The Objective
Marcos Ondarra

La eterna hipocresía de los aliados

«Los aliados saben que el ‘Me Too’ es injusto, que es inquisitorial, pero bajan la cabeza y cruzan los dedos para que no les toque. A todos les termina tocando»

Opinión
La eterna hipocresía de los aliados

Ilustración de Alejandra Svriz.

Tengo un manual no escrito sobre cómo proceder ante un caso de Me Too, y que viene a decir que hay que respetar la presunción de inocencia de un hombre cuando es acusado por una mujer, salvo cuando el acusado ha defendido previamente que hay que creerla sí o sí. En este caso, el aliado merece ser ahorcado con la soga que creyó destinada a otros. Dicen que muerto el perro, se acabó la rabia, y quizá la única manera de que volvamos a la civilización es que todos los que han apoyado esta barbarie sufran sus consecuencias.

Por eso vengo a reírme de un aliado que ha sido expuesto esta semana: el rapero Ricardo Romero Laullón, más conocido como el Nega, amigo de Pablo Iglesias e icono musical de la izquierda podemita. El Nega era, valga la redundancia, negacionista de las denuncias falsas. Decía que no existen, o, en su día más tolerante, que son el 0,0001%, y se negaba a debatir con quien sostuviera lo contrario porque «al fascismo se le combate» y demás gilipolleces que aprendió a recitar del Manual del buen progre.

De un tiempo a esta parte, el Nega andaba algo más callado, como taciturno. Uno podía pensar que era por la caída en desgracia de algunos de su núcleo cercano («Qué mala suerte, que todas las denuncias falsas le han tocado a mis amigos»), pero, en realidad, él mismo había sido víctima de una. Y no por parte de cualquiera, sino de Cristina Fallarás, quien había escrito antes el prólogo de su libro. Poesía.

Fallarás, a finales de 2024, publicó en Instagram una acusación contra el Nega por —le negaremos la presunción de inocencia, como hacía él— enviar mensajes o audios inapropiados y «aprovecharse de chicas muy jóvenes», pero pasaron sin pena ni gloria entre las más de 2.500 publicadas por la musa del podemismo. El Nega estuvo tentado de salir a defenderse, de negar la versión de esa mujer, pero pensó que lo mejor en estos casos es la técnica del avestruz. Y le salió bien.

La acusación quedó opacada por el caso Errejón, pero ha cobrado ahora relevancia gracias a Raque Orgando, una feminista de las que —como Paula Fraga o Carmen Domingo— te reconcilia con el movimiento, y que ha desvelado la contradicción entre la persona y el personaje sacando a la luz lo que el Nega decía en privado sobre el Me Too: «Es demencial, una p*ta locura, una quiniela. Ya todo es agresión sexual. Hay un clima de psicosis. Nadie se atreve a decirlo en público».

Él tampoco. Muy al contrario, El Nega era de los que levantaba el dedito para señalar y pontificar sobre la manosfera, la «extrema derecha» y el patriarcado. En una entrevista concedida a Pablo Iglesias que ha envejecido como el buen vino, de hecho, cargaba contra la clase obrera por ser «machista». En privado, sin embargo, sostenía que «si todo es violencia sexual, nada es violencia sexual» y hablaba de «violencia intrafamiliar». El Nega se había desconstruido algo más que un servidor, eso sí, y por eso quería creer que detrás de la denuncia contra él había un tal «Manolo». Más poesía que en todas sus letras.

«Al final, casi todos los aliados terminan pillando (no el sentido en el que esperaban, eso sí), pero no por abusar de mujeres, sino por gilipollas».

No traigo aquí la anécdota para vuestro divertimento, que también, sino como reflejo de la catadura intelectual y moral del aliado. De entre todas sus monsergas, la más sensata siempre se suele dar en privado. En público, por cobardía, por quedar bien o por pensar (con mal criterio) que así la meterá en manteca, el aliado prefiere humillarse hasta el polvo cada 8 de marzo. «Hermana, yo sí te creo», ma non troppo.

Los aliados saben que lo que defienden a veces es injusto, inquisitorial, pero bajan la cabeza y cruzan los dedos para que no les toque. Y les termina tocando. De hecho, en una proporción mayor que a los fachas: quizá el aliado que ve machismo en todos lados está, en última instancia, proyectando. El refranero español es sabio: «Cree el ladrón que todos son de su condición» o «A más aliado, más depravado».

Al final, casi todos los aliados terminan pillando (no en el sentido en el que esperaban, eso sí), pero no por abusar de mujeres, sino por gilipollas. Y yo, que paso del postureo moral, admito que me descojono.



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