The Objective
Andreu Jaume

Una reflexión sobre el periodismo

«Pronto nos despertaremos rodeados de enemigos por todas partes y convencidos de que no necesitamos la democracia para nada»

Opinión
Una reflexión sobre el periodismo

Ilustración generada por la IA.

Hace ya más de un siglo que Walter Lippmann, en su clásico La opinión pública (1922), consideró que la democracia no estaba preparada para el estallido de los mass media y su constante producción de estereotipos, condenando al votante a una inevitable ceguera frente a la realidad. Gracias a la propaganda, el público consumidor se había convertido en un «rebaño desconcertado» preso en un «pseudoentorno» que distorsionaba la visión compartida del mundo y la sociedad, fundamento de la democracia que quedaba así fatalmente pervertido. Como remedio a esa situación, Lippmann recetaba, un poco como Ortega en La rebelión de las masas, la necesidad de una élite cualificada que pudiera sustraerse al ruido y la publicidad para guiar al electorado en la fría y desapasionada consideración de la problemática de su tiempo.

Nuestra época está conociendo una transformación profunda y vertiginosa de la esfera pública entendida según esos parámetros. Cualquier apelación a una minoría selecta y rectora suena hoy a chiste de mal gusto y trasnochado. Si hace más de cien años, según Lippmann, la democracia estaba colapsando por el imperio de esa doxa masiva y distorsionadora, hoy la democracia ya puede considerarse el imperio de una opinión absoluta que no conoce fronteras entre lo privado y lo público, concentrándose en un nuevo espacio que aún espera una denominación precisa. La revolución digital ha traído consigo la destrucción de las clásicas jerarquías que hacían posible la existencia de un concepto como «opinión pública». El acceso masivo a internet ha convertido a cada consumidor de noticias en un reportero de sí mismo integrado en grandes o pequeñas empresas de propaganda que a menudo le arriendan una falsa y transitoria autonomía intelectual e ideológica. Pero, al mismo tiempo, los periódicos han tenido que ceder su antigua soberanía a los arrendatarios en un juego de mutua dependencia que ha intoxicado aún más la percepción de la realidad.

El fenómeno explicaría, al menos en parte, la cada vez más ostensible invasión del lenguaje privado, muchas veces espontáneo, irreflexivo y visceral, en los dominios de lo que antes era una expresión pública regida por una serie de normas y convenciones que obligaban a templar y considerar con calma reacciones primarias que hoy se exhiben sin el menor pudor en columnas y tribunas a menudo tituladas con exabruptos y latiguillos. Ese proceso de igualación total en el campo de la opinión y la información, con la proliferación de youtubers dedicados a aumentar cada día la radicalización de su audiencia, ha conseguido que buena parte de lo que antes llamábamos «periodistas» se hayan convertido en «activistas» a favor de uno u otro bando, soldados cada vez más desentendidos de la verdad eclipsada por el estereotipo o la consigna. Al desaparecer la distancia de respeto entre lectores y prescriptores, la opinión tiene que jugar en un campo cada vez más sucio y bajo para ganarse la confianza de la clientela, que solo se reconoce en el igual que le tutea y asume su jerga, sancionada en el nuevo hábitat de las redes sociales.

Solo así se explican casos como el que ha sufrido a lo largo de los últimos años la periodista de esta casa Ketty Garat, autora de la investigación que ha destapado la presunta trama de corrupción que ha acompañado a Pedro Sánchez desde sus inicios. Cuando empezó a publicar sus exclusivas relativas al ministro Ábalos, la periodista fue objeto de acoso por parte del PSOE y los partidos de ultraizquierda que conforman la coalición gubernamental. Pablo Iglesias, por ejemplo, publicó en 2021, al calor de las primeras revelaciones acerca del ministro, un artículo titulado Periodismo basura: farlopa, coprofilia y cintas de vídeo (Contexto), una pieza que no cabe sino calificar de abyecta y que desacredita para siempre a su autor y a quienes lo jalean. Pero la campaña de desprestigio no se limitó, como solía ocurrir, al poder que se sentía atacado, sino que ese mismo poder contó con la ayuda privilegiada de una buena parte de los compañeros de profesión de Garat, que de la noche a la mañana se vio ninguneada y señalada públicamente por sus colegas.

