Silbidos y esteladas
«A Junts no le inquieta el idioma del Papa, sino una fe popular que no pase por sus oficinas de certificación identitaria»

El Papa León en Barcelona. | Alberto Estévez (EFE)
Carles Puigdemont pidió a sus fieles que recibieran al Papa en Barcelona con silbidos y esteladas. Así debían manifestar su rechazo al supuesto «catolicismo franquista» del cardenal Juan José Omella, cuya última prueba de culpabilidad consistía en no haber impuesto el uso exclusivo del catalán durante la visita de León XIV.
El expresidente de la Generalitat recordaba, con razón, que el Papa ha defendido el derecho de los pueblos a conservar su identidad y aportar su particular riqueza al conjunto de las naciones. Otra cosa es deducir de ahí que el Pontífice estuviera obligado a expresarse exclusivamente en catalán durante toda su estancia. Una lengua se honra hablándola, cultivándola y creando con ella; no convirtiéndola en una aduana moral.
Esta fue también la gran preocupación espiritual que Míriam Nogueras y Eduard Pujol trasladaron al Papa. Después le dieron categoría de victoria diplomática al hecho de que León XIV hubiera empleado la lengua de Ramon Llull, como si Benedicto XVI y Juan Pablo II no lo hubieran hecho antes y como si no fuera el gesto natural de respeto y afecto que cabía esperar de cualquier pontífice que visitase Cataluña.
Todo esto podría despacharse como una muestra más del raquitismo político que padecemos. Sin embargo, una mirada avezada nos revela un problema más profundo: lo que inquieta verdaderamente a una parte del nacionalismo no es el idioma del Papa, sino la posibilidad de que el catolicismo vuelva a obtener una adhesión popular que no pase por sus oficinas de certificación identitaria.
Carl Schmitt escribió que todos los conceptos decisivos de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados. Pues bien, las reivindicaciones de semejante catalanismo pueril y decadente se parecen cada día más a la secularización no de la majestad de la catedral, sino de la susceptibilidad y las miserias de sacristía: sus comisiones, sus agravios, sus disputas litúrgicas, su obsesión por los gestos y su necesidad permanente de sentirse lo suficientemente reconocidos.
Donde antes había dogma, ahora hay relato; donde había pecado, agravio; donde había penitencia, reparación histórica; donde había herejía, españolismo. La procesión se transforma en manifestación, el estandarte en estelada y la lengua deja de ser el cauce de una cultura para convertirse en sacramento de pertenencia. Como toda religión degradada, este nacionalismo necesita excomuniones, mártires y ritos de protesta. De ahí que silbar al Papa pueda presentarse como una especie de acto sacramental de liberación nacional cuyo estipendio se cobrará, sin lugar a duda, el nuevo negocio de la religión identitaria.
Junts no ha inventado la instrumentalización de la fe, pero sí la ha llevado hasta la caricatura. Para el partido, el único catolicismo que no parece franquista es el del mosén que, acabada la misa de doce, coloca las urnas delante del altar. Lo demás viene del diablo. Y así, la universalidad de la Iglesia, la continuidad de su tradición o una fe que trascienda la identidad nacional resultan sospechosos de españolismo. Dios deja de ser el fin y se convierte en un recurso escenográfico al servicio del partido.
Para santo Tomás, la religión implica propiamente una ordenación a Dios —religio proprie importat ordinem ad Deum—, no al partido, a la nación ni a una lengua convertida en ídolo. Ese mismo desorden afecta a la lengua cuando se la convierte en fin: una cultura no se vuelve universal renunciando a su lengua, pero tampoco adorándola. Ramon Llull no es grande simplemente porque escribiera en catalán; el catalán es más grande porque Llull lo utilizó para hablar de Dios, de la verdad y del conocimiento. Gaudí no es universal a pesar de ser catalán, ni por el mero hecho de serlo. Lo es porque la forma concreta y catalana de su genio se abrió hacia una realidad que la trascendía.
Esto es precisamente lo que se hizo visible en la Sagrada Familia. Barcelona no se limitó a exhibir un edificio extraordinario, sino que mostró lo que puede producir una cultura cuando reconoce no solo unas lejanas y museísticas «raíces cristianas», sino el origen fecundo de su grandeza en la fe en Jesucristo.
La música, la luz, el fuego, las imágenes y la técnica se pusieron al servicio de una celebración inequívocamente cristiana. No se utilizó el templo como decorado pintoresco para una ceremonia civil ni se pidió perdón por la presencia excesiva de Dios en una iglesia. La modernidad técnica no sustituyó al significado religioso: se arrodilló ante él.
Albert Boadella decía que podía perdonar que la Iglesia hubiera dejado de creer en Dios, pero no que hubiera dejado de creer en el teatro. La frase encierra más teología de la que parece. Cuando la Iglesia dejó de confiar en la potencia dramática de sus propios ritos, comenzó a sustituir la liturgia por la reunión, el símbolo por la explicación, el misterio por la pedagogía y el altar por ese presbiterio de Ikea que tanto daño ha hecho a la fe y al buen gusto. Acabado el rito, queda la asamblea; desaparecida la belleza, solo sobrevive el orden del día.
Barcelona, en cambio, recuperó el gran teatro cristiano: no el espectáculo vacío, sino la representación visible de una verdad invisible. Una cultura abiertamente cristiana no necesita avergonzarse de su origen ni ocultarlo bajo un ceremonial neutro. Reconoce que sus catedrales, su música, su pintura, su concepción de la persona y hasta buena parte de su sensibilidad estética nacieron de una fe concreta. No de una espiritualidad indeterminada ni de unos valores universales caídos del cielo, sino de la fe en Jesucristo.
La alternativa de Junts frente a esa totalidad simbólica son silbidos y esteladas. Frente a Gaudí, un comunicado. Frente a la Torre de Jesucristo, una cuota lingüística. Frente a una ciudad capaz de fascinar al mundo, la pequeña contabilidad del resentimiento: cuántas palabras dijo el Papa en catalán y cuántas dejaron de pronunciar Pedro Sánchez o Feijóo.
Barcelona fue, afortunadamente, mucho más grande que todo eso. Catalana, española, mediterránea y universal, recibió al Papa sin necesidad de elegir entre sus lenguas y su fe. El catalán y el castellano no compitieron por expulsarse mutuamente, sino que participaron en una celebración cuyo centro no era ninguno de los dos. La lengua ocupó así el lugar que le correspondía: no el del ídolo, sino el del don. Mientras la luz se elevaba sobre la Torre de Jesucristo, algunos seguían contando palabras y preparando silbidos.