El sindiós de Lola y Consol
«La pregunta es cuánto peso, si es que alguno, han de tener las razones derivadas de los dogmas para organizar la convivencia en sociedades religiosamente plurales»

Ilustración generada mediante IA.
La leyenda —al menos tal y como genialmente la contó Miguel Ángel Aguilar hace algunos años— tiene dicho que un profesor de la Universidad de Valladolid preguntó en el examen a sus alumnos de Termodinámica si el infierno es exotérmico (emite calor) o endotérmico (absorbe calor). Un alumno se lo tomó muy en serio y en su planteamiento y justificación —pocas hibridaciones más lúcidas entre ciencia y religión se habrán dado— hizo jugar los factores que permiten determinar la respuesta: si la presión y la temperatura aumentan en el «recinto» dado que la velocidad a la que las almas entran es mayor que la de la expansión del infierno, llegará un momento en el que, de acuerdo con la ley de Boyle-Mariotte, el infierno se «desintegre». Si, por el contrario, la velocidad de entrada de almas es menor, el infierno —entonces exotérmico— se expandirá liberando calor hasta el punto de su congelación.
¿De qué manera resuelve el estudiante la disyuntiva? Combinando varias consideraciones: que hay más de una religión, que más de una de ellas afirma que si no crees en ella irás al infierno y que nadie pertenece a más de una. Dado el crecimiento de la especie humana, es plausible suponer que todos iremos al infierno y que, por decirlo en vulgar, allí (¿abajo?) nos iremos apelotonando sin que aquel ¿volumen? tenga tiempo de ir haciendo hueco.
Pero es que, además, el alumno evoca en su respuesta el «postulado de Rocío López», su compañera desde primer año de carrera. Reza así: «Antes de acostarme contigo se congelará el infierno». En el momento de responderse a la pregunta tal hecho no se había producido. Corolario: el infierno es endotérmico. Escolio: es un consuelo para el increyente saber que, tal vez, antes de que le toque el tormento eterno ya no haya sitio donde padecerlo pues el infierno habrá reventado. Escolio 2: una eternidad de congelación tal vez no compense el avenimiento de Rocío López.
En su importante libro El sentido del cristianismo, Rafael Domingo advierte de ciertas concomitancias entre los descubrimientos de la física contemporánea y la teología. Así, la hipótesis del entrelazamiento cuántico, de acuerdo con la cual las partículas pueden interconectarse independientemente de la distancia, coincidiría con la aproximación teológica sobre la interconexión de todos los seres y, ¡ay!, «la existencia y presencia de la unidad divina». A lo largo de los siglos, muchos otros descubrimientos y evidencias han permeado en las doctrinas basadas en ciertas verdades reveladas en libros sagrados.
Mediante el análisis de las genealogías que aparecen en el Génesis, el obispo Ussher fijó en Los anales del mundo (1658) el día y hora de la creación de la Tierra (18 horas del 22 de octubre del 4004 antes de Cristo). Dos siglos después, el estudio de Richard Owen de los huesos de dinosaurios y su conclusión de tratarse de especies extintas echó por tierra la geología y biología «bíblicas». El fósil del homínido con esqueleto y cráneo más antiguo tiene más de cuatro millones de años. Los ejemplos podrían multiplicarse.
«Durante la visita del Papa se ha avivado el fuego de la polémica en torno al papel de las creencias religiosas en el ámbito público»
A lo largo de estos días en los que el Papa ha visitado España, y sobre todo a raíz de su intervención en el Parlamento, se ha avivado el fuego de la polémica en torno al papel de las creencias religiosas (en particular la mayoritaria y tradicional en España, la católica) en el ámbito público. Sentada la libertad religiosa y de creencias y la posibilidad de su ejercicio —con los límites que vienen fijados por el respeto a los derechos e intereses ajenos o las exigencias de la convivencia o la defensa de bienes públicos— la pregunta es cuánto peso, si es que alguno, han de tener las razones derivadas de los dogmas religiosos, o las creencias basadas en ellos, para determinar cómo organizar la convivencia en sociedades religiosamente plurales.
Un asunto, como digo, añejo y sobre el que estos días han escrito con tino un buen ramillete de columnistas, evocando debates antiguos y no tan antiguos, como el que mantuvieron Habermas y Ratzinger a propósito del alcance de la secularización en las democracias liberales.
