El lince y el coyote
«Ayuso y Sheinbaum representan en su polémica la vaciedad gemela, incapaz de afirmar nada que no sea la negación del mensaje publicitario del otro»

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Estas semanas nos han regalado otro de los cada vez más habituales espectáculos de indigesto maniqueísmo ideológico con el que se está conformando la política de este siglo XXI. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, se fue a México a defender la memoria de Hernán Cortés, ultrajada en justa correspondencia por Claudia Sheinbaum, que encarna a la perfecta némesis de la madrileña, lo mismo que Pedro Sánchez aquí. Hoy los políticos no necesitan dotarse de ningún ideario más o menos arraigado en una tradición intelectual, sino que se limitan a ocupar un absoluto que funcione como identidad gemela de otra a la que se abrazan, rechazándola pero incorporándola a su propia razón de ser.
Ayuso, por supuesto, no sabe ni quiere saber nada de Hernán Cortés, y a la presidenta mexicana solo le interesan las atrocidades cometidas por el conquistador como baluarte para defender la pureza indígena de la que se siente representante. Como se ve, en esa dialéctica banal y publicitaria ha desaparecido por completo la huella viviente del pasado, el aliento de lo que fue imaginado bajo el relámpago del peligro, objetivo a la vez imposible e inexcusable del historiador. La memoria queda así desahuciada en una lucha por el control del poder histórico, base a su vez de una rentabilidad electoral que se está convirtiendo en el único contenido de las democracias de este siglo. Pedro Sánchez ya ha reducido toda su acción política a resistir encastillado en el absoluto que le distinga de su gemelo comercial y por eso solo es capaz de argüir que su Gobierno debe continuar para «pervivir frente a los Mileis», como ha proclamado en su patética participación en la campaña de las autonómicas andaluzas.
En el siglo pasado, Claude Lévi-Strauss recurrió al mito de los gemelos para tratar de explicarse, justamente, las diferencias culturales entre los conquistadores y los amerindios. En Historia de lince (1992), el antropólogo analizó diversos mitos de parejas en el norte y el sur de América Latina para llegar a la conclusión de que en el imaginario de la creación indígena ya se había contemplado la existencia de los ‘no-indios’, es decir, de los blancos occidentales que terminarían por llegar e invadir su cultura. En la estructura bipartita de la mentalidad ancestral de los indios americanos, el gemelo no era un idéntico puro, sino que había generado a su opuesto, revelando la alteridad constitutiva de la unidad humana. El lince que daba título a su obra era inseparable del coyote, una de esas parejas míticas que en su oposición contenían la diferencia que nunca puede erradicarse y que en sí misma constituye la prueba más contundente contra el racismo.
Lévi-Strauss contraponía esa geminidad alterada con la simétrica y perfecta que se evidenciaba en el mito europeo de Cástor y Pólux, los Dioscuros, hijos de Zeus, uno mortal y otro inmortal. Cuando Cástor murió, Pólux le pidió desolado a su padre que le concediera la inmortalidad a su hermano o que le despojara del privilegio a él mismo para poder estar en el inframundo con su mellizo. Zeus resolvió entonces concederles a ambos la condición simultánea de mortales e inmortales, de tal manera que pudieran estar juntos tanto en el Olimpo como en el Hades. La última diferencia que les separaba quedó así superada. Los gemelos terminaron por inmortalizarse en la constelación Géminis, que desde entonces sirve como guía a los navegantes en la noche.
En su denuncia de esa voluntad de perfección entre idénticos, Lévi-Strauss estaba de alguna manera incardinándose en la idea de «barbarie interior» que formularía más tarde Jean François Mattéi para tratar de explicarse la catástrofe moral del nazismo y el comunismo en el siglo XX. Para el filósofo francés especialista en Grecia, el cultivo de una interioridad cada vez más radical en la filosofía terminó generando un absolutismo que luego se tradujo en un imperialismo político cuya manifestación más brutal y reciente había sido la de los totalitarismos de izquierdas y de derechas. Una gemelidad ideológica, añadimos ahora, de la que aún somos hijos y que en nuestro tiempo se está metamorfoseando en una nueva guerra cultural cada vez más desustanciada y estúpida, pero no por ello menos deletérea.
«Pedro Sánchez ya ha reducido toda su acción política a resistir encastillado en el absoluto que le distinga de su gemelo comercial y por eso solo es capaz de argüir que su Gobierno debe continuar para pervivir frente a los Mileis»
Ayuso y Sheinbaum representan en su polémica la vaciedad gemela de nuestro tiempo, incapaz de afirmar nada que no sea la negación del mensaje publicitario del otro. Ayuso apela a la civilización frente al bárbaro, ahondando sin saberlo en la barbarie interior de la que ha surgido la «universalidad» espuria y totalizadora que siempre han invocado los colonialismos de toda laya. Y por su parte, Sheinbaum invoca una presunta inocencia moral indígena que en el fondo no hace sino desvirtuar el mito de la alteridad constitutiva que Lévi-Strauss vio en la leyenda del lince y el coyote. Como ha denunciado recientemente David Rieff en Deseo y destino (Debate), esa relación ingenua con la historia que hoy mantiene la izquierda se remonta a la pretensión comunista de crear un hombre nuevo y a la satanización del pasado en la Revolución Cultural china.
Las dos posturas ideológicas, por tanto, se nutren de lo peor que ha dado el siglo XX. Ayuso, y en general la derecha, entretienen con su imperialismo nostálgico un relato fantasioso y contrafactual de la conquista cuya expresión más hortera es Malinche, el musical de Nacho Cano que debería avergonzar a cualquiera con un poco de gusto y una mínima conciencia histórica. Sheinbaum, y en el general la izquierda, se limitan a contestar con una apología de la víctima, reduciendo el problema del colonialismo y el mestizaje a una serie de estereotipos que no sirven sino como pendant en la exhibición de trofeos que uno y otro bando se dedican a vender a su clientela cada vez más adocenada y desinteresada de cualquier atisbo de complejidad que pueda obligarla a abandonar la comodidad de su fanatismo teledirigido.
Ser ciudadano —y no un mero activista— debería suponer hoy en día tener una conciencia mucho más responsable y crítica de la herencia política de lo que fue «el olvidado siglo XX», para decirlo con el malogrado Tony Judt, con quien algunos aprendimos a liberarnos de las falsedades y las tergiversaciones que han santificado a la izquierda y a prevenirnos, al mismo tiempo, contra la borrachera ultraliberal que generalizó la caída del muro de Berlín. Porque ese olvido, hoy mucho más pronunciado que en vida de Judt, está provocando un enconamiento de posturas pseudoideológicas cada vez más ligeras y vacías que, al cebarse con la historia y por tanto con el conocimiento, intenta convertirnos a todos en caníbales gemelos completamente desentendidos de la unidad que siempre han custodiado con su diferencia el lince y el coyote.