No deja de ser irónico, por no decir patético, que muchos de esos periodistas firmaran hace unos meses un manifiesto, encabezado por el propio Pablo Iglesias, que se titulaba Por una esfera pública libre de acoso, amenazas y odio, ideal que cualquier ciudadano decente suscribiría, pero que evidentemente no puede dirigirse de una parte contra otra, puesto que la prensa manifestante debería aplicarse el cuento con la misma severidad que exige al resto. Efectivamente, como se lee en el panfleto de marras, «la historia enseña que el fin último del autoritarismo es silenciar todo relato diferente al suyo», que es ni más ni menos lo que han intentado hacer y siguen haciendo los medios de comunicación afines a Sánchez con una impúdica obsecuencia que promete convertirse en uno de los capítulos más vergonzosos de la democracia española.

La esfera pública, tal y como se entendió desde el siglo XVIII hasta finales del XX, ya no existe. El «pseudoentorno» del que hablaba Lippmann se ha convertido en el trampantojo de una realidad cada vez más aséptica e inodora, desvirtuada por el proceso de constante e infinita virtualización que sufre sin descanso en nuestras pantallas. Si Ferlosio, en la época del papel, habló de «cajas vacías» para referirse al mecanismo por el cual el recipiente precede al contenido y reclama como «boca vociferante» la producción de algo que lo llene, hoy deberíamos hablar de una única y ubicua «pantalla vacía» en la que todos, periodistas, lectores, columnistas, consumidores y empresarios, tenemos que verter cada día nuestra voluntaria y colegiada participación, el tentetieso sostenido por el alambre ideológico, mientras la realidad, por supuesto, se desangra donde siempre.

Se celebran estos días los fastos por el cincuenta aniversario de El País, oficiales algunos y clandestinos los que reúnen a los expulsados de la actual ortodoxia. Pero, si atendemos a los principios que invocan sus hodiernos responsables, la celebración se convierte más bien en un responso. Aunque se llame del mismo modo, es evidente que el periódico ya no tiene nada que ver con lo que fue hace medio siglo, en primer lugar porque su mundo ha desaparecido. Si uno toma como modelo los diez primeros años del rotativo, probablemente los mejores, con Javier Pradera como jefe de opinión, podrá comprobar cómo funcionaba entonces la esfera pública. Pradera, por ejemplo, fue quien convenció a Sánchez Ferlosio para escribir artículos en el periódico, algunos de los cuales siguen siendo piezas antológicas. Cuando el PSOE disfrutaba de sus mayorías más absolutas y Felipe González de su autoridad más incuestionada, Ferlosio pudo publicar en El País sus críticas más demoledoras a la política del Gobierno sin que nadie cuestionara su derecho a ello ni la independencia del diario para ampararlo.

Son muchos los que hoy podrían demostrar que en ese mismo periódico no ha ocurrido lo mismo con Sánchez como presidente, que ha logrado afianzar una sumisión clientelar a su servicio tan elocuente con respecto a su propia catadura moral como a la de quienes han decidido prestarle su servidumbre voluntaria. Es verdad que el mundo ha cambiado para todos y el enemigo ya no es común, sino particular. El País nació con la democracia tras cuarenta años de una dictadura sobre la que había caído el «atroz silencio» que vaticinó Ortega en su necrológica sobre Unamuno. Cincuenta años después, ya nos hemos olvidado de lo que fue vivir bajo la «Prensa del Movimiento» y, en aras de una espuria pureza ideológica, aceptamos que se practiquen vejaciones públicas a periodistas por decir que el emperador está desnudo.

El reto de defender la supervivencia de las democracias debería ser compartido por todos los ciudadanos, más allá del ridículo espantajo de la ultraderecha o el comunismo, juegos para entretenernos en las batallas del pasado mientras avanza una nueva amenaza de la que formamos parte sin darnos cuenta. A este paso, pronto nos despertaremos rodeados de enemigos por todas partes y convencidos de que no necesitamos la democracia para nada. Si algo sabemos de esa nueva esfera que está sustituyendo a la vieja opinión pública, es que ahora, para bien o para mal, todos somos mucho más responsables.

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