Quienes apuestan por una visión incluyente de la religión en lo público acostumbran a huir de la fe del carbonero, es decir, emplean el expediente del profesor Domingo que antes describía a propósito de las conexiones entre lo científico y lo religioso, pero apelan también a nuestra condición de seres intrínsecamente espirituales, al valor —seguramente instrumental— que tiene la fe en la expresión artística y en el desarrollo de manifestaciones culturales; en cómo ha permeado la religión en nuestro modo de hablar, en cuánto ha forjado nuestro carácter como miembros de una comunidad histórica y geográficamente delimitada, y a que, concretamente el cristianismo constituye la matriz misma y condición de posibilidad del diseño institucional propio de las democracias liberales: la preeminencia del individuo y su libertad, la igual dignidad de todos los seres humanos, el valor de la fraternidad, del perdón y del amor serían los ingredientes de los que, so pena de violar la segunda ley de la termodinámica, ya no nos podemos desprender, pues lo impregnan política y socialmente todo.
Y luego está, claro, el problema de los fundamentos últimos de nuestras instituciones, prácticas y normas sociales, donde ahí sí, todos, creyentes o increyentes, nos encontramos, pues las «evidencias» para justificar un juicio moral no son las de los huesos de Atapuerca, el acelerador de partículas o la observación de las manchas solares.
«La cuestión más profunda es la de determinar desde qué parámetros se juzga que el hecho religioso es un bien para todos»
Mi querido colega y amigo Alfonso García Figueroa, confeso increyente, pinta un retrato —maravilloso— de su hija Elvira con el afán de que, cuando él no esté, ella lo contemple y de algún modo sigan comunicándose. ¿Quién duda de que los seres humanos, salvo que sean obtusos y no sé si duros de corazón, pero sí de mollera, nos hacemos preguntas trascendentales, nos asombramos frente a los misterios de la existencia y de la naturaleza, tememos a la muerte, reverenciamos el valor, el arrojo y la destreza catalizada por una fe que ha movido montañas para construir catedrales o ha sido motor para ayudar o consolar al prójimo o a componer partituras o versos gloriosos por su belleza también inspiradora? Y sin embargo…
No se me ocurre mejor manera de sintetizar lo anterior que glosar lo que, a mi juicio, es uno de los más icónicos momentos que nos ha dejado la intensa visita del vicario de Cristo. Lola y Consol, vecinas del Eixample, se disponen a aprovechar el privilegio de su balcón para ver la ceremonia en la que se inaugurará la torre de Jesús, en la Sagrada Familia de Barcelona. Frente a las cámaras Lola parece tener que disculparse por su supuesta devoción y suelta: «Yo no soy creyente». Y justo en ese momento pasa una mariposa y dice: «Uy, una señal, igual es mi madre».
No creemos que las mariposas tengan dignidad como la tenemos los seres humanos; probablemente aplastarlas sin motivo es un acto injustificable, pero, sin duda, la razón por la que debamos respetar su vuelo no será que Lola cree que es la reencarnación de su madre. Es cierto que resulta muy difícil de conciliar la apelación a la igual dignidad de todos los seres humanos con la práctica del aborto, celebrada y consagrada como un derecho fundamental, más allá de la viabilidad extrauterina, pero: ¿debemos proscribir la fecundación in vitro porque se generan embriones sobrantes que, de acuerdo con la doctrina católica, son seres humanos desde la fertilización y por tanto no pueden tener como destino su alojamiento sine die en tanques de nitrógeno líquido, o su uso para la experimentación o su eliminación? Los ejemplos podrían multiplicarse.
Muchos creyentes como Rafael Domingo, que conceden la separación entre Iglesia y Estado, apuestan sin embargo porque la idea de Dios se haga presente en la política. No sé hasta qué punto es eso un alejamiento de la propia enseñanza de Cristo, al menos tal y como la recoge célebremente Mateo (22:21), aunque creo que para eso, como para tantas otras cosas, «doctores tiene la Iglesia». Tampoco sé qué implica exactamente ese postulado de la «presencia». Si se tratase de promover virtudes personales —la generosidad, el amor y otras tantas— que puedan hacer de nuestras vidas privadas y de la convivencia algo mejor, muchas de ellas son compartidas también por los increyentes que celebrarán en todo caso ese ecumenismo.
La cuestión más profunda es la de determinar desde qué parámetros se juzga que el hecho religioso es un bien para todos. Y me temo que la respuesta no puede ser otra que la de recalar finalmente en ese Dios uno y trino al que se cree y se venera en sus propiedades y atributos (casi todos mayúsculos y escritos en mayúsculas para subrayarlos) por un acto de fe que es además un don. Pero el problema, como bien sabía el estudiante de Físicas de Valladolid, es que hechos religiosos, como fes, espiritualidades y dioses, los hay plurales y diversos y que esa Iglesia Católica, la edificada sobre el Papado ahora heredado por León XIV, reclama, incluso frente a otros «cristianismos», ser la Única y Verdadera, porque, ay, así lo habría dejado establecido Jesucristo, el hijo de Dios que es también Dios mismo.
Un misterio.