La lengua de Dios
«Como ha contado Juaristi en sus ensayos, los nacionalistas vascos se empeñaron durante siglos en demostrar que el euskera era la lengua original del Paraíso»

Ilustración de Alejandra Svriz.
La visita del Papa nos ha dejado un ejemplo más de lo que Alexander Pope llamaba, parodiando a Longino, peri bathous o el arte de hacer el ridículo tratando de alcanzar lo sublime. Durante el pasamanos previo a su discurso en el Congreso, la portavoz de Junts, la exoftálmica Míriam Nogueras, osó cogerle la mano al Pontífice para comunicarle, con gran solemnidad y por supuesto en inglés, para no mancharse utilizando la lengua de los opresores, que ella era «catalana como Gaudí» y que esperaba que su Santidad disfrutara de su inminente visita a Cataluña, cruzando la frontera para llegar a la tierra prometida de my nation. Luego el senador Eduard Pujol, también de Junts, remató la faena y se atrevió a advertir al obispo de Roma que «hablar la lengua de la tierra que os acoge es un acto de amor y de respeto», utilizando en su caso el italiano, seguramente para darle la razón a Dante cuando escribió aquello de l’avara povertà di Catalogna. (Dante, por cierto, no tenía nada contra los catalanes y ese verso, que ha escaldado a varias generaciones de fanáticos, cuando aún leían, era solo una metáfora de la Corona de Aragón, pero bien está que la justicia poética haya terminado por tergiversar su sentido original para describir hoy la indigencia moral de un tipo como el senador Pujol).
Ante semejante demostración de mal gusto, grosería, sectarismo e ignorancia, uno no puede más que llevarse las manos a la cabeza, sobre todo porque las actuaciones patéticas de Nogueras y Pujol, lejos de dignificar la catalanidad que dicen representar, no hacen sino humillarla y mancillarla sin remedio, provocando el efecto contrario al buscado y sonrojando de vergüenza ajena a la colonizada nación milenaria de sus desvelos. Para empezar, todo el mundo sabe o debería saber —las reglas de protocolo son ya una gramática de las formas tan olvidada y descuidada como la de la propia lengua— que a un Papa, lo mismo que a un rey o a cualquiera que ostente una dignidad simbólica de ese rango, no se le puede dirigir la palabra en público si él no toma la iniciativa, como tampoco se les puede dar la mano si ellos no propician el saludo. (De todos los presidentes de la democracia, por cierto, el más escrupuloso al respecto fue siempre Felipe González, que al recibir un abrazo del rey Juan Carlos, por ejemplo, solía quedarse firme, dejándose abrazar, pero sin devolver el gesto, como instintivamente hacían otros). ¿Que nadie se fija en estos detalles? ¡Pero si Dios está en los detalles!
Resulta deprimente y descorazonador comprobar que este país, así pasen generaciones, guerras, dictaduras, transiciones y europas, no deje de ser la sempiterna Celtiberia de todos los demonios, incapaz de mantener un acuerdo mínimo en torno a los principios fundamentales de la modernidad política –la isonomía y la superación de la comunidad de sangre, con sus espurias identidades– y en cambio se apresure a doblegarse unánime ante la autoridad atávica del Papa, vicario de Cristo y —cosa que suele olvidarse— última encarnación de los emperadores romanos, cuya veritas absoluta y teñida de púrpura sigue vigente en su dignidad de Pontífice. La beatería más superficial y folklórica atraviesa todo el arco parlamentario, en Cataluña como en Madrid, el País Vasco, Andalucía o Baleares, uniendo a monárquicos y republicanos, izquierdistas y conservadores, conversos y cristianos viejos, todos a una hincándose de rodillas mientras la cosa pública se desangra por el inalterable fratricidio de los que se revelan idénticos y hermanos en Cristo.
