrelevancia. La Iglesia católica española conserva una notable capacidad de convocatoria y una resonancia pública que no se puede subestimar. Pese a los analistas que han repetido estos días la imagen de Madrid como capital del evangelismo, esos movimientos no tienen hoy la misma capacidad numérica y de movilización pública que el catolicismo.

Aunque tampoco conviene olvidarse de estas transformaciones olvidadas en los análisis habituales. Las propias estadísticas no captan la fuerza creciente del islam, de las iglesias evangélicas y de otras formas de pertenencia religiosa. Más que hablar únicamente de secularización, quizá deberíamos referirnos a una recomposición del hecho religioso y de un aprendizaje del pluralismo religioso. Que, por cierto, costará tanto a los creyentes como a los no creyentes. 

«Frente a la polarización que acompañó a Francisco, la Iglesia española ha encontrado en León XIV una figura moderadora»

En esta misma línea, durante más de una década, los estudios subrayaban que muchos jóvenes se consideraban espirituales, pero no religiosos. Los especialistas nos han enseñado a mirar la interrelación entre la demanda y la oferta. La demanda de sentido no desaparece con facilidad; lo que cambia son las formas disponibles para canalizarla. En el contexto actual, el catolicismo parece haber encontrado una ventana de oportunidad entre algunos sectores juveniles, aunque todavía está por ver si ese repunte logra frenar el descenso estadístico. Porque en un mundo fragmentado, marcado por la desinstitucionalización y el emotivismo, ese crecimiento también tiene sus propios límites, sobre todo si se mide con las categorías tradicionales de pertenencia y práctica sacramental. 

Además, frente a la polarización eclesial que acompañó parte de la agenda reformista de Francisco, la Iglesia española ha encontrado en León XIV una figura moderadora y articuladora. Su perfil resulta menos reactivo para las distintas sensibilidades eclesiales. Quizá una de las sorpresas de esta visita haya sido precisamente que se está movilizando una Iglesia más plural de lo que a veces se ha representado. En las calles se han reconocido creyentes de sensibilidades religiosas y políticas distintas, esas que conviven en la Iglesia desde el Concilio Vaticano II y que estos días se han encontrado bajo una misma gramática pública de la fe. Puede que esto hable del contexto eclesial actual, o quizá de una cierta madurez en la línea sinodal impulsada por el papa argentino. En cualquier caso, el timing de León XIV en España ha jugado a su favor.

Pero el hito que mejor demuestra hasta qué punto han cambiado las cosas ha sido el discurso del pontífice en el Congreso de los Diputados, algo que hasta hace poco parecía inimaginable. Más aún si se tiene en cuenta que recibió una ovación de seis minutos largos. Quizá la razón resida en que casi todos los grupos políticos encontraron algún punto de proximidad con los planteamientos de León XIV, aunque para ello tuvieran que dejar en segundo plano aquello que les incomodaba. Resulta revelador que algunos de los más contrariados hayan sido sectores de Vox, precisamente un partido que ha hecho de la identidad católica una bandera política. También lo es que una defensa vigorosa de la vida humana fuera aplaudida por una parte significativa de la izquierda parlamentaria.

En el Congreso, León XIV elaboró un discurso constructivo, en el que acentuó algunas de las claves que ha ido repitiendo a lo largo de este viaje con subrayados diferentes. No fue un discurso rupturista —tampoco podría serlo—, porque comparte los mismos fundamentos que los pronunciados por Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco en otros parlamentos internacionales: una defensa incondicional de la dignidad de la vida humana, una reivindicación de la política como servicio al bien común, una apelación a la memoria como recurso político-moral y la centralidad de los más vulnerables, en esta ocasión los migrantes.

«León XIV ha recordado la necesidad de una sana convivencia y los peligros de la confrontación»

En sus viajes, el papa habla para la población local, pero también para la Iglesia universal. En España, cada cual ha intentado arrimar el mensaje a su propia retórica partidista, pero el discurso se resiste a esa apropiación. Puede incomodar a todos en algún punto porque no está pensado para confirmar ninguna ideología política.

El propio León XIV ha recordado la importancia de tejer redes, la necesidad de una sana convivencia y los peligros de la confrontación. Pocos actos de esta legislatura —y quizá también de las anteriores— han mostrado una imagen de mayor sintonía entre nuestros representantes. Pero no nos engañemos. En cuanto León XIV se marche, volveremos a las andadas. Al menos, durante estos días, los católicos españoles han tenido la oportunidad de reconocerse de nuevo en el espacio público sin sentirse atrapados por los mecanismos de la polarización política. Y eso, en la España de hoy, no es poca cosa.

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