Pero al mismo tiempo, hélas, el particularismo no deja de asomar una y otra vez y nuestros fervorosos creyentes quieren tener cada uno su palio con su bandera y su Dios en su propia lengua, con su San Jerónimo trabajando a su exclusivo servicio. Como ha contado Jon Juaristi en sus ensayos, los nacionalistas vascos se empeñaron durante siglos en demostrar que el euskera era la lengua original del Paraíso, hablada por Adán y anterior a la dispersión de Babel gracias al heroísmo de Tubal, el verdadero patriarca de Iberia. No deja de tener su coña imaginarse a Adán y Eva departiendo en euskera con la serpiente encapuchada, sobre todo si sabemos, como ha demostrado Juaristi —lo mismo que Eduardo Gil Bera— que la lengua del Edén en realidad sobrevivió gracias a una potente influencia del latín. A fin de cuentas, cuando la pareja del Génesis se despedía del ofidio con un agur, no estaba sino anticipando lo que en latín sería augurium, precedente a su vez de lo que en el mejor italiano del senador Pujol se transformaría en auguri, con el matiz de felicidades.
Huelga decir que los catalanes nunca hubieran aceptado esa teoría acerca de la lengua del Paraíso, pues ellos también han querido siempre tener su parte preponderante y genesíaca en la catolicidad, aun a riesgo de convertirse en un oxímoron feligrés. Cuando murió Juan Pablo II, Artur Mas declaró que aquel Papa «no había hecho nada por Cataluña». Años después, un dirigente de ERC, Joan Puigcercós, hoy felizmente olvidado, como pronto lo será su descendiente Rufián, sostuvo que ellos abogaban por una Iglesia católica pero catalana, extraño cisma donde los haya. ¡Católico, apostólico y catalán! Lo mismo ha estado defendiendo estos días el actor Joel Joan, vigilante y chivato a tiempo completo de la pureza racial e ideológica de su Jerusalén, acosando en redes al arzobispo Omella por su supuesto españolismo. ¡Con lo que ha trabajado el pobre para que Prevost chapurreara cuatro frases de catalán charnego!
«La beatería más superficial y folklórica atraviesa todo el arco parlamentario, en Cataluña, Madrid, el País Vasco, Andalucía o Baleares, uniendo a monárquicos y republicanos, izquierdistas y conservadores, conversos y cristianos viejos»
Da la casualidad de que escribo estas líneas en Londres. Ayer mismo, paseando por Fleet Street, pasamos sin querer ante la Catalonia House, que en su escaparate muestra un cartel que celebra 40 years of Catalonia in the European Union, otro extraño oxímoron, este con una fuerte carga surrealista. Una comunidad autónoma española, integrada en la Unión Europea gracias a su pertenencia al Reino de España, celebra en el Reino Unido, autoexpulsado de la UE según un credo ultranacionalista muy próximo al que ha gobernado la Generalitat en los últimos cuarenta años, el aniversario de su ingreso —el suyo tan solo— en una Unión mientras pregona la desunión en su propia casa. Vivimos ya, sin pausa y sin tregua, en una película de Monty Python. El único problema es que el público ha desaparecido. Ya solo faltan los extraterrestres del niño Spielberg.
En la payasada de Nogueras y Pujol, en fin, se demuestra una vez más el indisimulado clasismo que anima al nacionalismo en Cataluña, resumido en un viejo chiste —o quizá una anécdota verídica— que le pasó a un antiguo prócer de las esencias patrias y que Gabriel Ferrater solía contar en sus clases. Paseaba el hombre por Barcelona con un invitado extranjero, aún en pleno franquismo, cuando pasaron los dos junto a una obra en que los albañiles, por supuesto, hablaban español. El foráneo se paró a contemplar la escena y le dijo a su anfitrión: «Ahí están los oprimidos». Pero el prócer se apresuró a corregirlo, muy enfadado: «¡No, no, estos son los opresores!». Se trata de la misma esquizofrenia moral que lleva a los nacionalistas a fomentar en Cataluña la inmigración africana frente a la latinoamericana porque esta última supone aceptar más invasión de la peste lingüística española.
Quien habla solo espera hablar a Dios un día, escribió Antonio Machado sabiendo que así desafiaba el control de la verdad constitutivo del catolicismo romano, que se ha basado y se sigue basando, a pesar de las aperturas y las babelias postconciliares, en una versión única de las Escrituras, intermediada y de interpretación inamovible. Graecum est, non legitur, señores de Junts, nacionalistas de todo pelaje, hijos todos del mismo latín litúrgico, único y universal. No se impacienten. Como dijo Chesterton, que para eso era un verdadero católico, todas las lenguas están siempre muriendo. La única forma de escapar a ese flujo es aceptar como lengua de Dios una lengua que ya ha muerto y que, por tanto, es inmortal.